«El feo de Repsol»

Cuando Josu Jon Imaz tomó la palabra en la presentación del último libro del economista alavés Iñaki Ortega, dejó una de esas anécdotas que explican mejor que cualquier tratado de liderazgo cómo se percibe el poder desde fuera. Según contó el actual consejero delegado de Repsol, cuando fue nombrado CEO de la petrolera su hija pequeña le lanzó una pregunta tan inocente como demoledora: «¿Por qué te han nombrado el feo de Repsol, si no es para tanto?»
La confusión infantil entre «CEO» y «feo» provocó las risas de los asistentes, pero también sirvió para introducir una cuestión que recorre todo el libro de Ortega, titulado «¿De verdad quieres ser CEO? Liderazgo audaz«: la distancia que existe entre la imagen idealizada del máximo ejecutivo y la realidad cotidiana de quien ocupa ese puesto.
La presentación reunió a varios primeros ejecutivos para reflexionar sobre el liderazgo en tiempos complejos. Imaz aprovechó la ocasión para repasar algunos de los momentos más delicados de su trayectoria al frente de Repsol. Entre ellos destacó una decisión tomada durante la pandemia que considera su principal acierto como CEO: mantener operativas las instalaciones de la compañía pese al enorme impacto económico que estaba sufriendo el negocio.
«Se nos cayó el negocio porque nosotros vendemos movilidad. Ese año perdimos más de 3.200 millones de euros», recordó. Aun así, la dirección optó por mantener la actividad y preservar la capacidad industrial de la empresa en lugar de reaccionar con recortes drásticos.
La intervención permitió también conocer algunas facetas menos conocidas del ex presidente del EBB del PNV. Imaz relató cómo pasó de ocupar una de las posiciones más influyentes de la política vasca a convertirse en un estudiante más en Estados Unidos. «Pasé del coche oficial al metro de Boston en apenas 48 horas», explicó al recordar su etapa de formación en la ciudad estadounidense.
Aquella experiencia le sirvió para poner en perspectiva la función del liderazgo, una tarea que considera hoy más difícil que nunca. «Todo el mundo tiene la misma información que los líderes. El equilibrio es muy complejo», señaló.
Quizá una de las reflexiones más sorprendentes llegó al hablar de la gestión del tiempo. Frente a la obsesión contemporánea por llenar agendas hasta el último minuto, Imaz defendió justo lo contrario. «Los primeros años la agenda me llevaba. Pero ahora dejo bastantes huecos libres por si alguien necesita reunirse conmigo de manera urgente. Además, me parece fundamental sacar tiempo para estudiar y leer. Lo que evito son los actos sociales».
La observación resulta especialmente interesante en una época en la que muchos directivos parecen medir su relevancia por el número de reuniones que acumulan o por la cantidad de eventos en los que aparecen fotografiados. Para Imaz, el liderazgo requiere precisamente lo contrario: tiempo para pensar.
El libro de Ortega está construido mediante capítulos breves que recogen situaciones reales a las que se enfrentan los máximos ejecutivos. Una de las más llamativas recuerda la reunión que Imaz mantuvo con Donald Trump junto a otros dieciséis líderes de las principales petroleras del mundo en la East Room de la Casa Blanca.
Ortega utiliza aquel episodio para ilustrar la importancia de la preparación en los momentos decisivos. «La valentía y al mismo tiempo templanza de este ejecutivo español en la reunión más importante, sin duda de su carrera, nos recuerda la necesidad de afrontar con herramientas los momentos de la verdad», escribe.
El autor atribuye esa capacidad tanto a la sólida formación técnica de Imaz —doctor en polímeros y licenciado en Ciencias Químicas— como a su experiencia política previa como consejero de Industria del Gobierno Vasco, eurodiputado y presidente del PNV. No deja de resultar curioso que el propio Ortega recordara durante la presentación cómo años atrás, desde su escaño en el Parlamento Vasco, fue uno de quienes más presionaron precisamente al entonces consejero de Industria Josu Jon Imaz.
La política apareció varias veces durante el acto. Ortega defendió que la experiencia en la gestión pública puede ser un activo valioso para dirigir grandes organizaciones y citó otros ejemplos de ejecutivos que pasaron previamente por la política, como Florentino Pérez o el máximo responsable de Balearia. «No es fácil porque la corriente mayoritaria es despreciar todo lo que tiene que ver con la política», lamentó.
Y quizá ahí se esconda una de las lecciones más interesantes de la jornada. En una época dominada por el culto al emprendedor, al fundador visionario y al directivo estrella, conviene recordar que algunas de las mayores empresas del mundo están dirigidas por personas que aprendieron a gestionar conflictos, intereses contrapuestos y decisiones complejas mucho antes de llegar a los despachos corporativos. Aunque, a juzgar por la sinceridad de la hija de Imaz, ningún currículum sirve para evitar que alguien te recuerde de vez en cuando que, al fin y al cabo, tampoco eres tan feo.
