¿Se hunde Europa? El caso de los chips

Hay pocas conferencias tecnológicas en Europa con el nivel de influencia y capacidad de convocatoria de DLD, el gran encuentro anual que se celebra en Múnich y que reúne a ejecutivos, inversores, tecnólogos y responsables políticos de primer nivel. Y el ambiente este año era inequívoco: buena parte de los ponentes daban por hecho el declive europeo.


El diagnóstico es conocido. Europa carece de liderazgo tecnológico propio en los grandes sectores digitales, el GDPR se ha convertido para muchas empresas en un auténtico tormento burocrático, somos campeones mundiales en sobrerregulación y la fragmentación del mercado europeo convierte cualquier expansión internacional en una pesadilla administrativa.

Mientras una startup norteamericana nace con acceso inmediato a un mercado homogéneo de más de 300 millones de personas, una empresa europea sigue teniendo que lidiar con normativas, idiomas, sistemas fiscales y culturas empresariales distintas. Y además hay un problema psicológico evidente: el pesimismo europeo vende muy bien. Especialmente entre las élites tecnológicas y financieras.

Sin embargo, conviene introducir algunos matices importantes. Porque, pese a todos sus problemas, Europa sigue siendo capaz de liderar industrias estratégicas extremadamente complejas. Y quizá el mejor ejemplo sea precisamente uno de los sectores más sofisticados y decisivos del planeta: los semiconductores.

Europa domina más de lo que parece

Cuando se habla de chips, la conversación suele terminar rápidamente en Nvidia, en TSMC o en Samsung Electronics. Y es lógico: son quienes están protagonizando la revolución de la inteligencia artificial.

Pero la industria mundial de los semiconductores es muchísimo más amplia y compleja que los chips de IA. De hecho, está dividida en varios grandes segmentos, y en muchos de ellos Europa ocupa posiciones de liderazgo absoluto. No es casualidad que en DLD estuvieran presentes Infineon Technologies y ASML. Ambas son líderes mundiales en áreas críticas de la cadena de valor de los semiconductores. Y tampoco son casos aislados.

  • Sensores. El mundo industrial depende enormemente de sensores: automoción, automatización, maquinaria, energía, robótica o industria médica. Aquí Europa sigue teniendo una posición fortísima gracias a Robert Bosch y STMicroelectronics, especialmente por su enorme especialización industrial. Europa quizá no domine las redes sociales o la publicidad digital, pero sí sigue siendo extraordinariamente competitiva en tecnología aplicada a la industria física.
  • Optoelectrónica. Otro segmento clave es la optoelectrónica: componentes que convierten señales eléctricas en luz o viceversa y que son esenciales en telecomunicaciones, automoción o dispositivos industriales. Aquí destaca especialmente la alemana Osram, que compite globalmente con gigantes norteamericanos como Lumentum Holdings.
  • Semiconductores discretos. Es probablemente uno de los campos menos conocidos por el gran público, pero enormemente importante para la industria europea. Los semiconductores discretos son chips robustos y muy fiables utilizados en automóviles, electrodomésticos, maquinaria industrial o sistemas energéticos. Aquí dominan claramente Infineon Technologies y Nexperia, una empresa especialmente codiciada por China debido a su importancia estratégica. Curiosamente, en este segmento también existe un actor vasco: Fagor Electrónica.
  • Equipos y materiales para fabricar chips. Y aquí aparece probablemente el mayor éxito tecnológico europeo de las últimas décadas: ASML. La empresa holandesa tiene algo extraordinariamente raro en tecnología: un monopolio práctico basado en complejidad extrema. ASML fabrica las máquinas EUV (Extreme Ultraviolet Lithography), indispensables para producir los chips más avanzados del planeta. Sin esas máquinas, ni Nvidia, ni TSMC, ni Intel, ni Samsung podrían fabricar semiconductores de última generación. La historia de ASML es casi una anomalía europea. Nació dentro de Philips y acabó convirtiéndose en una empresa crítica para toda la economía mundial. Tal y como explica el magnífico artículo de Works in Progress, sus máquinas son probablemente los dispositivos más complejos jamás fabricados por la humanidad: combinan óptica de precisión extrema, láseres avanzados, física cuántica aplicada, ingeniería mecánica ultraprecisa y cadenas de suministro internacionales imposibles de replicar rápidamente. Cada una cuesta cientos de millones de euros y contiene decenas de miles de piezas suministradas por empresas altamente especializadas repartidas por todo el mundo. Y lo más importante: nadie sabe realmente cómo copiarla a corto plazo.

El verdadero problema europeo: la IA

Ahora bien, el hecho de que Europa siga siendo muy fuerte en numerosos segmentos no significa que no exista un problema. Existe. Y es enorme. Europa está prácticamente ausente en el área que más crece de toda la industria: los GPUs o chips especializados para inteligencia artificial, también llamados “machine-learning chips”.

Es el segmento que domina Nvidia y en el que también están entrando Intel, Amazon con Graviton y Trainium, Alphabet con sus TPU y la británica Arm Holdings. Según la patronal mundial de semiconductores, este segmento creció alrededor de un 40% en 2025 impulsado por los centros de datos y la explosión de la inteligencia artificial generativa.

Europa tampoco tiene presencia relevante en otro de los grandes motores del sector: los chips de memoria, cuyo crecimiento rondó el 35% en 2025 gracias también a la IA. Ahí mandan las coreanas Samsung Electronics y SK Hynix y las norteamericanas Micron y SanDisk. Y este detalle es fundamental porque, históricamente, quien controla el segmento de mayor crecimiento suele acabar acumulando el mayor poder económico y estratégico.

Europa sigue siendo industrial

El problema europeo quizá no sea tanto la incapacidad tecnológica como la dirección en la que se ha movido el mercado mundial. Europa sigue siendo potentísima en tecnología industrial, automoción, energía, automatización o ingeniería avanzada. El problema es que la creación masiva de valor durante los últimos años se ha desplazado hacia el software, la nube, las plataformas digitales y ahora la inteligencia artificial. Precisamente los terrenos donde Europa ha sido más débil.

Pero reducir el continente a una caricatura decadente también es un error. Porque mientras medio mundo habla de IA, Europa sigue controlando algunos de los cuellos de botella más importantes del planeta. Y en tecnología, controlar un cuello de botella suele ser mucho más rentable de lo que parece.

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