Modelo vasco de solidaridad
Una decisión de la Alcaldía de Donostia, que a estas alturas seguramente no hace falta recordar, está levantando numerosos comentarios y posicionamientos, tanto a favor como en contra. Esta mañana he leído uno en Instagram que me ha hecho reaccionar y me ha generado la necesidad de escribir algo al respecto.
Alguien escribía bajo un perfil cuyo nombre no voy a poner (una de esas cuentas que escriben bajo pseudónimo y con las que, personalmente, no encuentro demasiado sentido entrar en un intercambio de pareceres) lo siguiente:
Cuando dar de comer a hambrientos se convierte en delito, queda claro en qué clase de sistema vivimos. Donosti, la ciudad de las grandes desigualdades.
Es una frase lapidaria. Escrita para remover conciencias. Es difícil leerla y no sentirse éticamente interpelado. En estos tiempos recibimos constantemente mensajes de este tipo, sobre este asunto o sobre cualquier otro. Siempre aparece alguien capaz de condensar un problema muy complejo en una frase brillante, redonda y difícil de rebatir en veinte palabras.
El problema es que la realidad suele necesitar algunas palabras más. “¿En qué clase de sistema vivimos?” Al leerlo, me he imaginado respondiendo a esa persona: Primero, definamos el ámbito. ¿Hablamos del sistema del planeta Tierra? ¿De Europa? ¿De España? ¿De Euskadi? ¿De Gipuzkoa? ¿De Donostia? ¿O del ecosistema concreto de la Parte Vieja donostiarra?
Porque son realidades bastante diferentes. Y si protestamos contra “el sistema”, convendría aclarar contra cuál. Hablemos de los más cercanos. Si hablamos de Euskadi, vivimos en una sociedad con unas instituciones que dedican muchos recursos públicos a políticas de solidaridad.
Tenemos, por ejemplo, eLankidetza, la Agencia Vasca de Cooperación y Solidaridad. Solo la convocatoria de proyectos de cooperación al desarrollo de 2026 está dotada con 32 millones de euros, para desarrollar diferentes tipos de proyectos contra la desigualdad, para mejorar las condiciones de vida en muchos países desfavorecidos del mundo. Y durante este mismo año se han movilizado ya 5,9 millones más para actuaciones directas en acción humanitaria.
Pero no se trata únicamente de tener una agencia o de unas convocatorias. En Euskadi, existe una legislación específica, programas estables, planificación y decenas de millones de euros presupuestados año tras año. Y existe, porque en ello se ha empeñado el Gobierno Vasco y nuestras instituciones.
Existe, en definitiva, una política vasca de solidaridad. Y sí, creo que esto también tiene un componente ideológico. El humanismo practicado desde las instituciones vascas, la solidaridad con quien menos tiene, el intento de no dejar a nadie atrás y de evitar que las personas queden excluidas de nuestra sociedad serían solamente palabras bonitas si después, esas políticas no estuvieran dotadas de presupuesto. De dinero.
Y como recibimos continuamente cifras de millones que terminan perdiendo significado, conviene ponerlas en perspectiva. La comparación con la económicamente potente Comunidad de Madrid resulta interesante. Madrid también tiene una política de cooperación al desarrollo, naturalmente. Pero los datos oficiales y homogéneos de la Cooperación Española muestran que en 2023 Euskadi aportó 57,4 millones de euros de Ayuda Oficial al Desarrollo, frente a 4,91 millones de Madrid.
Euskadi tiene aproximadamente un tercio de la población madrileña y una economía bastante inferior a la madrileña. Se trata de prioridades a la hora de hacer política. Por tanto, cuando alguien nos explique que Euskadi aplica exactamente las mismas “políticas neoliberales” que Madrid, quizá convenga añadir algunos datos a la conversación.


Sigamos bajando de escala. Si hablamos de Gipuzkoa, la última Encuesta de Pobreza y Exclusión Social sitúa su índice de Gini en 23,0. El índice de Gini mide la desigualdad en la distribución de los ingresos: cuanto menor es el índice, más igualitaria es una sociedad.
Un 23,0 coloca a Gipuzkoa en niveles de desigualdad extraordinariamente bajos en el contexto europeo. Para hacerse una idea, se sitúa en valores similares a los países europeos más igualitarios. Y aquí aparece algo que me parece especialmente importante: dedicar recursos a la solidaridad internacional no significa desatender la cohesión social interna.
Euskadi está entre las comunidades autónomas que más recursos destinan a cooperación internacional y, al mismo tiempo, presenta la tasa de pobreza y exclusión social más baja de España y niveles de desigualdad claramente inferiores a la media española.
¿Y si hablamos de Donostia, “la ciudad de las grandes desigualdades” de la frase que ha originado este escrito? El Ayuntamiento destina actualmente alrededor de 2 millones de euros a la alimentación de personas sin hogar. Tras la última ampliación, los recursos financiados por Acción Social ofrecen 416 comidas diarias.
Y entonces llegamos al verdadero debate. ¿Creemos que el reparto de comida en la calle realizado por un grupo de voluntarios es la mejor política para abordar una situación de exclusión social? No pregunto si quienes lo hacen tienen buenas intenciones. Estoy convencido de que muchos de ellos las tienen.
Pregunto otra cosa. ¿Qué seguimiento se realiza de esas personas? ¿Conocemos sus circunstancias personales? ¿Sus necesidades sanitarias? ¿Su situación administrativa? ¿Sus problemas de vivienda, empleo, adicciones, salud mental o integración? ¿Existe un itinerario que permita intentar que mañana no necesiten volver a esa misma cola?
Porque para mí existe una diferencia importante entre aliviar una necesidad inmediata y combatir la exclusión social. Lo primero puede ser imprescindible en un momento determinado. Lo segundo exige mucho más. Exige profesionales, recursos, servicios sociales, seguimiento, coordinación entre instituciones, entidades del tercer sector y administraciones públicas. Y, sobre todo, exige dinero público de manera permanente.
Soy de la opinión de que la solidaridad se demuestra especialmente cuando se convierte en una política estable de integración y ayuda, no únicamente cuando responde a una emergencia puntual. Y eso no significa despreciar al voluntariado. Todo lo contrario. Hay muchísimas personas que dedican gratuitamente su tiempo a ayudar a otras y merecen todo mi respeto.
Pero también estoy convencido de que alrededor de esta polémica existen personas y organizaciones intentando obtener rendimiento político. Algunas declaraciones realizadas estos días no hacen precisamente difícil llegar a esa conclusión. Este es también el sistema vasco que hemos ido construyendo entre todos (o, al menos, entre todos los que han querido participar en su construcción) durante las últimas décadas.
Me da pena (o rabia) que no valoremos las políticas que se practican en Euskadi. Poco tenemos que envidiar en Euskadi, en materia de políticas sociales y solidarias, a territorios que habitualmente se presentan como referentes progresistas. Ante bulos y mensajes populistas, conviene informarse, sentarse y analizar. Tener espíritu crítico. No dejarse llevar por un calentón tras leer un titular sin profundizar.
Construir país no es tarea fácil. En 1976 no teníamos nada propio. Lo hemos ido construyendo contra viento y marea, contra los de fuera y también frente a quienes desde dentro han cuestionado o combatido muchas de las decisiones y estructuras institucionales que nos han permitido llegar hasta aquí.
En Euskadi existen instituciones, servicios públicos y entidades concertadas cuya misión es precisamente atender la exclusión y trabajar por la integración social. ¿Son perfectos? Evidentemente no. ¿Hay que mejorarlos? Seguro. ¿Hay personas a las que todavía no conseguimos atender adecuadamente? Sin ninguna duda.
Pero entonces discutamos sobre eso. Sobre cómo mejorar el sistema, cómo conseguir que llegue a más personas, cómo coordinar mejor los recursos o cuánto dinero adicional debemos dedicar. No sustituyamos toda esa complejidad por una frase brillante en Instagram.
Porque, al final, la pregunta que deberíamos hacernos quizá sea mucho más sencilla: ¿Queremos únicamente dar de comer hoy a una persona necesitada o queremos conseguir que mañana ya no necesite que alguien le dé de comer? Yo quiero las dos cosas. Pero, sobre todo, quiero la segunda.
