Un histórico responsable de Educación del Gobierno Vasco pide cambiar de rumbo tras el desastre de PISA
Un histórico responsable de Educación del Gobierno Vasco pide cambiar de rumbo tras el desastre de PISA

Los pésimos resultados obtenidos por Euskadi en PISA 2025 empiezan a generar críticas desde dentro del propio sistema educativo vasco. Una de las más significativas es la de Mikel Agirregabiria, profesor y antiguo responsable de Tecnología, Educación e Innovación Educativa del Gobierno Vasco, que considera que los datos obligan a revisar la percepción, mantenida durante años, de que Euskadi dispone de un sistema educativo sólido y equitativo.
La relevancia de sus críticas reside precisamente en su trayectoria. Agirregabiria comenzó en 1975 como profesor titular de Didáctica de las Matemáticas y Ciencias Experimentales de la UPV/EHU y en 1985 se incorporó al Gobierno Vasco como responsable de Tecnología y Educación. Posteriormente desempeñó durante muchos años responsabilidades relacionadas con la Innovación Educativa. Es decir, conoce desde dentro el sistema que ahora considera necesario reformar.
Agirregabiria utiliza términos excepcionalmente duros para referirse a los resultados vascos: habla de una «alarma especialmente insufrible» y de una «señal estructural». Euskadi ha obtenido 460 puntos en matemáticas, 419 en lectura y 459 en ciencias, frente a 482, 466 y 480, respectivamente, en PISA 2022. El desplome más espectacular se produce en comprensión lectora: 47 puntos en apenas tres años, hasta situar a Euskadi en la parte inferior de las comunidades autónomas españolas.
El deterioro vasco es además mucho mayor que el español. España pierde respecto a 2022 aproximadamente 16 puntos en matemáticas, 23 en lectura y ocho en ciencias. Euskadi cae 22, 47 y 21, respectivamente. Por tanto, aunque existe un problema internacional y español —algo sobre lo que Agirregabiria insiste—, los datos apuntan también a un problema específicamente vasco.
Una de sus críticas más interesantes afecta a las metodologías educativas que durante los últimos años han privilegiado competencias, proyectos, colaboración y creatividad. Agirregabiria no rechaza estos métodos, pero advierte del problema de utilizarlos como sustitutos de los conocimientos básicos. «No existe pensamiento crítico sin conocimientos», sentencia. Tampoco considera posible desarrollar creatividad sólida sin dominar previamente un campo ni adquirir competencia científica sin fluidez matemática.
Su receta supone, en cierta medida, una reivindicación de métodos que una parte de la innovación pedagógica había relegado. Propone «volver a enseñar explícitamente los fundamentos»: ortografía, vocabulario, sintaxis, cálculo, álgebra, proporcionalidad, estadística, razonamiento científico, interpretación de gráficos y escritura argumentativa. Solo después, sostiene, deberían llegar los proyectos interdisciplinarios, la creatividad, la programación, la robótica y la inteligencia artificial.
También plantea recuperar el esfuerzo cognitivo. Aprender, recuerda, exige memoria, práctica deliberada, resolución de problemas, escritura y lectura exigente. Frente a una escuela cada vez más preocupada por incorporar nuevas metodologías y tecnologías, su conclusión es particularmente significativa: «Un sistema educativo innovador no es aquel que utiliza más aplicaciones. Es aquel que consigue que sus estudiantes aprendan más y mejor».
Otra de sus grandes preocupaciones es el deterioro de la lectura profunda, especialmente relevante en Euskadi porque es precisamente la competencia donde se ha producido el mayor hundimiento. Agirregabiria propone implantar un Plan Vasco de Lectura Profunda que obligue a dedicar diariamente entre 30 y 45 minutos a leer libros completos, textos científicos, ensayos, literatura y prensa, acompañando posteriormente esa lectura con conversación y escritura.
Las pantallas también están en el punto de mira. No propone expulsar la tecnología de las aulas, pero sí proteger determinados períodos de aprendizaje frente a los dispositivos y regular efectivamente los teléfonos móviles durante la jornada escolar. Su criterio es sencillo: introducir tecnología únicamente cuando permita aprender mejor que mediante métodos alternativos.
El antiguo responsable de Innovación Educativa plantea además una evaluación externa e independiente de las metodologías que se están utilizando actualmente en Euskadi. La propuesta tiene especial trascendencia porque supone reconocer que no basta con medir cuánto dinero se destina a educación o qué programas se implantan: habría que comprobar cuáles están produciendo realmente mejores resultados.
Agirregabiria tampoco elude uno de los asuntos más sensibles de la educación vasca: el euskera. Pide una «investigación rigurosa sobre el impacto de los modelos lingüísticos». Al mismo tiempo, advierte expresamente de que sería incorrecto atribuir automáticamente los malos resultados al modelo lingüístico y recuerda la dificultad adicional que supone evaluar comprensión lectora en comunidades bilingües, especialmente cuando conviven idiomas lingüísticamente muy distantes.
Su propuesta para Euskadi incluye igualmente refuerzo intensivo de matemáticas y ciencias, programas específicos para inmigrantes recién incorporados, tutorías individualizadas para alumnos vulnerables, menos burocracia para los profesores, formación avanzada del profesorado en inteligencia artificial y publicación detallada y transparente de indicadores que permitan comprobar si las medidas funcionan.
Hay otra crítica implícita especialmente relevante en Euskadi: no parece faltar dinero, sino resultados. Agirregabiria recuerda el «esfuerzo histórico» y la «inversión mantenida» en educación y considera que Euskadi no debería conformarse con aproximarse a las medias española o europea. Por esos recursos acumulados durante décadas, sostiene que debería aspirar a situarse entre los sistemas europeos con mejores niveles de rendimiento y equidad.
El diagnóstico conecta así con una de las paradojas que ha dejado PISA 2025: una comunidad que dispone de amplias competencias educativas, elevados recursos económicos y décadas para desarrollar su propio modelo obtiene ahora unos resultados especialmente malos. La explicación no puede limitarse, por tanto, a que España tenga una determinada ley educativa o a que todos los países occidentales estén sufriendo los efectos de las pantallas y de la pandemia.
Agirregabiria tampoco propone buscar un único culpable. Considera que el deterioro es multifactorial y afecta a estudiantes, familias, profesores, instituciones y al conjunto de la sociedad. Pero precisamente por eso pide algo que cuestiona el continuismo: evaluar qué funciona y qué no y abandonar las políticas que no estén produciendo aprendizaje.
Su conclusión puede resultar incómoda para un sistema que durante años ha asociado innovación educativa con introducir nuevas metodologías y tecnologías. Después de décadas trabajando precisamente en innovación, Agirregabiria sostiene ahora que la verdadera innovación puede consistir en recuperar cosas bastante antiguas: leer mucho, calcular, escribir, memorizar lo necesario, disponer de buenos profesores, mantener una disciplina razonable y evaluar rigurosamente los resultados.
Y plantea para Euskadi una última medida que quizá sintetice todas las anteriores: «recuperar la ambición». Después del desplome de PISA 2025, el problema ya no sería únicamente determinar por qué los alumnos vascos obtienen peores resultados, sino decidir si el sistema educativo está dispuesto a cuestionar algunas de las ideas sobre las que ha funcionado durante los últimos años.
