Mónica de Oriol, la heredera de dos siglos de capitalismo vasco que no tiene pelos en la lengua

Mónica de Oriol e Icaza tiene probablemente uno de los árboles genealógicos que mejor permiten explicar la historia del capitalismo vasco. Entre sus antepasados aparecen los fundadores de Talgo, los propietarios y gestores de Hidroeléctrica Española, accionistas y consejeros del Banco de Bilbao y los impulsores de la Universidad Comercial de Deusto. A ello ha añadido por matrimonio otra de las grandes sagas empresariales de Bizkaia, los Aznar. Pero hay algo que la diferencia de la tradicional discreción de estas familias: Mónica de Oriol dice en público cosas que buena parte del empresariado vasco probablemente no se atrevería siquiera a insinuar.
Lo acaba de demostrar en una extensa entrevista con elEconomista en la que no se limita a opinar sobre impuestos, regulación o empresa familiar. De Oriol entra en algunos de los terrenos políticamente más delicados de Euskadi: cuestiona las consecuencias de la política lingüística en torno al euskera, habla del éxodo empresarial y humano provocado por ETA, critica que se haya sustituido industria por turismo y acusa directamente a Pedro Sánchez de haber destruido valor con su intervención en Talgo.
Lo significativo no es sólo lo que dice, sino quién lo dice. Resultaría difícil encontrar a alguien más integrado históricamente en el establishment económico vasco. De Oriol pertenece por nacimiento a algunas de las familias que construyeron buena parte de sus grandes empresas, bancos e instituciones económicas y, pese a ello, ofrece una visión extraordinariamente crítica sobre algunas de las decisiones adoptadas por Euskadi durante las últimas décadas.
Una de sus críticas más delicadas afecta al euskera. De Oriol cuestiona que su conocimiento se haya convertido en un requisito determinante para acceder a determinados puestos y plantea el coste que esa política puede tener para atraer y retener talento. Es una cuestión especialmente sensible en Euskadi porque enfrenta dos objetivos legítimos pero no siempre fáciles de compatibilizar: la recuperación de una lengua minoritaria y la necesidad de disponer del mejor capital humano posible en empresas, universidad, sanidad, investigación y administración.
Su planteamiento conecta además con otra de sus tesis: Euskadi perdió durante los años de ETA mucho más que las personas asesinadas y amenazadas que aparecen en las estadísticas. Perdió también población, empresarios, profesionales, inversiones y descendientes de familias que optaron por construir su vida fuera. De Oriol habla desde una posición especialmente interesante para plantear esta cuestión: pertenece a una familia profundamente vasca desde el punto de vista empresarial, pero ella misma nació y desarrolló buena parte de su trayectoria profesional en Madrid.
El fenómeno constituye uno de los capítulos económicos menos fáciles de cuantificar de la historia reciente de Euskadi. ¿Cuánto capital humano y empresarial se marchó por el terrorismo, la extorsión y el clima social que lo acompañó? Es relativamente sencillo contar empresas que trasladaron una sede o empresarios asesinados y secuestrados; mucho más complicado resulta medir las inversiones que nunca llegaron, los hijos que no regresaron o los profesionales que decidieron desarrollar su carrera en Madrid, Barcelona o el extranjero.
De Oriol tampoco parece convencida con la transformación del modelo económico vasco de las últimas décadas. Critica especialmente que se haya apostado por el turismo mientras la industria perdía peso, una cuestión en la que sus opiniones, por polémicas que puedan resultar en otros terrenos, encajan con un argumento económico que lleva defendiendo desde hace años.
Ya cuando presidía el Círculo de Empresarios advertía de que existe una relación positiva entre industria, innovación y productividad y lamentaba que España hubiera ido perdiendo industria en favor de los servicios. Su razonamiento era que actividades como hostelería y restauración tienen menores posibilidades de aumentar productividad y exportaciones, mientras que la industria genera tecnología, innovación y mercados internacionales. En una entrevista de 2014 resumía la idea diciendo que «donde vienen las innovaciones es donde hay industria».
Aplicado a Euskadi, el argumento resulta particularmente provocador. Bilbao y Donostia han protagonizado una extraordinaria transformación urbana y turística al mismo tiempo que buena parte de la vieja industria desaparecía o abandonaba los centros urbanos. Para De Oriol, convertir una economía industrial en una economía crecientemente apoyada en servicios y visitantes no tiene por qué representar un avance si con ello se pierde productividad, tecnología, exportación y empleo cualificado.
Y entonces aparece Talgo, probablemente el ejemplo donde su opinión política y su propia historia familiar se cruzan de manera más evidente. De Oriol considera que la intervención del Gobierno de Pedro Sánchez para impedir la adquisición de Talgo por el grupo húngaro Magyar Vagon fue «absolutamente destructora de valor para la compañía». No acusa simplemente al Gobierno de intervencionismo: sostiene que su actuación perjudicó económicamente a la propia empresa que pretendía proteger.
La afirmación tiene un significado especial porque Talgo es una creación de su familia. Su bisabuelo José Luis de Oriol y Urigüen aportó el capital que permitió desarrollar comercialmente el tren concebido por Alejandro Goicoechea y estuvo detrás de la constitución de Patentes Talgo. Su abuelo José María de Oriol y Urquijo continuó posteriormente ligado a la compañía.
Los Oriol también protagonizaron el desarrollo de Hidroeléctrica Española. José Luis de Oriol presidió la eléctrica y su hijo José María le sucedió. Décadas después, Hidrola se fusionó con Iberduero para dar lugar a Iberdrola. Íñigo de Oriol e Ybarra, hermano del padre de Mónica, presidió primero Hidroeléctrica Española y posteriormente la propia Iberdrola.
Por la rama Ybarra se incorpora otro de los apellidos fundamentales de la industrialización vizcaína. José María de Oriol se casó con María de Gracia Ybarra Lasso de la Vega. Los Ybarra aparecen durante generaciones vinculados a minería, siderurgia, banca y creación de empresas en Bizkaia. El padre de Mónica, el arquitecto Miguel de Oriol e Ybarra, era uno de los hijos de aquel matrimonio.
Pero la segunda parte de su apellido también tiene una extraordinaria historia empresarial. Los Icaza estuvieron entre los accionistas relevantes del Banco de Bilbao y posteriormente del BBV. Ramón de Icaza Zabalburu fue consejero del Banco de Bilbao y todavía antes de la fusión con Argentaria figuraba entre los accionistas individuales destacados del BBV.
La contribución de esta rama familiar al capitalismo vasco fue todavía más profunda. Pedro de Icaza y Aguirre, abuelo materno de Mónica, fue el hombre que convirtió el legado de sus tíos Pedro y Domingo de Aguirre en la institución destinada a formar a generaciones de empresarios vascos: la Universidad Comercial de Deusto. Administró aquel patrimonio, constituyó en 1916 la Fundación Vizcaína Aguirre y destinó sus recursos a poner en marcha La Comercial junto con los jesuitas.
El objetivo de la nueva institución no se ocultaba. Debía formar empresarios y directivos capaces de gestionar las compañías que estaba generando la industrialización. Los antepasados de Mónica de Oriol participaron así en las empresas, estuvieron en los bancos que las financiaban y pusieron el dinero para crear la escuela en la que se formarían quienes iban a dirigirlas.
La conexión con las grandes familias empresariales vascas se amplió todavía más con su matrimonio con Alejandro Aznar Sainz, presidente de Remolcadores Ibaizabal y de Bodegas Marqués de Riscal. Los Aznar proceden de la histórica saga naviera vizcaína que estuvo detrás de Naviera Aznar, ligada a los bancos Urquijo y Herrero y durante décadas uno de los grandes grupos empresariales de Euskadi. Ibaizabal constituye hoy una de las principales continuidades de aquella tradición marítima.
Anteriormente estuvo casada con Luis Guillermo Perinat y Escrivá de Romaní, conde de Casal y durante años marqués de Perinat, con quien tuvo tres hijas. Posteriormente tuvo otros tres hijos con Alejandro Aznar. Su propia biografía conecta así vieja burguesía industrial vasca, aristocracia española y grandes patrimonios empresariales.
Pero presentarla exclusivamente como una heredera sería injusto. De Oriol desarrolló su propia trayectoria empresarial. Se hizo cargo de Seguriber cuando era una pequeña compañía de seguridad y la convirtió en una empresa considerablemente mayor. Ha pasado además por consejos de administración de grandes compañías como Indra y mantiene su vinculación con el patrimonio familiar a través del family office Oriol-Ybarra.
En 2012 alcanzó su mayor proyección pública al convertirse en la primera mujer que presidía el Círculo de Empresarios, cargo que mantuvo hasta 2015. Fue allí donde España descubrió otra característica bastante poco habitual entre los representantes de las grandes familias empresariales: su escasa inclinación hacia el lenguaje diplomático.
En 2014 provocó una enorme polémica al plantear que determinados jóvenes sin cualificación deberían poder trabajar por debajo del salario mínimo y utilizar la desafortunada expresión de que algunos «no valen para nada». Ese mismo año volvió a generar una tormenta al explicar los incentivos que, a su juicio, tenía una empresa para contratar a una mujer de menos de 25 o más de 45 años antes que a otra en edad de quedarse embarazada. Posteriormente tuvo que matizar aquellas palabras.
Ni siquiera la patronal se libró de ella. Cuando presidía el Círculo llegó a meter a CCOO, UGT y CEOE dentro de la misma «casta», una demostración de que su disposición a provocar no se limitaba a sindicatos, partidos de izquierda o gobiernos con los que discrepaba.
Todo ello ayuda a entender mejor la entrevista actual. Que Mónica de Oriol critique a Sánchez no resulta particularmente sorprendente. Que una descendiente de algunas de las familias centrales del capitalismo vasco cuestione simultáneamente la política lingüística, recuerde el capital humano perdido por ETA y ponga en duda la apuesta por sustituir industria por turismo resulta bastante menos habitual.
Especialmente porque su familia permite recorrer casi todo el mapa del poder económico vasco del último siglo: Talgo por los Oriol; Hidroeléctrica Española e Iberdrola por los Oriol; Banco de Bilbao y BBV por los Icaza; La Comercial de Deusto por los Icaza-Aguirre; la industrialización vizcaína por los Ybarra; y Naviera Aznar, Ibaizabal y Marqués de Riscal por su matrimonio con Alejandro Aznar.
De ahí que sus opiniones tengan un interés que va bastante más allá de estar de acuerdo o no con ellas. Mónica de Oriol pertenece al mundo sobre el que está hablando. Cuando habla de pérdida industrial, salida de empresarios o decadencia económica vasca no lo hace como una observadora completamente externa, sino como descendiente de familias que participaron directamente en la creación de muchas de las empresas e instituciones que hicieron de Euskadi una de las regiones más industrializadas de España.
Quizás sea precisamente esa posición la que explique su extraordinaria libertad para hablar. Las grandes compañías actuales miden cada declaración de sus presidentes por sus posibles consecuencias políticas, comerciales o regulatorias. Mónica de Oriol parece conservar una libertad mucho más propia del antiguo capitalismo familiar: tener patrimonio propio, decir lo que piensa y asumir después las consecuencias.
Y en una entrevista en la que se atreve a hablar de ETA, euskera, turismo, pérdida industrial y la intervención de Sánchez en Talgo, queda claro que, a sus 65 años, no parece haber adquirido todavía demasiado interés por aprender el lenguaje de los departamentos de comunicación.
