Cinco decisiones regulatorias que cambiaron la historia económica de un territorio
Cuando se habla del éxito económico de un país o una ciudad solemos pensar en sus empresas, en el talento de sus trabajadores o en la abundancia de recursos naturales. Sin embargo, la historia demuestra que, en ocasiones, basta con cambiar una norma para alterar el destino de un territorio durante generaciones.
Las reglas del juego pueden atraer millones de turistas, convertir un pequeño pueblo en una metrópoli tecnológica o transformar una economía estancada en una de las más dinámicas del mundo. Estos son cinco ejemplos de cómo una decisión regulatoria puede tener un impacto económico mucho mayor del que imaginaron quienes la aprobaron.
1. Benidorm: cuando permitir el bikini ayudó a crear una potencia turística
A comienzos de los años cincuenta Benidorm apenas era un pueblo pesquero de la costa alicantina. Su alcalde, Pedro Zaragoza, estaba convencido de que el futuro pasaba por atraer turistas extranjeros. Sin embargo, existía un obstáculo aparentemente menor: el bikini.
La moral pública del franquismo consideraba aquella prenda impropia y las autoridades podían sancionar a quienes la utilizaran. Mientras tanto, en Francia o Italia las turistas europeas disfrutaban de las playas con total normalidad. Zaragoza comprendió que el problema no era moral, sino económico. Si España obligaba a los visitantes a comportarse de forma distinta que en el resto del Mediterráneo, simplemente elegirían otro destino.
Consiguió que el Gobierno relajara la aplicación de la normativa y Benidorm eliminó una barrera que dificultaba competir en el mercado turístico internacional. Aquella decisión no explica por sí sola el éxito posterior de la ciudad. También fueron fundamentales su plan urbanístico, la inversión en infraestructuras y la promoción internacional. Pero ilustra cómo una regulación aparentemente ajena a la economía podía condicionar el nacimiento de toda una industria.
2. Irlanda: un impuesto que atrajo a las multinacionales
Durante buena parte del siglo XX Irlanda fue una de las economías menos dinámicas de Europa Occidental. El giro comenzó cuando decidió construir un marco fiscal extremadamente competitivo para atraer inversión extranjera. Su impuesto de sociedades del 12,5 % convirtió al país en uno de los destinos preferidos por las multinacionales estadounidenses.
Apple, Google, Microsoft, Intel, Meta, Pfizer y decenas de grandes compañías instalaron allí sus sedes europeas o importantes centros de operaciones. La política fiscal irlandesa sigue siendo objeto de debate dentro de la Unión Europea. Pero pocos discuten que cambió radicalmente la estructura económica del país.
3. Shenzhen: un experimento que cambió China
En 1980 Shenzhen era poco más que un pueblo de pescadores situado junto a Hong Kong. Ese año el Gobierno chino decidió convertirla en una Zona Económica Especial. La nueva regulación permitía inversión extranjera, mayor libertad empresarial, incentivos fiscales y una flexibilidad desconocida hasta entonces en la economía china.
El experimento funcionó mucho mejor de lo esperado. En apenas cuatro décadas Shenzhen pasó de ser una localidad casi desconocida a convertirse en una de las mayores áreas metropolitanas del planeta y en la sede de gigantes tecnológicos como Huawei, Tencent, BYD o DJI. La geografía no cambió. Las reglas del juego sí.
4. Singapur: convertir la seguridad jurídica en una ventaja competitiva
Cuando Singapur obtuvo su independencia en 1965 era un pequeño territorio sin apenas recursos naturales. Su principal activo terminó siendo algo mucho menos visible: la calidad de sus instituciones. El Gobierno impulsó una regulación orientada a facilitar la actividad empresarial, reforzó la seguridad jurídica, combatió con dureza la corrupción, simplificó la burocracia y apostó por el libre comercio.
Con el paso del tiempo, esa combinación convirtió a Singapur en uno de los mayores centros financieros y logísticos del mundo. Miles de empresas multinacionales eligieron instalar allí sus sedes regionales porque sabían que las reglas eran estables, los contratos se cumplían y la Administración ofrecía rapidez y previsibilidad. El caso de Singapur demuestra que la competitividad de un territorio no depende únicamente de sus impuestos. También depende de la confianza que inspira su marco regulatorio.
5. Euskadi: el coste de la lentitud administrativa
Los ejemplos anteriores muestran cómo determinadas normas impulsaron el crecimiento económico. También existen casos en los que una regulación muy compleja puede retrasar inversiones durante años. La implantación de parques eólicos en Euskadi es uno de ellos. Las evaluaciones ambientales, los recursos administrativos y judiciales y la multiplicidad de autorizaciones responden a objetivos plenamente legítimos, como la protección del paisaje, la biodiversidad o la participación pública.
Sin embargo, ese sistema también tiene consecuencias económicas. Cada proyecto que permanece años pendiente de autorización supone inversiones aplazadas, empleo que tarda en crearse y capacidad de generación renovable que no entra en funcionamiento. No se trata de eliminar garantías ambientales ni de sacrificar otros intereses públicos. La cuestión es otra: si los procedimientos actuales consiguen el equilibrio adecuado entre protección e impulso de la inversión.
Las normas también compiten
Existe una idea muy extendida según la cual las economías compiten únicamente mediante salarios, impuestos o infraestructuras. La realidad es bastante más compleja. También compiten mediante la calidad de sus normas. Una regulación puede proteger el medio ambiente, preservar derechos o corregir fallos del mercado. Pero también puede elevar costes, retrasar proyectos o desviar inversiones hacia otros lugares.
Pedro Zaragoza probablemente nunca imaginó que una discusión sobre el bikini acabaría convirtiéndose en uno de los episodios más simbólicos de la historia económica española. Sin embargo, entendió una idea que sigue siendo válida más de medio siglo después: los inversores no solo analizan qué ofrece un territorio. También observan las reglas con las que tendrán que convivir. Y, en ocasiones, una sola norma puede cambiar el destino económico de una ciudad, una región o un país entero.
Si hoy tuviéramos delante al alcalde de Benidorm de los años cincuenta, ¿veríamos a un político temerario dispuesto a desafiar las normas de su tiempo o a un gobernante que entendió antes que nadie que la regulación también es una herramienta de política económica?
