La tecnología que puede acabar con la crisis de natalidad no es la reproducción asistida, sino el robot doméstico

¿Y si una de las tecnologías que más puede contribuir a recuperar la natalidad no tiene nada que ver con la reproducción asistida? El inversor tecnológico Fabrice Grinda plantea una hipótesis bastante más prosaica: los robots domésticos dotados de inteligencia artificial podrían terminar teniendo un impacto demográfico mayor que muchas de las políticas pronatalistas actuales. La razón es sencilla. Tener hijos cuesta dinero, pero sobre todo cuesta una enorme cantidad de tiempo.
La idea resulta especialmente interesante en Euskadi, donde la crisis demográfica es ya uno de los grandes problemas estructurales. En 2024 nacieron únicamente 12.937 niños, la cifra más baja desde que comienza la serie de Eustat en 1975. La tasa de natalidad quedó en apenas 5,8 nacimientos por cada 1.000 habitantes. En 2025 hubo un pequeño rebote hasta 13.344 nacimientos, pero sigue siendo un nivel extraordinariamente bajo.
El argumento de Grinda parte de que hemos interpretado mal una parte del coste de tener hijos. Vivienda, guarderías, alimentación o educación importan, pero en las sociedades ricas el recurso más escaso para muchas parejas es el tiempo. Cada hijo añade horas de cuidados, limpieza, lavadoras, comidas, compras, desplazamientos y organización doméstica. Y una parte desproporcionada de esa carga continúa recayendo sobre las mujeres.
No es únicamente una intuición. La OCDE concluye que la fecundidad es mayor allí donde las mujeres pueden compatibilizar razonablemente trabajo y familia y donde las responsabilidades domésticas y de cuidados están mejor repartidas. Cuando una mujer se enfrenta en la práctica a elegir entre desarrollar su carrera profesional y tener más hijos, una parte opta por limitar el número de hijos.
La investigación académica ha encontrado incluso una relación entre el volumen de trabajo doméstico de las mujeres y la probabilidad de tener hijos. Un estudio longitudinal realizado con parejas finlandesas concluyó que cuantas más horas dedicaban las mujeres a las tareas domésticas, menor era posteriormente su probabilidad de tener hijos. Otro trabajo sobre Francia e Italia comprobó el enorme coste temporal asociado a los niños y que la pérdida de tiempo libre resulta sistemáticamente mayor para las madres.
Un estudio publicado en junio de 2026 por el Banco de Italia vuelve sobre el mismo problema. Sus cálculos muestran que los hombres italianos dedican al trabajo doméstico menos de un tercio del tiempo que las mujeres y que externalizar parte del cuidado de los hijos mediante servicios como las guarderías puede elevar la fecundidad.
Hasta ahora hemos intentado resolver ese problema fundamentalmente con personas. Guarderías, abuelos, cuidadores, empleadas domésticas, reducción de jornada o permisos parentales permiten comprar o liberar tiempo. Las familias de rentas altas pueden hacerlo con mucha mayor facilidad: contratan a otras personas para cocinar, limpiar o cuidar de sus hijos.
La revolución de la robótica podría alterar radicalmente esta ecuación porque permitiría sustituir parte de ese trabajo humano por capital. Un robot doméstico cuesta inicialmente dinero, pero después puede prestar miles de horas de servicio. Sería algo parecido a lo que ya ocurrió con la lavadora, el lavavajillas, el frigorífico, la aspiradora o el microondas, pero extendido a muchas más tareas y con capacidad para desenvolverse autónomamente por una vivienda.
No hace falta siquiera imaginar un robot capaz de criar a un niño. Bastaría con que pudiera recoger la casa, poner y tender una lavadora, cargar el lavavajillas, preparar alimentos sencillos, hacer camas, limpiar habitaciones, ordenar juguetes o traer objetos. El tiempo liberado podría ser considerable.
De hecho, una investigación publicada en Technological Forecasting and Social Change preguntó a expertos en automatización qué proporción del trabajo doméstico y de cuidados podría automatizarse. Su estimación fue que entre el 50% y el 60% del tiempo actualmente dedicado al trabajo doméstico no remunerado podría ahorrarse mediante automatización, con un beneficio temporal particularmente importante para las mujeres.
Aquí es donde Grinda introduce el robot humanoide en la ecuación demográfica. La combinación de inteligencia artificial, visión artificial y robots capaces de manipular objetos podría llevar la automatización desde la fábrica hasta el hogar. No se trataría tanto de disponer de una niñera robótica como de eliminar buena parte del trabajo que rodea a la crianza.
Y eso cambiaría el cálculo económico de tener un segundo o un tercer hijo. Si una pareja puede mantener dos carreras profesionales y, al mismo tiempo, reducir radicalmente las horas dedicadas a las tareas domésticas, el coste de oportunidad de ampliar la familia disminuye.
La tesis tiene además una consecuencia interesante: el robot doméstico podría ser más importante para la natalidad que buena parte de las ayudas económicas. Dar unos cientos o incluso unos miles de euros por hijo compensa una pequeña parte de su coste monetario, pero no devuelve las horas perdidas cada semana durante años. Automatizar una parte relevante de las tareas domésticas sí lo haría.
Esto no significa que las ayudas, las guarderías o los permisos dejen de ser necesarios. La propia OCDE insiste en que vivienda, educación infantil asequible, permisos parentales y reparto de los cuidados influyen sobre las decisiones reproductivas. Tampoco existe ninguna evidencia todavía de que los robots humanoides vayan a provocar un aumento de la natalidad: los dispositivos actuales están muy lejos de poder hacerse cargo con seguridad y fiabilidad del funcionamiento cotidiano de una casa.
Pero la hipótesis permite contemplar la crisis demográfica desde un ángulo diferente. La reproducción asistida intenta solucionar el problema cuando una persona que quiere tener hijos encuentra dificultades biológicas para conseguirlo. La robótica doméstica actuaría mucho antes: sobre las personas que podrían tener otro hijo pero consideran que no disponen del tiempo, la energía o la capacidad de conciliación necesarios.
En Euskadi este segundo problema puede ser especialmente relevante. La fecundidad permanece muy por debajo del nivel de reemplazo y Eustat tampoco espera una recuperación espectacular: sus últimas proyecciones sitúan el índice sintético de fecundidad todavía alrededor de 1,35 hijos por mujer en 2044.
Paradójicamente, por tanto, una de las soluciones tecnológicas a la falta de niños podría no encontrarse en un laboratorio de fertilidad, sino en la cocina. Si dentro de diez o quince años un robot relativamente asequible es capaz de encargarse de buena parte de la limpieza, la colada, la comida y el orden de una casa, quizá la pregunta que se hagan algunas parejas deje de ser si pueden permitirse otro hijo y pase a ser si realmente quieren tenerlo. Y esa diferencia puede parecer pequeña, pero desde el punto de vista demográfico es enorme.
