Sobre las dificultades de las instituciones vascas para atraer empresas internacionales

Hoy se vende como un gran éxito institucional que la firma alavesa Lantek vaya a instalar un nuevo proyecto en Zorrotzaurre (Bilbao). Y sí, cualquier inversión empresarial es positiva. Pero quizás convendría detenerse un momento y hacerse una pregunta incómoda: ¿de verdad era esto lo que se nos prometió para la «isla del conocimiento» que se iba a convertir en el motor de Bizkaia?
Porque conviene recordar cuál era el relato original. Zorrotzaurre estaba llamado a convertirse en el gran distrito internacional de servicios avanzados, tecnología, innovación y negocios del norte de España. Un polo capaz de atraer empresas globales, talento extranjero y actividad económica de alto valor añadido. Una especie de Canary Wharf vasco, salvando todas las distancias. Décadas después, la realidad es bastante más modesta.
Zorrotzaurre se está llenando sobre todo de viviendas. Y las pocas entidades tecnológicas o de conocimiento que han desembarcado allí son, esencialmente, organizaciones vascas: Idom, Mondragon Unibertsitatea, Digipen, Ikerlan, Vicomtech y ahora Lantek. Así lo reconoce explícitamente incluso la propia nota institucional con la que se anuncia el proyecto.
El problema no es Lantek. El problema es que, después de tantos años, seguimos celebrando como internacionalización que una empresa de Álava abra oficinas en Bilbao básicamente para que sus programadores de Bizkaia no tengan que subir y bajar Altube a diario. Y eso obliga a plantearse algo más profundo: ¿por qué Euskadi tiene tantas dificultades para atraer proyectos empresariales internacionales de gran dimensión?
La primera explicación es incómoda pero evidente: Euskadi ha dejado de ser un gran tractor económico estatal para convertirse en una economía principalmente regional. Hace décadas, Bilbao era una referencia industrial y financiera imprescindible en España. Hoy, las decisiones estratégicas, el capital internacional y las grandes operaciones se concentran casi siempre en Madrid y Barcelona. Y, en determinados sectores, empiezan a aparecer nuevos polos como Valencia o Málaga.
Madrid concentra sedes corporativas, poder político, despachos, fondos y conexiones internacionales. Barcelona mantiene marca global, ecosistema tecnológico y atractivo cosmopolita. Málaga ha entendido el negocio de vender calidad de vida a profesionales tecnológicos europeos. Valencia está captando industria, logística y talento digital con costes más competitivos.
¿Y Euskadi qué ofrece exactamente al inversor internacional? Porque aquí aparece otro problema importante: nuestras instituciones no son especialmente buenas haciendo labor comercial. No saben vender Euskadi al exterior. O, peor aún, creen que basta con acudir a ferias, hacer presentaciones institucionales y repetir palabras como “ecosistema”, “innovación” o “industria 4.0”.
La captación internacional es otra cosa. Requiere contactos globales, relaciones permanentes, agresividad comercial, capacidad para detectar oportunidades y, sobre todo, construir alianzas con actores que realmente muevan proyectos internacionales. Y ahí solemos movernos con una mezcla de provincialismo y autocomplacencia. A menudo da la sensación de que nuestras instituciones trabajan más para convencerse a sí mismas de que todo va bien que para competir de verdad con otros territorios.
También existe un problema estructural mucho más delicado: Euskadi ha ido desarrollando una economía excesivamente dependiente de las administraciones públicas y de todo el entramado que vive a su alrededor. Consultoras, ingenierías, fundaciones, clusters, asociaciones, centros tecnológicos y múltiples organizaciones que, directa o indirectamente, giran alrededor del dinero público.
Eso genera una economía relativamente cómoda, protegida y estable. Pero no necesariamente competitiva a nivel internacional. Cuando una parte importante del tejido económico vive de subvenciones, contratos públicos o relaciones institucionales, el incentivo para competir fuera disminuye.
Y eso termina generando un ecosistema donde abundan los eventos, las estrategias, los planes y los anuncios… pero escasean las multinacionales extranjeras que realmente apuestan por instalar aquí sus centros operativos. Porque atraer empresas internacionales exige aceptar algo fundamental: competir. Competir fiscalmente, urbanísticamente, laboralmente, lingüísticamente y hasta culturalmente.
Y quizá ahí también exista otro obstáculo del que apenas se habla. Euskadi proyecta hacia fuera una imagen compleja para determinados perfiles internacionales. Una fiscalidad relativamente alta, una burocracia pesada, dificultades urbanísticas, precios elevados en algunas zonas, escasa vida internacional comparada con otras ciudades europeas y una sensación política de excesiva intervención pública.
Mientras tanto, otros territorios simplifican procesos, crean mensajes claros y entienden perfectamente qué buscan las empresas globales y el talento internacional. El resultado está a la vista: después de décadas de transformación urbana, Zorrotzaurre sigue sin atraer grandes nombres internacionales. Y terminamos celebrando como gran noticia que empresas vascas se trasladen de un territorio histórico a otro. Eso no es necesariamente un fracaso absoluto. Pero sí debería ser un motivo de reflexión mucho más profunda de la que nuestras instituciones parecen dispuestas a asumir.
