Mikel Hidalgo y la fábrica vasca de dirigentes

El PNV acaba de elegir a Mikel Hidalgo como candidato a la alcaldía de Bilbao. La decisión tiene lógica. Es joven, tiene formación universitaria, experiencia en finanzas, ha trabajado en la administración pública y conoce perfectamente los engranajes internos del partido. Precisamente por eso su nombramiento resulta tan interesante. No porque Hidalgo sea una mala elección, sino porque representa a la perfección el tipo de dirigente que hoy fabrica el nacionalismo vasco.


Si uno observa su currículum, encuentra una trayectoria impecable. Graduado en Administración y Dirección de Empresas por Deusto, auditor en PwC, analista de inversiones en Seed Capital Bizkaia y posteriormente asesor en Lehendakaritza. Además, forma parte del Bizkai Buru Batzar, el máximo órgano ejecutivo del PNV en Bizkaia.

Nada que objetar, salvo que prácticamente toda su carrera profesional ha transcurrido dentro del ecosistema de poder construido por el propio PNV: la PwC de Asier Atutxa, el Seed Capital Bizkaia que controlaba Imanol Pradales desde la Diputación y la actual Lehendakaritza de su ex compañero de ikastola. Y al mismo tiempo fue escalando posiciones dentro de la estructura orgánica del partido hasta convertirse en miembro del Bizkai Buru Batzar.

Todo ello plantea una cuestión incómoda. ¿Estamos ante un dirigente que ha sido seleccionado por el mercado o ante un dirigente que ha sido seleccionado por el propio sistema político? No se trata de cuestionar sus capacidades. Probablemente sea una persona preparada y trabajadora.

Se trata de preguntarse qué incentivos y qué experiencias acumula alguien cuya carrera profesional se ha desarrollado casi íntegramente dentro de instituciones controladas por el mismo partido que ahora le propone para gobernar la principal ciudad de Euskadi.

Bilbao es una ciudad de empresarios, comerciantes, profesionales liberales, autónomos, trabajadores industriales y emprendedores. Sin embargo, cada vez es más frecuente que quienes aspiran a gobernarla procedan de un circuito mucho más reducido: universidad, consultoría, administración pública, partido político.

El riesgo es evidente. Cuando una organización lleva demasiado tiempo gobernando, acaba creando sus propios dirigentes, seleccionándolos, promocionándolos y validándolos dentro de un ecosistema cada vez más cerrado. Y llega un momento en que resulta difícil distinguir dónde termina el mérito individual y dónde empieza la capacidad del sistema para reproducirse a sí mismo.

Quizá el verdadero debate no sea si Mikel Hidalgo será un buen alcalde. Quizá el debate sea por qué resulta tan difícil encontrar candidatos relevantes fuera de los círculos institucionales del propio PNV. Durante décadas, el éxito de este partido estuvo ligado a su capacidad para incorporar a la política perfiles procedentes de ámbitos muy diversos. Había empresarios, ingenieros, cooperativistas, profesionales liberales y directivos que daban el salto a la gestión pública después de haber demostrado su valía fuera de ella.

Hoy el recorrido parece cada vez más homogéneo. Universidad. Consultoría. Sociedad pública. Administración. Partido. Y vuelta a empezar.No es un fenómeno exclusivo de Euskadi. Está ocurriendo en buena parte de Europa. Los partidos políticos han ido construyendo sus propias canteras de dirigentes hasta el punto de que la política ha dejado de ser una actividad a la que se llega desde otros ámbitos para convertirse en una profesión en sí misma.

El problema es que las ciudades no son organizaciones políticas.Bilbao compite hoy con otras ciudades europeas por atraer talento tecnológico, inversión internacional, centros de decisión empresariales y proyectos innovadores. Necesita entender cómo piensan los emprendedores, los inversores, las multinacionales y los profesionales que toman riesgos todos los días.

Por eso resulta legítimo preguntarse qué experiencia tiene el nuevo candidato en ese terreno. Según su currículum, ninguna. Hidalgo ha trabajado analizando inversiones públicas, pero no ha tenido que levantar financiación para una startup. Ha evaluado proyectos empresariales, pero no ha tenido que crear una empresa. Ha gestionado recursos públicos, pero no ha tenido que enfrentarse a una nómina a final de mes.

Y eso no le incapacita para gobernar. Pero sí limita el tipo de experiencia que aporta. Existe además otro elemento que merece reflexión. Hidalgo estudió en la misma ikastola que el lehendakari Imanol Pradales. Su padre fue diputado foral. Él mismo forma parte de la dirección del PNV en Bizkaia. Todo ello contribuye a reforzar una sensación que empieza a extenderse en parte de la sociedad vasca: la existencia de una élite institucional relativamente cerrada que se reproduce a sí misma.

Seguramente la percepción sea exagerada. Pero las percepciones también importan. Porque una democracia sana no solo necesita dirigentes competentes. También necesita que los ciudadanos sientan que cualquiera puede llegar a ocupar esas posiciones.

Desde el punto de vista del partido, la elección de Hidalgo es comprensible. El PNV busca renovar caras sin alterar el rumbo. Quiere juventud sin incertidumbre. Cambio sin riesgo. Una transición ordenada que garantice la continuidad de un modelo que ha gobernado Bilbao durante décadas.

Es una apuesta racional. La cuestión es si Bilbao necesita exactamente eso. La ciudad ya no afronta los desafíos de los años noventa, cuando el gran reto era transformar una urbe industrial en declive en una ciudad moderna y atractiva. Ese trabajo se hizo y se hizo muy bien.

Los desafíos actuales son distintos. Productividad. Innovación. Atracción de talento. Vivienda. Competencia global. Inteligencia artificial. Nuevas industrias. Y quizá para afrontarlos no baste con gestores bien preparados. Quizá hagan falta dirigentes que hayan demostrado su capacidad fuera del sistema antes de dirigirlo.

Mikel Hidalgo puede acabar siendo un excelente alcalde. Nadie debería descartarlo por su edad ni por sus apellidos. Pero su nombramiento deja una pregunta incómoda sobre la mesa. ¿Estamos eligiendo a los mejores candidatos posibles o simplemente a los mejores candidatos que produce la maquinaria institucional vasca? Porque son dos cosas muy distintas.

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