Euskadi tiene talento, pero no sabe moverlo

Durante años, el debate sobre la competitividad de Euskadi se ha centrado en una idea aparentemente indiscutible: necesitamos más formación. Más universidades, más másteres, más FP, más cursos de reciclaje profesional y más programas públicos de capacitación.


Sin embargo, un reciente informe de McKinsey plantea una tesis diferente y provocadora: el problema de Europa no es la falta de formación, sino la incapacidad para trasladar el talento hacia donde realmente se necesita. La consultora denomina a este fenómeno «skills liquidity», o liquidez de competencias.

La idea es sencilla. No basta con que existan personas preparadas. Lo importante es que puedan desplazarse con facilidad entre sectores, empresas, territorios y profesiones conforme cambian las necesidades económicas. Y si aplicamos esta reflexión a Euskadi, el diagnóstico resulta incómodo.

Las empresas vascas llevan años denunciando dificultades para encontrar perfiles industriales, ingenieros, programadores, especialistas en ciberseguridad, expertos en datos o profesionales vinculados a la transición energética. Al mismo tiempo, miles de jóvenes cualificados abandonan Euskadi cada año para desarrollar sus carreras en Madrid, Barcelona, Europa o Estados Unidos.

Y mientras tanto, una parte importante del talento disponible se orienta hacia oposiciones y empleos públicos. El resultado es paradójico: una economía que presume de capital humano pero que no consigue colocarlo allí donde genera más valor. McKinsey sostiene que Europa afronta simultáneamente dos desafíos: recolocar a trabajadores cuyas tareas serán automatizadas y cubrir puestos vinculados a la IA, la digitalización y la transición energética.

Euskadi vive exactamente ese mismo problema. El modelo vasco produce buenos profesionales, pero poco movimiento. Uno de los rasgos históricos de la economía vasca ha sido la estabilidad laboral. Tradicionalmente, un trabajador estudiaba, entraba en una empresa y permanecía en ella durante décadas.

Ese modelo funcionó bien en una economía industrial relativamente estable. Pero la revolución tecnológica exige algo distinto. Hoy el valor no reside únicamente en la formación inicial, sino en la capacidad para cambiar de función, de sector o incluso de profesión varias veces durante la vida laboral.

Y ahí aparecen algunas rigideces muy vascas: una elevada preferencia social por el empleo público, mercados laborales provinciales relativamente cerrados, escasa movilidad geográfica, empresas que continúan contratando por titulaciones en lugar de por competencias o escasa permeabilidad entre industria, tecnología, servicios avanzados y startups.

Mientras en Estados Unidos resulta relativamente habitual que un ingeniero pase de una startup a una gran tecnológica y posteriormente a una empresa industrial, en Euskadi esos movimientos siguen siendo poco frecuentes.

La llegada de la IA acelera todavía más este desafío. Según McKinsey, más de una cuarta parte de las horas de trabajo realizadas actualmente en Europa podrían automatizarse antes de 2030, obligando a millones de personas a cambiar de ocupación. No significa que desaparezcan empleos netos. Significa que cambiarán.

Muchas tareas administrativas, repetitivas o de procesamiento de información serán realizadas por sistemas inteligentes. En cambio, aumentará la demanda de perfiles capaces de diseñar procesos, interpretar datos, supervisar algoritmos, gestionar equipos o integrar tecnología en actividades industriales.

La pregunta para Euskadi es evidente: ¿Estamos preparando a los trabajadores para esas transiciones? ¿O seguimos midiendo el éxito por el número de cursos impartidos? El problema no es formar más, sino conectar mejor. Una de las conclusiones más interesantes del informe de McKinsey es que Europa ya dispone de una población relativamente bien formada. Lo que falla es el mecanismo que conecta formación y empleo.

Euskadi corre el mismo riesgo. Las administraciones anuncian constantemente nuevos programas de capacitación digital, inteligencia artificial, emprendimiento o transición energética. Pero rara vez se mide cuántas personas terminan trabajando en esas actividades después de formarse. Se financian cursos. No resultados. Se contabilizan alumnos. No recolocaciones. Se mide la oferta. No la demanda.

¿Qué debería hacer Euskadi? Si realmente quiere competir en una economía basada en el conocimiento, Euskadi debería centrarse en cinco prioridades:

  • Contratar por competencias y no por títulos. Muchas empresas siguen filtrando candidatos por titulaciones concretas cuando las capacidades reales son cada vez más importantes.
  • Facilitar la movilidad entre sectores. Un trabajador de automoción debería poder reciclarse para trabajar en energía, software industrial o defensa sin empezar de cero.
  • Crear mercados internos de talento. Las grandes corporaciones vascas podrían utilizar plataformas internas para que los empleados cambien de función antes de abandonar la empresa.
  • Medir resultados laborales. Las ayudas públicas a formación deberían vincularse a inserción laboral, promoción profesional o mejora salarial.
  • Recuperar la cultura del riesgo. Resulta difícil mover talento hacia sectores emergentes cuando buena parte de los jóvenes más preparados aspiran a empleos estables en la Administración.

El País Vasco parte de una posición mejor que muchas regiones europeas. Dispone de universidades sólidas, una FP reconocida internacionalmente, una potente base industrial y niveles educativos elevados. Pero esas fortalezas ya no garantizan el éxito. La economía del conocimiento premia la velocidad con la que el talento se desplaza hacia las oportunidades. Y esa es precisamente la asignatura pendiente de Euskadi.

    Quizá el problema no sea que falten ingenieros, programadores o especialistas en IA. Quizá el problema sea que seguimos organizando el mercado laboral como si estuviéramos en 1995.

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