Euskadi lleva años hablando de un gran pacto… pero ¿existe realmente ese consenso?

Esta pasada semana, dos de las voces con mayor peso en la economía y la política vasca han vuelto a poner sobre la mesa la misma idea. Confebask ha reclamado una «toma de conciencia» colectiva para reforzar la competitividad de Euskadi mediante un gran acuerdo entre empresas, administraciones y agentes sociales. Apenas unos días después, la diputada general de Bizkaia, Elixabete Etxanobe, proponía un «gran pacto por las oportunidades» para construir el futuro del territorio.
No es la primera vez que se escucha este mensaje. De hecho, lleva años repitiéndose desde distintos ámbitos. Gobiernos, patronales, universidades, centros tecnológicos e incluso sindicatos coinciden, con matices, en que Euskadi necesita afrontar una profunda transformación para responder al envejecimiento de la población, la revolución de la inteligencia artificial, la transición energética, la escasez de talento o la creciente competencia internacional.
Sobre el diagnóstico existe cada vez menos discusión. La cuestión es otra: ¿existe realmente ese consenso del que tanto se habla?Porque una cosa es compartir la lista de problemas y otra muy distinta ponerse de acuerdo sobre las soluciones. El consenso acaba donde empiezan las prioridades
Pocas veces había existido un acuerdo tan amplio sobre los desafíos que afronta la economía vasca. El debate ya no gira en torno a si hay que transformar el modelo productivo, sino sobre cómo hacerlo y quién debe asumir el coste. Para Confebask, la prioridad pasa por recuperar competitividad, facilitar la inversión, atraer talento, contener el absentismo y reforzar la colaboración público-privada.
Las administraciones hablan de innovación, digitalización, transición energética, autonomía estratégica europea o reindustrialización. Los sindicatos, por su parte, sitúan el foco en la calidad del empleo, los salarios, la vivienda o el fortalecimiento de los servicios públicos.
Todos utilizan conceptos similares —competitividad, productividad, innovación, talento o industria—, pero no siempre les atribuyen el mismo significado ni establecen el mismo orden de prioridades. Ese es el primer obstáculo para cualquier gran pacto.
Paradójicamente, Euskadi sí tiene experiencia en construir grandes acuerdos de largo recorrido. La reconversión industrial de los años ochenta fue probablemente el mayor ejemplo. A partir de una crisis económica y social sin precedentes se articularon políticas que terminaron dando lugar a buena parte de las fortalezas actuales de la economía vasca: una Formación Profesional de referencia, una potente red de centros tecnológicos, los clústeres industriales, una apuesta sostenida por la internacionalización y una política de innovación mantenida durante décadas.
Aquellos acuerdos no eliminaron el conflicto político o sindical, pero sí fijaron una dirección compartida. Hoy, sin embargo, parece más difícil encontrar ese rumbo común. La gran diferencia respecto a hace cuarenta años es que entonces la amenaza era visible. Las fábricas cerraban. El desempleo crecía. La urgencia era evidente.
Los desafíos actuales avanzan mucho más despacio. La productividad pierde terreno poco a poco frente a otras regiones europeas. La población envejece año tras año. Las empresas encuentran cada vez más dificultades para captar profesionales cualificados. La inteligencia artificial comienza a alterar sectores enteros sin provocar aún un impacto social comparable al de las grandes crisis industriales.
Precisamente por eso resulta mucho más difícil movilizar consensos políticos y sociales. Mientras Euskadi continúa hablando de la necesidad de un gran acuerdo, algunas de las regiones más competitivas del mundo llevan décadas desarrollándolo.
Brainport Eindhoven, en los Países Bajos, transformó una antigua ciudad industrial en uno de los mayores polos tecnológicos de Europa gracias a una alianza estable entre administraciones, empresas y universidades. ASML, la Universidad Tecnológica de Eindhoven y cientos de compañías innovadoras forman parte de una estrategia compartida que apenas se altera con los cambios políticos.
Irlanda ha mantenido durante más de tres décadas una hoja de ruta prácticamente invariable para atraer inversión internacional, desarrollar capital humano y consolidarse como uno de los grandes centros tecnológicos y farmacéuticos de Europa. Singapur planifica su desarrollo económico con horizontes de varias décadas, coordinando políticas educativas, industriales, tecnológicas y de innovación bajo una visión compartida.
Y Baviera ha convertido la colaboración entre empresas, universidades, centros tecnológicos y administración en una auténtica política de Estado regional. Todos estos territorios mantienen debates internos y conflictos de intereses. Pero comparten una característica: discuten sobre los instrumentos, no sobre la dirección.
Quizá por eso el verdadero debate no sea si Euskadi necesita un gran pacto. Sobre esa cuestión parecen coincidir casi todos. La pregunta realmente importante es otra: ¿existe hoy un proyecto compartido de país? En los años noventa la respuesta era relativamente sencilla. Euskadi aspiraba a dejar atrás definitivamente la reconversión industrial y situarse entre las regiones más avanzadas de Europa.
Hoy resulta mucho más difícil responder a una cuestión básica: ¿cómo quiere ser Euskadi dentro de veinte años? Sin una respuesta común a esa pregunta, cualquier llamamiento a un gran pacto corre el riesgo de quedarse en una declaración de intenciones. Porque los grandes acuerdos no nacen cuando todos identifican los mismos problemas. Nacen cuando una sociedad es capaz de compartir también un destino.
