Donald Trump: el hombre del momento

Sorprenden el simplismo y la banalidad con que durante las últimas semanas los medios del mainstream han estado informando a la opinión pública sobre uno de los hechos más relevantes de la historia de la economía. Basta un mínimo esfuerzo de búsqueda en las redes y de reflexión no partidista para darse cuenta de los alegatos de uso comun contra Donald Trump son tan febles como las apologías prefabricadas de Barack Obama y la derrotada Hillary Clinton. Por supuesto nada de esto tiene que ver con la realidad. También es grotesco que se haya querido transmitir la imagen de un Donald Trump plutocrático que basa su poder político en sus influencias económicas. Que se sepa, el nuevo presidente de EEUU es propietario de hoteles y campos de golf. Ustedes dirán el carácter estratégico que tales industrias pueden tener en el mundo del siglo XXI, dominado por las Tecnologías de la Información y el Complejo Militar-Industrial.

Va siendo hora de que los analistas, la prensa y los medios digitales se dejen de simplezas y empiecen a producir información de calidad. En primer lugar, deberían apostar un poco más por la inteligencia del público y tratar de explicar el fenómeno Donald Trump no en función de clichés ideológicos y baremos inspirados en la corrección política, sino en términos de los cambios que está a punto de traer en el mundo real. La victoria de Donald Trump no es un episodio anecdótico. Las reglas del juego cambiarán. Aunque al final no resulte posible volver a fabricar coches de Ford y General Motors 100% en Estados Unidos y el muro mexicano se quede en pura retórica -astutamente abandonado para exigir como contraprestación conformidad en otras posiciones negociadoras-, el mundo sí que va a estar funcionando de un modo distinto de aquí a pocos años. También en lo ideológico. ¿Quién sabe? Tal vez la era de la corrección política ha llegado a su fin, y nadie se ha enterado todavía.

Si a Donald Trump se le teme en Europa no es por sus salidas de tono, ni por ser amigo de Vladimir Putin. Las verdaderas razones tienen que ver con la geopolítica y con el dinero. Como todo el mundo sabe, desde la Segunda Guerra Mundial los Estados Unidos mantienen en Europa numerosas bases aéreas, terrestres y navales, atendidas por numeroso personal militar y civil, y financiadas por dotaciones presupuestarias que ascienden, sin exagerar, a una cifra astronómica. Aunque decirlo no sea correcto, desmantelar todo ese tinglado es algo que quita el sueño a Angela Merkel y a los gaditanos que viven derca de Rota. Adios a los 200.000 soldados del Rhin, adios a los oficiales bien pagados, a los contratos con proveedores locales y a los dólares de Estados Unidos que tan bien venían al mercado inmobiliario y al comercio local. Es lo que los activistas de izquierda reclaman desde hace décadas. Pero ahora que está a punto de suceder de verdad, la cosa se ve de otro modo.

El impacto económico de esta desmilitarización y de la retirada de Estados Unidos de sus antiguos frentes de la Guerra Fría va más allá de lo coyuntural. Desde que terminó la Segunda Guerra Mundial, las naciones europeas pudieron desarrollar sus estados del bienestar gracias a la ayuda norteamericana. El Plan Marshall fortaleció las devaluadas divisas continentales y equilibró las balanzas de pagos durante la recuperación. Poca gente sabe que el embrión institucional de la Unión Europea, la famosa CECA (Comunidad Económica del Carbón y del Acero) fue financiada por los fondos de pensiones y las aseguradoras de Wall Street. Y durante más de medio siglo, la parte mayoritaria asumida por Estados Unidos en la financiación de la OTAN permitió que los diversos estados europeos pudieran dedicar generosas partidas económicas al desarrollo de sus sistemas sanitarios, educativos y de prestaciones sociales.

¿Cómo se va a seguir pagando todo eso? Este es el problema al cual deberíamos dedicar nuestra atención, no a las historias sobre chascarrillos machistas en el vestuario de un campo de golf, o a Hillary Clinton como defensora de violadores o encubridora de los ultrajes sexuales de Bill Clinton. El final definitivo de la Guerra Fría -que no llegó en 1988 con las negociaciones entre Reagan y Gorbatchev, sino ahora con la llegada de Trump a la Casa Blanca- es inevitable, porque un episodio histórico de ese calibre no puede seguir basándose en la amenaza de una potencia como Rusia cuyo gasto militar es 10 veces menor que el de Estados Unidos.

Teniendo en cuenta que la envejecida Europa, como resultado de la crisis, ya se encuentra sobreendeudada, políticamente inoperante y al límite de su capacidad de exacción fiscal, sus posibilidades de actuación no son muchas. Con toda seguridad habrían de pasar, más que por un nuevo esfuerzo de gestión redistributiva, por políticas más liberales y menos intervencionistas, asi como por el fomento del emprendimiento y la creación de un clima favorable para el desarrollo de la empresa. Es posible que el proceso de destrucción creativa iniciado por el fenómeno Trump nos obligue a cambiar el rumbo hacia otros puertos. Y eso sí que sería un cambio de auténtico interés para medios de comunicación y consumidores de noticias. Schumpeter debe estar regocijándose en el otro mundo.

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