La receta de Imaz para afrontar la incertidumbre energética

Josu Jon Imaz no es optimista sobre lo que viene. El consejero delegado de Repsol cree que, incluso en el supuesto de que se normalizara inmediatamente el tránsito por el estrecho de Ormuz, las tensiones sobre los productos energéticos podrían prolongarse entre seis y ocho meses. Pero de su intervención este viernes en Donostia, durante el 25 aniversario de la central de compras Ategi de Mondragon, también se puede extraer una receta para que las empresas afronten un escenario en el que la incertidumbre energética amenaza con convertirse nuevamente en un problema industrial.
La primera enseñanza es probablemente la más importante: la energía ya no puede comprarse pensando únicamente en conseguir el precio más barato. Seguridad de suministro, estabilidad del coste y capacidad para resistir acontecimientos geopolíticos vuelven a tener un valor económico. El propio Imaz resumió el problema mediante un triángulo formado por asequibilidad, seguridad de suministro y sostenibilidad. En su opinión, Europa se ha concentrado excesivamente en el último vértice y ha descuidado los otros dos.
Eso supone asumir que pagar algo más por tener asegurado un precio puede ser mejor que exponerse completamente al mercado. Contratos a largo plazo, coberturas, PPA eléctricos y compras anticipadas permiten sacrificar parte del eventual beneficio de una caída de precios a cambio de reducir el daño provocado por una subida brusca. Para una industria intensiva en energía, la cuestión deja de ser acertar con el precio mínimo y pasa a ser saber de antemano qué coste energético puede soportar.
No deja de ser significativo que Imaz hiciera estas reflexiones precisamente ante Ategi. La central de compras de Mondragon nació hace 25 años para aprovechar el volumen conjunto de las cooperativas y mejorar sus condiciones de aprovisionamiento. En un escenario volátil, agregar demanda puede servir no solo para obtener mejores precios, sino también para negociar contratos más largos, diversificar proveedores y repartir riesgos que una empresa individual tendría más dificultades para gestionar.
La segunda receta consiste en reducir la cantidad de energía que una empresa necesita comprar fuera. Autoconsumo fotovoltaico, almacenamiento, recuperación de calor, cogeneración o mejoras de eficiencia adquieren una dimensión diferente cuando la energía deja de ser simplemente un coste y se convierte en un riesgo. Una instalación que permite cubrir una parte del consumo propio funciona también como una cobertura física frente a las oscilaciones del mercado.
La flexibilidad puede convertirse igualmente en una ventaja competitiva. La creciente penetración de renovables provoca diferencias importantes en el precio de la electricidad según las horas. Las industrias cuyos procesos lo permitan pueden desplazar determinados consumos hacia los momentos de mayor producción y menor precio. Baterías, sistemas inteligentes de gestión energética y procesos industriales más flexibles pueden terminar teniendo tanta importancia como conseguir unos céntimos menos en el contrato eléctrico.
Imaz propone además no descartar tecnologías por razones ideológicas. Su expresión fue apostar por «más tecnología y menos ideología» e «invertir en todo». Traducido a las decisiones empresariales, significaría evaluar cada alternativa por su coste, disponibilidad y capacidad para reducir riesgos: electrificación, renovables, biocombustibles, biometano, cogeneración, hidrógeno o combustibles sintéticos allí donde tengan sentido económico.
Pero quizá la principal advertencia de Imaz sea que el riesgo energético no termina en la factura de la luz o del gas. Un conflicto prolongado en Oriente Medio acaba transmitiéndose al transporte, los productos petroquímicos, los plásticos, los fertilizantes y multitud de materias primas y componentes industriales. Una empresa que quiera protegerse debería conocer no solo cuánta energía consume directamente, sino cuánto petróleo y gas hay escondido en su cadena de proveedores.
De ahí surge otra receta: diversificar. Diversificar proveedores, tecnologías, contratos, fuentes energéticas e incluso procedencias geográficas. La eficiencia extrema de depender del proveedor más barato puede funcionar en tiempos normales, pero genera vulnerabilidad cuando se cierra una ruta marítima, falta una materia prima o se dispara una fuente energética concreta. Después de la pandemia, Ucrania y ahora Ormuz, esa vulnerabilidad ya difícilmente puede considerarse excepcional.
Imaz cree que Europa ha aprendido demasiado lentamente esta lección. Recordó que entre 2018 y 2024 cerró el 12% de la industria europea intensiva en energía y que en los dos últimos años otro 14% de la capacidad petroquímica ha cerrado o anunciado su cierre. Su preocupación es que la reacción política llegue cuando una parte del tejido industrial ya haya desaparecido.
Y ahí aparece la parte más polémica de su receta: descarbonizar, sí, pero sin perder industria por el camino. Imaz sostiene que trasladar producción europea a países con procesos más contaminantes puede mejorar las emisiones contabilizadas dentro de la UE sin reducir las emisiones asociadas a lo que consumen los europeos. Puso como ejemplo el acero importado de Turquía, cuya producción, aseguró, puede emitir entre un 40% y un 50% más de CO₂.
Para la industria vasca, especialmente expuesta por el peso de la siderurgia, fundición, máquina herramienta, automoción, papel, vidrio o fabricación de bienes de equipo, la discusión dista mucho de ser teórica. Una nueva etapa prolongada de energía cara vuelve a penalizar precisamente uno de los rasgos que tradicionalmente han diferenciado a Euskadi de otras economías españolas: el elevado peso de la industria.
La receta que deja Imaz es, por tanto, menos sencilla que buscar energía barata. Consiste en asegurar una parte de los costes, producir otra parte de la energía, consumir menos, desplazar consumos cuando sea posible, diversificar proveedores y tecnologías y asumir incluso determinados sobrecostes a cambio de seguridad. En definitiva, convertir la energía de una partida de compras en una cuestión estratégica. Ormuz, según Imaz, «nos ha dejado desnudos». La cuestión ahora es si las empresas y las instituciones europeas vuelven a vestirse antes de que llegue la siguiente crisis.
Foto: TuLankide
