Bizkaia reparte migajas fiscales mientras Madrid se lleva el pan

La Diputación Foral de Bizkaia acaba de presentar un nuevo paquete de medidas tributarias con un objetivo tan ambicioso como familiar: reforzar el arraigo empresarial, atraer talento y vincular más a los trabajadores con sus empresas. Sobre el papel suena bien. El problema es que, una vez se rasca un poco, aparecen las mismas recetas de siempre: pequeñas deducciones, incentivos dispersos y mucho simbolismo para un problema que exige medidas estructurales.


La sensación que deja el anteproyecto es la de una administración que sigue pensando en términos de ingeniería fiscal de detalle mientras otros territorios compiten con estrategias mucho más simples, claras y contundentes. Entre las novedades destacan una deducción del 20% por gastos de gimnasio y actividades deportivas, otra del 20% para seguros médicos, ayudas fiscales para jóvenes que cambien de residencia por motivos laborales, incentivos a los trabajadores que adquieran participaciones de sus empresas o una reducción del 30% en determinadas transmisiones de empresas familiares.

La pregunta es inevitable: ¿alguien va a decidir quedarse en Bizkaia porque le permitan desgravar el gimnasio? Resulta difícil imaginar a un ingeniero de software que trabaja en Londres, un investigador biomédico en Boston o un directivo industrial en Múnich haciendo números y concluyendo que merece la pena regresar porque Hacienda le devolverá 200 euros al año por practicar deporte. La medida no es mala. Simplemente es irrelevante. Y precisamente por eso resulta hasta un poco cómica.

El problema de Bizkaia no es que la gente no vaya al gimnasio. El problema es que los salarios de determinadas actividades son más altos en otros territorios, que la vivienda se ha convertido en una barrera creciente para los jóvenes y que muchas empresas encuentran cada vez más complicado crecer desde Euskadi mientras mantienen aquí sus centros de decisión.

La propia Diputación reconoce que quiere atraer profesionales cualificados y por eso amplía las ventajas para impatriados, elevando las exenciones fiscales sobre rendimientos del trabajo hasta el 50% y el 60% para menores de 36 años. Sin embargo, incluso esta medida llega después de años en los que Madrid ha consolidado una posición de liderazgo gracias a algo mucho más sencillo: estabilidad fiscal, menores impuestos patrimoniales, una política mantenida durante décadas y una narrativa inequívoca de bienvenida al talento y a la inversión.

Mientras Bizkaia presenta cada pocos meses nuevas deducciones para colectivos concretos, Madrid lleva años aplicando una estrategia basada en cuatro pilares fácilmente comprensibles: bonificación casi total del impuesto sobre el patrimonio, bonificación de sucesiones y donaciones, tipos autonómicos competitivos en IRPF y una presión fiscal relativamente contenida para rentas altas y actividad empresarial.

Se puede estar o no de acuerdo con ese modelo, pero es innegable que ha funcionado. Empresas, patrimonios, sedes corporativas y profesionales cualificados han acudido masivamente a Madrid durante las dos últimas décadas. Mientras tanto, Euskadi sigue preguntándose cómo atraer talento mediante deducciones cada vez más sofisticadas. La paradoja es especialmente evidente cuando se habla de arraigo empresarial.

La Diputación plantea ventajas fiscales para facilitar la transmisión de empresas familiares y favorecer que los trabajadores participen en el capital de las compañías. Son medidas razonables. Pero el arraigo empresarial no depende principalmente de una reducción del 30% en una plusvalía futura. Depende de que las empresas encuentren aquí mejores condiciones para crecer que en otros lugares.

Y eso exige cuestiones mucho más complejas que una norma tributaria: disponibilidad de suelo industrial, energía competitiva, infraestructuras, vivienda accesible para profesionales cualificados, agilidad administrativa y un ecosistema empresarial atractivo. En realidad, la filosofía del paquete parece responder a una vieja tentación de la política económica vasca: creer que cada problema tiene su correspondiente deducción fiscal.

¿Falta talento? Deducción. ¿Queremos más salud? Deducción. ¿Queremos más vivienda? Deducción. ¿Queremos relevo generacional? Deducción. ¿Queremos más formación dual? Deducción. Al final se construye un mosaico de incentivos que puede ser técnicamente impecable pero cuyo impacto agregado resulta muy limitado.

Lo más llamativo es que la propia Diputación admite que esta norma no constituye una gran reforma fiscal. Es decir, ni siquiera pretende cambiar sustancialmente las reglas del juego. Quizá ahí reside precisamente el problema. Mientras Bizkaia celebra deducciones para gimnasios, Madrid sigue captando empresas. Mientras Bizkaia diseña incentivos de unos cientos de euros, Madrid continúa acumulando sedes corporativas, centros de decisión y profesionales altamente cualificados.

La cuestión ya no es si las medidas anunciadas son buenas o malas. Algunas son perfectamente razonables. La cuestión es si tienen entidad suficiente para alterar las decisiones económicas de empresas y personas. Y la respuesta parece bastante evidente.

No estamos ante una estrategia capaz de cambiar tendencias. Estamos ante un conjunto de ajustes menores. Migajas fiscales para problemas gigantescos. Mientras tanto, la tostada hace tiempo que se la está comiendo Madrid. Y no precisamente porque permita desgravar el gimnasio.

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