El eje atlántico europeo: el lugar al que todos quieren ir pero nadie sabe señalar en el mapa

Hay expresiones que sobreviven durante décadas en la política porque suenan bien, aunque nadie termine de explicar qué significan. Una de ellas es el famoso «eje atlántico europeo». Ayer volvió a aparecer. El candidato a la Alcaldía de Bilbao, Mikel Hidalgo, licenciado en ADE y, por tanto, alguien que conoce los fundamentos de la economía, afirmó que uno de sus principales objetivos es «convertir a la ciudad en referente del eje atlántico europeo». La frase es impecable desde el punto de vista político. También extraordinariamente difusa.


No es una ocurrencia suya. Bilbao lleva escuchando variantes de esta misma idea desde los años ochenta. Cada alcalde, cada diputado general y prácticamente cada consejero de Desarrollo Económico ha prometido situar a Euskadi en el corazón del eje atlántico europeo. Han cambiado los gobiernos, los partidos, las crisis económicas y hasta la tecnología, pero el eje sigue ahí, suspendido en el aire, esperando a que alguien explique exactamente qué es.

Para el PNV, además, la expresión tiene varias ventajas. La primera es semántica. Incluye la palabra Europa, que siempre resulta más elegante y políticamente cómoda que hablar de España. Europa evoca modernidad, innovación, apertura y futuro. España, en cambio, obliga a aterrizar en debates mucho más incómodos para el nacionalismo institucional.

La segunda ventaja es que transmite ambición. ¿Quién podría oponerse a convertir Bilbao en un referente europeo? Suena infinitamente mejor que decir que queremos atraer inversiones o competir con otras ciudades del norte peninsular. El problema es que las palabras bonitas también deberían tener contenido.

¿Qué es exactamente el eje atlántico europeo? Si uno intenta buscar una definición económica rigurosa, se encuentra con una mezcla de corredores logísticos, cooperación institucional, fondos europeos y mapas coloreados por funcionarios de Bruselas. Pero cuando se baja al terreno aparecen las dudas.

¿Cuáles son realmente las sinergias económicas entre Bilbao, Nantes, Burdeos, La Rochelle, Gijón, Oporto o Cork? Más allá de compartir costa atlántica —y de que Burdeos y La Rioja produzcan excelentes vinos— cuesta identificar un auténtico sistema económico integrado. No existe un mercado laboral común. No existe un ecosistema empresarial especialmente coordinado. No existe una estrategia industrial compartida. Tampoco una movilidad eficiente.

De hecho, ni siquiera somos capaces de construir una conexión ferroviaria de alta velocidad digna entre Euskadi y Francia. Hablar de liderar un eje atlántico europeo mientras el enlace ferroviario con nuestro supuesto socio natural sigue acumulando retrasos tiene algo de ironía involuntaria. Es difícil ejercer de nodo de un corredor cuando el propio corredor todavía está incompleto.

Los hechos, además, suelen desmontar los discursos. Cuando Bizkaia organiza misiones para captar inversiones, ¿a dónde viajan realmente sus responsables? No van a París. Van a Madrid. Porque allí están las sedes de las grandes empresas españolas. Allí se toman muchas decisiones de inversión. Allí están los fondos, las consultoras y los grandes despachos.

Y cuando el Gobierno vasco quiere convencer a una multinacional para instalarse en Euskadi, tampoco suele pensar primero en Bretaña o en Normandía. La competencia real está en Madrid, Cataluña, Valencia o, como mucho, en otras regiones europeas muy concretas. En el fondo, los propios políticos vascos actúan de una forma mucho más pragmática de lo que luego cuentan en sus discursos.

Saben perfectamente cuáles son hoy sus principales bazas económicas. Una consiste en atraer turistas internacionales, especialmente estadounidenses, cuya presencia en Bilbao y San Sebastián no deja de crecer y está transformando el sector turístico. La otra consiste en convencer a empresas madrileñas —o con sede en Madrid— de que trasladen parte de su actividad aprovechando determinadas ventajas fiscales, estabilidad institucional o calidad de vida.

Eso sí son estrategias concretas. Se pueden medir. Se pueden evaluar. Incluso pueden criticarse. El eje atlántico europeo, en cambio, pertenece a otra categoría: la de los conceptos políticos que funcionan precisamente porque nadie exige definirlos demasiado.

Quizá haya llegado el momento de abandonar determinados eslóganes heredados de los años noventa y empezar a hablar con más claridad. Porque una economía no compite por pertenecer a un eje imaginario. Compite por tener mejores empresas, mejor talento, mejores infraestructuras, menor burocracia, mayor capacidad de innovación y una fiscalidad suficientemente atractiva. Todo lo demás queda muy bien en un discurso. Pero difícilmente genera una sola inversión por sí mismo.

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