Hyrox: cómo convertir los herri kirolak en un negocio de 600 millones

Los vascos llevamos siglos convirtiendo el trabajo físico en deporte. Cortar troncos, levantar y arrastrar piedras, transportar pesos, segar hierba o tirar de una cuerda dejaron de ser exclusivamente labores del caserío para convertirse en desafíos públicos. El propio Gobierno Vasco define los herri kirolak precisamente como el resultado de transformar actividades del campo en competición y diversión. La idea era buena. El problema es que nadie la empaquetó para venderla por todo el mundo.
Eso es, salvando todas las distancias, lo que ha hecho Hyrox. La compañía alemana acaba de protagonizar una operación que la valora en unos 600 millones de euros. Un consorcio liderado por el fondo estadounidense L Catterton, respaldado por LVMH y especializado en negocios de consumo, ha financiado junto a los fundadores Christian Toetzke y Moritz Fürste la recompra de la participación mayoritaria que estaba en manos de Infront. El precio no se ha comunicado oficialmente, pero la valoración publicada ronda los 600 millones.
¿Y qué ha inventado Hyrox para valer semejante cantidad? Básicamente correr, empujar, arrastrar y cargar pesos. Una competición consta siempre de ocho kilómetros de carrera, divididos en ocho vueltas de un kilómetro. Después de cada una hay que superar una prueba: máquina de esquí, empuje de trineo, arrastre de trineo, saltos de burpee, remo, transporte de pesas, zancadas cargando un saco y lanzamientos de balón contra una pared.
Para cualquier vasco que haya visto una exhibición de herri kirolak, algunas de estas ideas resultan bastante familiares. El farmers carry, que consiste en recorrer una distancia cargando pesos con ambas manos, recuerda inevitablemente a las txingas. El sled pull y el sled push sustituyen por un trineo de gimnasio lo que en las pruebas de arrastre tradicionales se hace con pesos mucho más contundentes. Y las zancadas cargando un saco no están demasiado lejos del principio elemental que dio lugar a diversas pruebas rurales: convertir el transporte de una carga en una demostración de fuerza y resistencia.
Eso no significa, naturalmente, que Hyrox haya copiado los herri kirolak. La coincidencia está en el principio deportivo y, sobre todo, permite observar dos maneras radicalmente distintas de explotar una idea parecida. Los herri kirolak convirtieron el trabajo en deporte; Hyrox ha convertido el deporte en producto. Y ahí empieza la diferencia de 600 millones de euros.
Hyrox nació en Hamburgo en 2017 de la mano del organizador de eventos deportivos Christian Toetzke y del campeón olímpico de hockey Moritz Fürste. A su primera prueba acudieron unos 650 participantes. Menos de una década después organiza más de un centenar de eventos y durante la temporada 2025-2026 reunió a 1,4 millones de participantes y 1,5 millones de espectadores.
El crecimiento resulta todavía más espectacular si se mira desde el punto de vista económico. Reuters Breakingviews calcula que Hyrox puede ingresar unos 270 millones de dólares en 2026. En una competición celebrada en mayo en Nueva York participaron 50.000 personas y otras 21.000 se quedaron en lista de espera. Entre sus patrocinadores figuran Puma, Red Bull, BYD y AIA.
Y los participantes pagan por sufrir. Inscribirse en una competición puede costar aproximadamente entre 89 y 130 euros, a lo que se pueden añadir servicios como el paquete de fotografías profesionales. Ahí está probablemente la mayor genialidad del negocio.
Hyrox ha conseguido convertir al espectador en cliente. En una exhibición de harrijasotze unos pocos deportistas levantan las piedras y cientos de personas los contemplan. En Hyrox son los clientes quienes empujan el trineo, cargan los pesos y cruzan la meta. Pagan la inscripción, entrenan durante meses para hacerlo y después publican el resultado en Strava, Instagram o LinkedIn.
La compañía ha construido alrededor de una actividad física extraordinariamente sencilla todo un sistema de incentivos. El circuito es exactamente el mismo en cualquier parte del mundo, de manera que un participante puede comparar su tiempo con el obtenido anteriormente o con el de cualquier otro competidor. Hay categorías por edades, modalidades individuales, dobles y relevos, gimnasios afiliados, entrenamientos específicos, clasificaciones y campeonatos mundiales.
Además, Hyrox ha eliminado buena parte de las barreras que podrían convertirlo en un deporte reservado a una élite. No hace falta clasificarse para participar en las pruebas ordinarias, no existe un tiempo máximo para terminar y, según la propia organización, más del 98% de quienes empiezan llegan a la meta.
Es probablemente la gran diferencia con CrossFit. El producto no consiste tanto en dominar una gran variedad de movimientos técnicos como en prepararse para superar una prueba perfectamente conocida de antemano. El corredor popular tiene el maratón; el cliente de un gimnasio empieza a tener Hyrox.
Los herri kirolak podrían aprender bastante de este modelo. En Euskadi hemos hecho prácticamente lo contrario. Hemos protegido su carácter cultural y tradicional, pero apenas hemos intentado transformarlos en un deporte de participación masiva. El resultado es que continúan muy asociados a las fiestas populares, al espectáculo y a unos pocos especialistas.
No es una percepción nueva. Un plan estratégico elaborado hace años por el Gobierno Vasco ya detectaba que desde fuera los herri kirolak eran vistos como deportes de hombres maduros, vinculados al entorno rural, las fiestas de los pueblos, las apuestas y la transmisión familiar.
Paradójicamente, esas mismas características físicas encajan ahora con algunas de las mayores tendencias del fitness mundial: fuerza funcional, resistencia, comunidad, competición amateur y retos personales susceptibles de ser medidos y compartidos.
No haría falta convertir el harrijasotze en Stone Lifting Extreme ni la txinga-erute en Basque Farmers Carry. Pero sí sería imaginable seleccionar unas pocas modalidades sencillas, establecer pesos y distancias asumibles para aficionados, crear categorías por edad y sexo y organizar un circuito idéntico en Bilbao, Donostia, Madrid, Londres o Nueva York.
El objetivo tampoco tendría por qué ser fabricar harrijasotzailes profesionales. El verdadero mercado serían las decenas de miles de personas que hoy pagan una cuota de gimnasio y buscan una razón para entrenar. Exactamente el público que ha encontrado Hyrox.
Hay algún indicio de que los herri kirolak empiezan a moverse en esa dirección. El programa Bizkaian Sokatira Landuz pasó de algo más de 600 escolares a 1.615 durante el curso 2025-2026 y sus promotores hablan ya de profesionalizar el proyecto y extenderlo. Bilbao cuenta además con el primer Centro de Herri Kirolak de Euskadi. Pero la distancia respecto al fenómeno internacional es gigantesca.
Hyrox incluso aspira ahora a convertirse en deporte olímpico, con la vista puesta en los Juegos de 2032 o 2036. Si lo consigue, podría producirse una paradoja formidable: millones de personas viendo por televisión a atletas competir empujando y arrastrando pesos en un deporte inventado en 2017, mientras actividades que llevan siglos haciendo algo conceptualmente parecido siguen contemplándose fundamentalmente como patrimonio etnográfico vasco. La piedra, al final, quizá no sea lo que vale 600 millones. Lo que vale 600 millones es haber descubierto cómo conseguir que millones de personas quieran pagar por levantarla.
Foto: HybridFitty / Wikimedia Commons (CC BY 4.0)
