Las vacunas contra el cáncer convierten a Moderna en una de las inversiones más interesantes —y arriesgadas— de la biotecnología

El éxito en fase 3 de la vacuna personalizada contra el melanoma de Moderna y MSD abre una posibilidad mucho mayor que la comercialización de un nuevo medicamento: demostrar que el ARN mensajero puede convertirse en una plataforma para desarrollar tratamientos individualizados contra numerosos tipos de cáncer. El problema para quien quiera invertir ahora es que la Bolsa ya ha empezado a descontarlo.
Durante la pandemia, Moderna se convirtió casi de la noche a la mañana en una de las compañías farmacéuticas más conocidas del mundo. Su vacuna contra el covid demostró que una tecnología hasta entonces bastante desconocida fuera de los laboratorios, el ARN mensajero (ARNm), podía emplearse para desarrollar medicamentos a gran velocidad.
Después llegó la resaca. Los ingresos de Moderna pasaron de unos 20.000 millones de dólares en 2022 a apenas 2.000 millones en 2025 y su cotización se hundió. Ahora la compañía puede haber encontrado una segunda vida mucho más interesante: el cáncer.
Moderna y MSD (Merck en Estados Unidos) anunciaron el pasado 19 de agosto que su vacuna personalizada contra el melanoma, denominada intismeran autogene o V940, había alcanzado los objetivos principales de un ensayo clínico de fase 3. Es la primera terapia personalizada basada en ARNm y neoantígenos que supera con éxito una prueba de esta dimensión en oncología.
La Bolsa reaccionó violentamente. Las acciones de Moderna cerraron el 18 de agosto a 62,96 dólares y al día siguiente terminaron a 174,38 dólares, una subida del 177% en una sola sesión. El viernes 21 cerraron a 145,13 dólares, lo que deja a la empresa valorada en torno a 58.000 millones de dólares. La pregunta para un inversor es evidente: ¿hemos llegado demasiado tarde o estamos ante el comienzo de algo mucho más grande?
La palabra vacuna puede llevar a engaño. No se trata de una inyección que se administre a una persona sana para impedir que desarrolle cáncer. Es un medicamento completamente personalizado. Una vez extirpado el tumor, se obtiene una muestra, se secuencia y se identifican las mutaciones que distinguen a las células cancerosas de las sanas. A partir de esa información se fabrica una vacuna de ARNm específicamente para ese paciente.
El objetivo es enseñar al sistema inmunitario a reconocer las características de su tumor y destruir las células cancerosas que hayan podido permanecer en el organismo. La vacuna se administra junto a pembrolizumab, comercializado por MSD con la marca Keytruda, una inmunoterapia que elimina algunos de los mecanismos que utiliza el cáncer para esconderse del sistema inmunitario. Es, por tanto, una combinación particularmente interesante: una tecnología señala al sistema inmunitario a quién tiene que atacar y la otra le quita el freno para que pueda hacerlo.
El ensayo de fase 3 ha incluido a 1.137 pacientes con melanoma de alto riesgo previamente operados. Seis hospitales españoles participaron en el estudio. Moderna y MSD aseguran que la combinación ha mejorado significativamente tanto la supervivencia libre de recaída como la supervivencia libre de metástasis frente a Keytruda utilizado en solitario. Los datos completos todavía no se han publicado. Los resultados anteriores de fase 2 ya habían mostrado una reducción del 49% en el riesgo de recaída o muerte y del 59% en el riesgo de metástasis.
Si intismeran sirviera únicamente para tratar el melanoma, probablemente la reacción bursátil sería difícil de justificar. Barclays calcula que el tratamiento del melanoma podría generar unos 3.000 millones de dólares anuales en ventas en 2035. Pero Moderna comparte los beneficios de esta vacuna al 50% con MSD.
Eso es poco frente a los aproximadamente 30.000 millones de dólares de capitalización que Moderna ganó inicialmente después de anunciar el resultado. La explicación está en otro sitio. El mercado no está valorando una vacuna contra el melanoma. Está empezando a valorar una plataforma contra el cáncer.
Moderna y MSD están probando esta misma tecnología en otros tumores y mantienen ocho ensayos adicionales, entre ellos cáncer de pulmón, vejiga y riñón. Si el principio que acaba de funcionar con el melanoma puede repetirse en varios tumores, el mercado potencial cambia radicalmente.
Es también la razón por la que el resultado de Moderna tiene implicaciones para otras empresas. Las acciones de BioNTech, otra de las grandes especialistas mundiales en ARN mensajero, subieron alrededor de un 22% tras conocerse los resultados. La empresa alemana está desarrollando su propia cartera de tratamientos oncológicos, incluyendo vacunas personalizadas de ARNm.
BioNTech tiene, por ejemplo, en desarrollo autogene cevumeran (BNT122), una inmunoterapia personalizada de neoantígenos que investiga junto a Genentech/Roche en diferentes tumores. Su propia planificación contempla resultados clínicos relevantes durante los próximos años. Es posible, por tanto, que estemos asistiendo al nacimiento de una nueva categoría farmacéutica.
Hay además una derivada empresarial particularmente interesante. La industria farmacéutica lleva más de un siglo basada fundamentalmente en fabricar millones de unidades idénticas de un medicamento. Las vacunas personalizadas contra el cáncer alteran ese modelo. Cada paciente necesita su propio medicamento.
Hay que extraer el tumor, secuenciarlo, identificar sus mutaciones, seleccionar los neoantígenos adecuados, diseñar el ARNm, fabricar el tratamiento, realizar controles de calidad y enviarlo nuevamente al hospital. Todo ello en pocas semanas. Es una especie de fabricación farmacéutica bajo pedido.
Y eso significa que la oportunidad empresarial puede ir mucho más allá de Moderna o BioNTech. Secuenciación genética, inteligencia artificial para seleccionar neoantígenos, automatización de laboratorios, fabricación rápida de ARN, nanopartículas lipídicas, logística farmacéutica y gestión de datos clínicos pueden convertirse en piezas necesarias de esta nueva industria. El cáncer podría acelerar así la convergencia entre biotecnología, informática e industria.
Nada de esto significa que comprar Moderna a cualquier precio sea necesariamente una buena inversión. La compañía sigue siendo financieramente peculiar. En el segundo trimestre de 2026 facturó apenas 100 millones de dólares y perdió unos 800 millones. Al terminar el año espera conservar entre 4.700 y 5.200 millones de dólares en efectivo e inversiones.
La empresa está reduciendo costes y pretende alcanzar el equilibrio financiero en 2028, pero desarrollar simultáneamente numerosos ensayos clínicos y construir la infraestructura necesaria para producir medicamentos personalizados consume muchísimo dinero.
Y la investigación farmacéutica sigue siendo extraordinariamente imprevisible. El mismo comunicado de resultados en el que Moderna detallaba sus avances revelaba que su vacuna contra el norovirus no había alcanzado el criterio estadístico necesario para declarar el éxito en el análisis intermedio de fase 3.
Ese contraste resume perfectamente el negocio biotecnológico. Un ensayo puede destruir cientos de millones de euros de inversión. Otro puede crear decenas de miles de millones de valor bursátil en cuestión de horas.
Hay otra razón para ser prudente: Moderna ya no cotiza como lo hacía antes del anuncio. El 18 de agosto valía unos 25.000 millones de dólares. Al día siguiente llegó a acercarse a los 70.000 millones. Ahora ronda los 58.000 millones.
Reuters Breakingviews ha calculado que la revalorización experimentada por Moderna y MSD implica que el mercado podría estar descontando unos 13.000 millones de dólares de ingresos anuales derivados de estas terapias. Es decir, los inversores ya están suponiendo implícitamente que la tecnología funcionará en más cánceres además del melanoma.
Y todavía quedan muchas incógnitas. No conocemos los datos completos de fase 3. Tampoco se ha demostrado todavía una mejora de la supervivencia global. Falta la aprobación de las autoridades sanitarias. No sabemos cuál será el precio definitivo del tratamiento. Y queda por comprobar si puede fabricarse individualmente para decenas o cientos de miles de pacientes a un coste asumible.
Es significativo que, pese a la euforia bursátil, el precio objetivo medio recopilado actualmente entre analistas sea de unos 91 dólares, muy inferior a los aproximadamente 145 dólares a los que cerró el viernes 21. Las estimaciones, además, son extraordinariamente dispersas, entre 25 y 170 dólares. La oportunidad que representan compañías como Moderna debe contemplarse por tanto con una perspectiva distinta de la inversión farmacéutica convencional.
Quien compra Moderna no está comprando solamente las ventas futuras de una vacuna contra el melanoma. Está apostando a que el ARN mensajero se convertirá en una plataforma capaz de generar numerosos medicamentos contra diferentes enfermedades, de la misma manera que determinadas tecnologías informáticas permitieron después construir multitud de productos diferentes.
El covid permitió demostrar que el ARNm funcionaba a enorme escala en enfermedades infecciosas. El melanoma puede ser la primera demostración de que también funciona comercialmente contra el cáncer. Eso explica tanto la oportunidad como el riesgo.
Si intismeran funciona solamente contra el melanoma, la valoración actual de Moderna parece difícil de justificar. Si funciona contra melanoma, pulmón, riñón, vejiga y otros tumores, los aproximadamente 58.000 millones de dólares que vale hoy la empresa podrían terminar pareciendo pequeños. Y si la tecnología fracasa en los siguientes tumores, una parte considerable de los casi 30.000 millones que la Bolsa acaba de añadir a Moderna puede desaparecer con la misma velocidad con la que apareció.
Para un inversor interesado en biotecnología, quizá ésa sea la conclusión más relevante de lo sucedido esta semana: el ARN mensajero ha dejado de ser únicamente la tecnología que permitió fabricar rápidamente las vacunas contra el covid. Por primera vez empieza a existir evidencia clínica avanzada de que también puede convertirse en una herramienta industrial para fabricar medicamentos personalizados contra el cáncer.
Eso abre una oportunidad de inversión gigantesca. Pero probablemente será una de esas oportunidades en las que acertar con la tecnología resulte bastante más fácil que acertar con la empresa y, sobre todo, con el precio al que comprarla. Por cierto, Bayer acertó de lleno al comprar la startup vasca Viralgen.
