La burbuja de la IA no se parece a la de las puntocom: esta vez las empresas están obligando a usarla
Desde hace meses se repite una comparación casi automática: la inteligencia artificial recuerda a la burbuja de internet de finales de los noventa. Miles de millones invertidos, valoraciones disparadas y expectativas que parecen imposibles de cumplir.
Sin embargo, hay una diferencia fundamental que puede hacer que el desenlace sea muy distinto. No es una idea de Nvidia, Microsoft o OpenAI, sino del escritor y analista tecnológico Cory Doctorow, uno de los críticos más conocidos de la industria tecnológica. Su tesis es sencilla: la web triunfó porque la gente quería utilizarla; la IA se está implantando porque las empresas están obligando a hacerlo.
Internet resolvía problemas evidentes. A finales de los noventa nadie necesitó convencer a los usuarios de que internet era útil. El correo electrónico sustituyó al fax, los buscadores facilitaron encontrar información y el comercio electrónico eliminó desplazamientos. Las empresas adoptaban estas tecnologías porque sus trabajadores las reclamaban. Los empleados descubrían herramientas que aumentaban su productividad y las organizaciones terminaban incorporándolas.
Incluso productos empresariales como Lotus Notes se extendieron gracias a que ofrecían soluciones reales de colaboración en una época en la que el trabajo distribuido era extremadamente complejo. Cuando estalló la burbuja bursátil en 2000, muchas compañías desaparecieron, pero internet siguió creciendo porque existía una demanda auténtica.
Con la IA sucede justo lo contrario. Según Doctorow, la inteligencia artificial presenta una dinámica inversa. En numerosos casos son las direcciones de las empresas quienes ordenan incorporar asistentes de IA, copilotos o agentes inteligentes, mientras que una parte importante de los empleados muestra reticencias.
No resulta extraño encontrar organizaciones que fijan objetivos mínimos de utilización de herramientas de IA o que incluso monitorizan su uso interno. La tecnología no se está difundiendo únicamente por el entusiasmo de los usuarios, sino también por una presión de arriba hacia abajo.
Doctorow sostiene que gran parte del dinero invertido en IA no responde tanto a las capacidades actuales de la tecnología como a una promesa: reducir drásticamente el coste del trabajo cualificado. Los grandes inversores financian centros de datos multimillonarios porque esperan que, en algún momento, los sistemas de IA sustituyan parte del trabajo de abogados, programadores, diseñadores, analistas o personal administrativo.
El problema es que muchas de esas promesas todavía no generan ingresos suficientes para justificar las inversiones realizadas. La consecuencia es una industria que consume cantidades gigantescas de capital mientras los modelos de negocio siguen buscando rentabilidad.
Otra diferencia respecto a las puntocom es la estructura económica. Durante la primera expansión de internet los costes de acceso eran relativamente reducidos. Abrir una página web o una tienda online requería inversiones modestas. En la IA ocurre exactamente lo contrario.
Entrenar modelos exige infraestructuras valoradas en decenas de miles de millones de euros, enormes consumos eléctricos y una dependencia casi absoluta de un reducido grupo de proveedores de chips y centros de datos. Eso convierte la carrera por la IA en una competición reservada a muy pocas empresas.
La historia tampoco invita al catastrofismo. La explosión de la burbuja puntocom destruyó cientos de empresas, pero dio paso al nacimiento de gigantes como Google, Amazon o Facebook. Con la IA podría ocurrir algo parecido.
Es perfectamente posible que muchas startups desaparezcan, que algunas inversiones nunca se recuperen y que las valoraciones actuales resulten excesivas. Sin embargo, eso no implica que la inteligencia artificial carezca de utilidad. Cada vez existen más aplicaciones capaces de automatizar tareas repetitivas, generar software, acelerar la investigación científica o mejorar procesos industriales.
La pregunta realmente importante no es si existe una burbuja financiera alrededor de la IA. Cada vez más economistas y analistas consideran que sí existen síntomas claros de sobreinversión. La incógnita es distinta: ¿qué parte de toda esta infraestructura sobrevivirá cuando desaparezca la euforia?
Con internet sobrevivió prácticamente toda la infraestructura construida y sobre ella se levantó la economía digital que conocemos hoy. Con la inteligencia artificial podría suceder algo diferente. Si las empresas descubren que muchos trabajadores utilizan estas herramientas únicamente porque se les obliga y que la productividad real no compensa los costes, parte del mercado podría desinflarse con rapidez.
Pero también es posible que, una vez desaparezca la fiebre especulativa, permanezcan aquellas aplicaciones que realmente aportan valor. Como ocurrió con internet, probablemente no sobrevivirán todas las empresas. Lo que está por ver es si sobrevivirá el entusiasmo. Porque esa puede ser, precisamente, la gran diferencia entre ambas burbujas.
Cinco diferencias entre la burbuja de las puntocom y la de la IA
| Burbuja puntocom (1995-2000) | Burbuja de la IA (2023-2026) |
|---|---|
| Los usuarios impulsaban la adopción. Internet resolvía problemas evidentes y las empresas respondían a esa demanda. | Las empresas impulsan la adopción. En muchos casos son las direcciones quienes exigen el uso de asistentes de IA a sus empleados. |
| Costes relativamente bajos. Crear una web o una startup digital requería inversiones modestas. | Infraestructuras multimillonarias. Entrenar modelos exige centros de datos, chips especializados y enormes consumos energéticos. |
| Mercado muy abierto. Miles de empresas podían competir con barreras de entrada reducidas. | Mercado muy concentrado. Solo unas pocas compañías pueden financiar modelos fundacionales e infraestructuras de IA. |
| La utilidad era evidente desde el principio. Correo electrónico, buscadores o comercio electrónico generaban valor inmediato. | La rentabilidad aún está en construcción. La IA demuestra productividad en algunos casos, pero muchas aplicaciones todavía no justifican las inversiones realizadas. |
| El estallido eliminó empresas, pero consolidó internet. La infraestructura creada sirvió de base para Google, Amazon o Facebook. | La incógnita es qué sobrevivirá. Es probable que desaparezcan numerosas startups y proyectos, pero las aplicaciones que realmente aporten productividad podrían convertirse en la base de la próxima generación tecnológica. |
