El espejismo no son las renovables. Es creer que el Gobierno no tiene responsabilidad
Hay algo que llama poderosamente la atención en el artículo que el consejero de Industria, Mikel Jauregi, ha publicado este fin de semana sobre las energías renovables en Euskadi. Leyéndolo, uno tiene la impresión de que el consejero acaba de aterrizar en el Gobierno y se ha encontrado un país que lleva veinte años bloqueando la implantación de parques eólicos y grandes plantas fotovoltaicas.
Describe con acierto un problema real: Euskadi apenas ha desarrollado generación renovable propia mientras Europa aceleraba la transición energética. Hasta ahí, poco que discutir. El problema aparece cuando uno se pregunta quién ha gobernado Euskadi durante esas dos décadas.
Porque el artículo habla de «espejismos», de «mucho ruido y pocas nueces», de «veinte años sin construir un parque eólico» y de la necesidad de abandonar una «mentalidad quijotesca». Pero en ningún momento aparece la más mínima autocrítica. Da la sensación de que todo ha ocurrido por una especie de fenómeno atmosférico: las pancartas, la oposición social o las dificultades administrativas habrían conspirado para impedir el desarrollo de las renovables.
Sin embargo, los gobiernos no están para contemplar los problemas, sino para resolverlos. Si durante más de veinte años no se ha construido un parque eólico en Euskadi, esa es, antes que nada, una responsabilidad política. No exclusiva, por supuesto. Han existido recursos judiciales, oposición vecinal, ayuntamientos reticentes, conflictos ambientales y un debate social complejo. Todo eso es cierto.
Pero precisamente gobernar consiste en gestionar conflictos difíciles y encontrar soluciones. Si la oposición de determinados colectivos basta para explicar dos décadas de parálisis, entonces el problema no eran únicamente las plataformas ciudadanas. También era la incapacidad de las instituciones para construir consensos, generar confianza y sacar adelante una estrategia energética coherente.
Paradójicamente, Jauregi tiene razón en casi todo su diagnóstico. Euskadi produce muy poca electricidad renovable propia. Dependemos excesivamente del exterior. La autonomía energética es una cuestión estratégica. Y no podemos seguir quedándonos atrás mientras Europa acelera. Lo que resulta llamativo es que ese diagnóstico se formule como si describiera la actuación de un gobierno ajeno.
Porque el Ejecutivo vasco no es un observador de lo ocurrido en los últimos veinte años. Ha sido su protagonista. El propio Departamento de Industria, el Ente Vasco de la Energía y las distintas administraciones públicas han diseñado la planificación energética, han autorizado —o retrasado— proyectos, han fijado prioridades y han dirigido la política energética durante todo ese tiempo.
El artículo transmite la sensación de que el problema ha sido únicamente la resistencia al cambio. Sin embargo, la realidad es bastante más incómoda. Euskadi ha tardado mucho en asumir que la transición energética exige liderazgo político y que ese liderazgo implica asumir desgaste, explicar decisiones y aceptar que nunca existirá unanimidad.
Ninguna gran infraestructura energética se ha construido sin controversia. Tampoco las líneas ferroviarias, los puertos, las carreteras o los polígonos industriales. La diferencia es que, cuando existe una decisión política firme, las administraciones acaban encontrando la forma de compatibilizar el interés general con las legítimas preocupaciones locales.
Por eso, más que hablar del «espejismo de las renovables», quizá convendría hablar del espejismo de creer que los problemas aparecen solos y que las responsabilidades pertenecen siempre a otros. Jauregi anuncia ahora una nueva estrategia, inversiones públicas y un modelo que pretende generar beneficios para las comunidades locales. Ojalá funcione. Euskadi necesita más generación renovable y necesita desarrollarla con inteligencia, consenso y rapidez.
Pero precisamente porque el diagnóstico es correcto, sería deseable completar el ejercicio con una dosis de autocrítica. No basta con reconocer que llevamos veinte años sin construir parques eólicos. También convendría explicar por qué ha ocurrido y qué errores institucionales han contribuido a llegar hasta aquí.
Porque si después de dos décadas el Gobierno sigue hablando como si acabara de descubrir el problema, quizá el verdadero espejismo no sean las renovables. Quizá el verdadero espejismo sea creer que se puede diagnosticar un fracaso colectivo sin asumir la parte de responsabilidad que corresponde a quien ha gobernado durante todo ese tiempo.
