Del amor al divorcio: los influencers descubren que una ruptura también genera negocio

Laura Escanes se separó de Risto Mejide en septiembre de 2022 después de siete años de relación y aquello marcó también el comienzo de una nueva etapa profesional. La creadora catalana ya tenía entonces una importante carrera propia como influencer, pero durante años una parte sustancial de su notoriedad había estado vinculada a su matrimonio con el publicista y presentador. Hasta habían creado juntos un pódcast, Cariño, ¿pero qué dices?, en el que hablaban de su intimidad y de su relación y donde, curiosamente, pocas semanas antes de romper habían abordado cómo afrontarían una hipotética separación.


La ruptura no acabó con el interés por Escanes sino que, en buena medida, abrió una segunda vida para su personaje público. Apenas dos meses después estrenó un nuevo pódcast propio y posteriormente dio el salto a la televisión como presentadora de La travessa, de 3Cat. La segunda temporada del programa superó el millón de reproducciones y consolidó una trayectoria en la que Escanes aparecía ya mucho menos asociada a Mejide. Su divorcio no creó su negocio, pero sí coincidió con un reposicionamiento bastante evidente: de integrante de una pareja célebre a marca personal autónoma.

Dulceida ofrece un ejemplo todavía más explícito de cómo una ruptura sentimental puede convertirse en contenido comercial. Aida Domènech y Alba Paul habían compartido durante años su relación con millones de seguidores cuando se separaron en 2021. La propia Dulceida reconoció posteriormente que, después de haber hecho partícipe a su comunidad de siete años de relación, sintió que tenía que explicar también su final.

Y aquella crisis terminó formando parte de un producto vendido a una de las mayores plataformas audiovisuales del mundo. La docuserie Dulceida al desnudo, estrenada por Prime Video en 2022, comienza prácticamente con la ruptura: Domènech llorando, abandonando temporalmente las redes y tratando de reconstruir su vida. La separación, la terapia y su recuperación emocional constituyen buena parte del arco narrativo.

Ahora sabemos incluso cuánto dinero produjo directamente esa exposición de su intimidad. Dulceida reveló en 2026 que recibió entre 50.000 y 100.000 euros por temporada de Dulceida al desnudo. La creadora considera incluso que es poco teniendo en cuenta lo que supone abrir de esa manera su vida privada. La primera temporada incorporó precisamente como uno de sus principales argumentos la separación temporal de Alba Paul.

España, por tanto, ya conocía el fenómeno aunque nadie lo llamara todavía «influencer del divorcio». La diferencia es que hasta ahora la monetización ha sido indirecta. Las creadoras hablan de nuevas etapas, recuperación emocional, volver a encontrarse o empezar de cero. Pero esas experiencias producen publicaciones, entrevistas, podcasts, documentales y, sobre todo, atención. Y la atención es precisamente la materia prima de la economía de los creadores.

En Estados Unidos el fenómeno está dando ahora un paso más: el divorcio se está convirtiendo prácticamente en una categoría de contenido. Business Insider ha identificado a una generación de creadoras que han construido audiencia y negocios contando sus separaciones. Una de las pioneras es Gabrielle Stone, que comenzó a relatar en internet su vida después de romper su matrimonio y terminó convirtiendo aquella experiencia en libros, un pódcast y una importante comunidad en redes sociales.

No se trata únicamente de conseguir seguidores: alrededor de esas audiencias empiezan a aparecer anunciantes. Aplicaciones de citas, productos de cuidado personal y otras marcas relacionadas con esa supuesta «nueva vida» están patrocinando contenidos de creadoras divorciadas. También proliferan conceptos como las fiestas de divorcio o los vídeos de transformación personal posteriores a una ruptura. Lo que durante décadas se presentó socialmente como un fracaso empieza a comercializarse como una oportunidad de reinvención.

La economía influencer ha encontrado así una peculiar manera de alargar el ciclo de vida de uno de sus productos más rentables: la pareja. Durante años, los creadores han convertido sus noviazgos en contenido. Después llegan las pedidas de mano, las bodas patrocinadas, los viajes, las casas, los embarazos y los hijos. Pero las relaciones se acaban y la industria está descubriendo que el final también puede generar audiencia.

En realidad, la materia prima que vende un influencer no son sus vídeos sino su propia biografía. Cada acontecimiento importante permite inaugurar una nueva temporada: soltería, pareja, boda, maternidad, crisis, separación, recuperación y eventualmente una nueva pareja. El público que ha seguido las primeras etapas siente además curiosidad por conocer las siguientes.

Ahí aparece también uno de los problemas del modelo. Cuando alguien lleva años comercializando su intimidad, resulta difícil decidir repentinamente qué parte de esa vida pertenece exclusivamente al ámbito privado. Dulceida lo explicó con claridad después de su primera separación: compartir durante siete años su relación con millones de personas generaba en su comunidad una expectativa de recibir alguna explicación cuando terminara. Al mismo tiempo, aseguró haber preservado deliberadamente los detalles de la ruptura.

El incentivo económico puede hacer todavía más borrosa esa frontera. Una separación produce todos los ingredientes que premian Instagram, TikTok o YouTube: sorpresa, conflicto, emoción, identificación, transformación y una historia que se desarrolla durante meses. Para una persona corriente, divorciarse suele suponer un coste económico. Para alguien cuyo negocio consiste en captar atención, puede producir exactamente el efecto contrario.

Los casos de Laura Escanes y Dulceida muestran que España no es ajena a esta transformación. Ninguna de las dos construyó originalmente su carrera alrededor de una ruptura y sería exagerado atribuir al divorcio su éxito posterior. Pero ambas demuestran algo más interesante: cuando la vida privada forma parte del producto, una crisis sentimental puede transformarse también en una nueva narrativa profesional.

Estados Unidos simplemente está llevando esa lógica hasta sus últimas consecuencias. Ya existen creadoras especializadas en explicar cómo rehacer la vida después de un matrimonio y marcas dispuestas a pagar para aparecer junto a ellas. Después de convertir bodas, embarazos y maternidad en industrias de contenido, las redes sociales han encontrado una nueva etapa vital que monetizar.

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