Las grandes farmacéuticas descubren el negocio de los psicodélicos: de la contracultura a una nueva generación de antidepresivos

Durante décadas, los psicodélicos fueron un territorio casi exclusivo de pequeñas biotecnológicas, fondos de capital riesgo especializados y universidades. Las grandes farmacéuticas observaban el sector desde la barrera, escarmentadas por años de fracasos en psiquiatría y por el estigma regulatorio asociado a sustancias como la psilocibina, el LSD o el DMT.
Ese escenario acaba de cambiar. La compra de AtaiBeckley por parte de Eli Lilly por hasta 3.800 millones de dólares ha marcado un punto de inflexión que muchos analistas consideran el comienzo de una nueva carrera entre las grandes farmacéuticas por hacerse con los tratamientos psicodélicos más prometedores.
La operación anunciada este mes convierte a Eli Lilly en la primera gran farmacéutica que realiza una apuesta de este calibre por los psicodélicos. La compañía estadounidense pagará 2.800 millones de dólares al cierre de la operación y hasta 1.000 millones adicionales si se cumplen determinados hitos regulatorios y comerciales.
El gran activo es BPL-003, un aerosol nasal basado en 5-MeO-DMT, una sustancia psicodélica de acción muy rápida destinada al tratamiento de la depresión resistente. No se trata únicamente de incorporar un nuevo medicamento. Lilly busca abrir una nueva plataforma terapéutica en salud mental, uno de los mercados con mayor necesidad de innovación de toda la industria farmacéutica.
Aunque Lilly ha protagonizado la mayor operación, no está sola. En los últimos meses también se han producido otros movimientos relevantes:
- Otsuka Pharmaceutical ha adquirido Transcend Therapeutics por unos 700 millones de dólares para reforzar su presencia en terapias psicodélicas para trastornos psiquiátricos.
- AbbVie ha firmado un acuerdo valorado en hasta 1.200 millones de dólares con Gilgamesh Pharmaceuticals para desarrollar un candidato basado en compuestos psicodélicos.
- Johnson & Johnson ya demostró que existe mercado con Spravato, un derivado de la ketamina para la depresión resistente que alcanzó unas ventas anuales de aproximadamente 1.700 millones de dólares. Aunque no pertenece a la familia clásica de la psilocibina o el LSD, ha servido como prueba comercial de que las terapias psicodélicas pueden convertirse en grandes productos farmacéuticos.
Mientras tanto, empresas especializadas como Compass Pathways, Definium Therapeutics, GH Research o Helus Pharma continúan avanzando en ensayos clínicos y se han convertido en potenciales objetivos de adquisición.
La pregunta que se hacen los inversores es por qué las grandes farmacéuticas han esperado tanto. Las razones son varias. La primera es científica. Durante los últimos años los ensayos clínicos han empezado a ofrecer resultados mucho más sólidos en pacientes con depresión resistente y otros trastornos psiquiátricos, reduciendo el riesgo tecnológico que frenaba a las multinacionales.
La segunda es económica. Los tratamientos actuales contra la depresión funcionan mal en un porcentaje significativo de pacientes y existe una enorme necesidad médica no cubierta. Algunos analistas calculan que los nuevos fármacos psicodélicos podrían generar ventas superiores a los 1.000 millones de dólares anuales para un solo medicamento exitoso.
La tercera es estratégica. Compañías como Lilly disponen de enormes recursos procedentes del éxito de sus medicamentos contra la obesidad y la diabetes, lo que les permite invertir miles de millones en nuevas áreas terapéuticas antes de que llegue la expiración de futuras patentes.
La paradoja resulta llamativa. Sustancias asociadas durante décadas a la cultura hippie y al consumo recreativo están entrando en los departamentos de I+D de algunas de las mayores farmacéuticas del mundo. Eso no significa que los pacientes vayan a recibir estos tratamientos como un medicamento convencional.
La mayoría de los ensayos combinan la administración del compuesto con sesiones de psicoterapia supervisada por profesionales especializados, un modelo mucho más complejo y costoso que la simple prescripción de una pastilla diaria. Precisamente esa complejidad había sido uno de los argumentos para que las grandes farmacéuticas mantuvieran las distancias hasta ahora.
La adquisición de AtaiBeckley podría desencadenar un efecto dominó. Diversos analistas consideran que el movimiento de Lilly legitima definitivamente el sector y facilita que otras multinacionales comiencen a comprar biotecnológicas especializadas antes de que sus valoraciones aumenten todavía más.
En la industria se habla ya de un escenario de «marea creciente»: si varias compañías consiguen demostrar la eficacia clínica de estos tratamientos, el beneficio no será para un único laboratorio, sino para todo el ecosistema de empresas dedicadas a la medicina psicodélica.
Después de décadas de marginalidad científica, los psicodélicos parecen haber dejado de ser una curiosidad experimental para convertirse en uno de los nuevos frentes de competencia de la gran industria farmacéutica. Queda por ver cuántas multinacionales seguirán el camino que acaba de abrir Eli Lilly.
