camara_bilbaoLo único que no me gusta de que me dejen de obligar a pagar todos los años las cuotas camerales (administro dos empresas, con lo que lo tengo que hacer dos veces) es que haya gente que podría perder su trabajo. Uno de ellos es Juan Luis Laskurain, hasta hace un año director general de la Cámara de Bilbao y a quien va dirigido este artículo, en respuesta a uno suyo publicado el domingo 9 de enero en Deia.

Empezaría diciéndole que corren malos tiempos no solo para las cámaras. También para muchas empresas y entidades que no han sabido adaptarse a las revoluciones que han cambiado la economía y la sociedad. Al igual que un día dejó de existir el Consulado de Bilbao, una institución que hizo mucho bien para Bizkaia en otros siglos, probablemente las cámaras correrán un futuro similar.

Y es que no tienen ya ningún sentido. Y lo digo como empresario de dos pymes, supuestamente receptoras de los servicios que presta esta institución. No recuerdo haber recibido nada de la Cámara de Bilbao en los seis años que llevo creando compañías y empleos en Bizkaia. Como mucho, publicidad de sus cursos e incluso de sus servicios, que en alguna ocasión incluso compiten con los que yo ofrezco pero a través de empresas madrileñas.

Sí he recibido en cambio infinidad de ayudas por parte de las administraciones foral y vasca, probablemente porque tienen más medios pero también porque son ellas las que desempeñan a día de hoy la labor que antaño realizaban las cámaras. Con mayor transparencia y democracia, claro está.

Por lo tanto, no siento ninguna pena por el hecho de que dejen de existir las cámaras. Sí por sus trabajadores, como puedo sentirlo por todo aquel que pierda su puesto de trabajo. Pero esto es ley de vida. La historia de la humanidad está repleta de casos de empresas e instituciones que han desaparecido, dejando sitio para otras, probablemente más eficaces y mejor dirigidas.

Si Laskurain cree que las cámaras van a tener su futuro comprometido por el hecho de que las empresas dejemos de estar obligadas a pagar sus cuotas, eso significa que ni él mismo valora mucho el servicio que prestan. Las razones de que semejante anacronismo no se haya resuelto hasta 2010 me importan muy poco. Yo llevo años criticándolo, desde que descubrí la existencia de este impuesto encubierto. Nadie me había advertido de ello cuando constituí mi primera empresa.

Y eso sí que es disparar a traición. Porque voy a decirlo muy claro: si antes de crear mi primera empresa me hubiesen dicho que existía un impuesto para financiar una institución que jamás me prestará ningún servicio, probablemente nunca me habría lanzado a la piscina. No por el coste que supone sino porque es una prueba de que en Euskadi hay cosas que están hechas contra el que emprende. Y afortunadamente, poco a poco las estamos suprimiendo.

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