Opositores sí, pero también emprendedores

Más de 100.000 personas se han presentado este fin de semana a la OPE de Osakidetza. La cifra impresiona por sí sola. Equivale aproximadamente al 10% de la población activa vasca. Es una demostración del atractivo que sigue teniendo el empleo público en Euskadi y, al mismo tiempo, una señal preocupante sobre el modelo económico hacia el que nos estamos deslizando.
Que miles de personas quieran trabajar en Osakidetza no es malo. Al contrario. La sanidad pública necesita buenos profesionales, estabilidad y capacidad para atraer talento. El problema surge cuando una sociedad produce muchos más aspirantes a funcionario que aspirantes a empresario.
Las economías avanzadas necesitan médicos, enfermeras, profesores, policías o administrativos. Pero también necesitan personas dispuestas a asumir riesgos, crear empresas, desarrollar productos, abrir mercados y generar empleo. Son dos funciones complementarias. Sin embargo, en Euskadi cada vez parece más evidente que la balanza se inclina hacia la seguridad del empleo público.
Las razones son comprensibles. Un puesto fijo en la administración ofrece estabilidad, salarios razonables, horarios previsibles y escasa incertidumbre. Frente a ello, emprender supone largos años de esfuerzo, dificultades burocráticas, elevada fiscalidad, problemas para contratar personal y una elevada probabilidad de fracaso.
La cuestión es que una sociedad no puede vivir únicamente de gestionar lo que ya tiene. Necesita crear riqueza nueva. Cada plaza de Osakidetza se financia con impuestos. Y esos impuestos proceden, fundamentalmente, de las empresas privadas y de los trabajadores que generan actividad económica. Cuando aumenta el peso relativo del sector público sin que crezca al mismo ritmo la capacidad de crear empresas, la economía acaba dependiendo cada vez más de una base productiva que se estrecha.
Euskadi lleva años enviando señales contradictorias. Los discursos políticos hablan constantemente de emprendimiento, innovación, startups y atracción de talento. Pero la realidad muestra que los jóvenes más preparados siguen viendo mucho más atractivo preparar una oposición que fundar una empresa.
No es casualidad que la comunidad autónoma tenga una de las tasas de emprendimiento más bajas de España. Tampoco que muchas startups prometedoras terminen trasladando su sede a Madrid, Barcelona o incluso al extranjero. Allí encuentran más capital, más ecosistemas empresariales y una cultura social que castiga menos el fracaso.
El problema es también cultural. En Euskadi seguimos admirando más a quien consigue una plaza fija que a quien crea una empresa. El opositor es percibido como alguien que ha triunfado. El emprendedor que fracasa suele ser visto como alguien que se equivocó. En Silicon Valley sucede exactamente lo contrario: haber fracasado varias veces es casi una credencial profesional.
La paradoja es que buena parte de la prosperidad vasca actual procede precisamente de generaciones anteriores que asumieron riesgos empresariales extraordinarios. Los fundadores de empresas industriales, cooperativas, tecnológicas o energéticas que hoy sostienen nuestra economía no dedicaron años a preparar oposiciones. Construyeron negocios.
Si Euskadi quiere mantener su nivel de bienestar durante las próximas décadas necesita seguir formando excelentes profesionales para Osakidetza. Pero también necesita que una parte significativa de esos 100.000 aspirantes considere que crear una empresa puede ser una opción tan prestigiosa y atractiva como conseguir una plaza pública.
Porque las oposiciones reparten riqueza. Los emprendedores la crean. Y cuando una sociedad deja de producir suficientes creadores de riqueza, tarde o temprano acaba teniendo problemas para financiar todo aquello que quiere conservar.
