Los nuevos tecno-optimistas: la tecnología nos hará tan ricos que trabajar será opcional
Durante buena parte de la última década, hablar del futuro ha sido hablar de problemas. Cambio climático, envejecimiento, escasez de recursos, desigualdad, guerras, pérdida de empleos por la automatización… La tecnología aparecía muchas veces como parte del problema y el crecimiento económico, incluso, como algo que debía limitarse.
Pero el péndulo parece estar moviéndose en dirección contraria. Está emergiendo una nueva generación de tecno-optimistas que sostiene una tesis mucho más provocadora: la inteligencia artificial, los robots, la energía barata y el aumento de la productividad pueden generar tal abundancia durante este siglo que prácticamente todos los habitantes del planeta podrían llegar a disfrutar de un nivel de vida que hoy consideraríamos propio de un país rico.
El ejemplo más reciente procede de McKinsey Global Institute (MGI), que acaba de dedicar un podcast a una pregunta que parece sacada de la ciencia ficción: ¿podría toda la humanidad alcanzar en 2100 el nivel de prosperidad que tiene actualmente Suiza? La respuesta de sus economistas es que sí.
El planteamiento forma parte de A Century of Plenty: A Story of Progress for Generations to Come, un libro elaborado por investigadores de MGI. Su escenario para 2100 consiste en que incluso quienes nazcan en los países actualmente más pobres puedan disfrutar de un nivel de vida equivalente al de la Suiza actual.
No se refieren únicamente al dinero. Hablan de una combinación de renta elevada, sanidad, educación, seguridad y oportunidades. Parece una fantasía hasta que se hacen las cuentas. McKinsey calcula que para lograrlo el PIB mundial per cápita tendría que crecer aproximadamente un 2,6% anual, frente al 2,3% registrado como media durante el último cuarto de siglo. La economía mundial tendría que multiplicar su tamaño aproximadamente por 8,5.
La tesis se apoya fundamentalmente en mirar hacia atrás. En los últimos cien años, el PIB mundial por habitante se ha multiplicado por seis. La esperanza de vida ha aumentado entre 30 y 40 años y la pobreza extrema ha pasado de afectar aproximadamente al 60% de la humanidad a menos del 10%.
Es decir, algo que habría parecido una utopía en 1925 es hoy completamente normal. Los investigadores de McKinsey creen que estamos infravalorando este progreso porque tendemos a comparar el presente con un futuro ideal en lugar de hacerlo con el pasado real.
Y ahí aparece la tecnología. La nueva revolución tendría varios motores, pero la inteligencia artificial ocupa un lugar central. Si la IA permite producir más utilizando menos trabajo y los avances energéticos reducen paralelamente el coste de producir electricidad, el resultado debería ser un enorme incremento de la productividad.
La idea no es completamente nueva. El inversor Marc Andreessen publicó en 2023 su célebre Techno-Optimist Manifesto, una defensa prácticamente sin complejos del crecimiento económico y tecnológico. Su tesis podría resumirse en que la tecnología permite constantemente «hacer más con menos» y que ese aumento de productividad termina elevando los salarios, reduciendo precios y creando nuevas actividades económicas.
Andreessen llevaba el argumento todavía más lejos: si conseguimos que la inteligencia y la energía sean extraordinariamente baratas, los bienes materiales también acabarán siéndolo. Lo verdaderamente novedoso es que este discurso está saliendo de los círculos más ideológicos de Silicon Valley y está entrando en el debate económico convencional.
Elon Musk lleva esta tesis hasta sus últimas consecuencias. El empresario sostiene que la combinación de inteligencia artificial y robots permitirá producir tantos bienes y servicios que el trabajo humano acabará siendo opcional. En lugar de una renta básica universal (Universal Basic Income), habla ya de una «renta alta universal» (Universal High Income).
La diferencia semántica es importante. La renta básica pretende garantizar que nadie pase hambre aunque desaparezcan determinados puestos de trabajo. Musk imagina algo radicalmente distinto: una sociedad tan productiva que los ciudadanos puedan recibir suficiente renta para vivir bien sin necesidad de trabajar.
Los robots fabricarían los productos y prestarían buena parte de los servicios. La inteligencia artificial proporcionaría una parte creciente del trabajo intelectual. Y la productividad resultante generaría la riqueza necesaria para financiar al resto de la población. En esa hipótesis, ahorrar para la jubilación podría incluso perder sentido porque el problema económico fundamental dejaría de ser la escasez. Es probablemente una de las predicciones económicas más optimistas formuladas por un empresario en mucho tiempo.
Naturalmente, no todo el mundo comparte semejante entusiasmo. Michael Burry, el inversor que se hizo famoso por anticipar la crisis de las hipotecas subprime y cuya historia inspiró The Big Short, respondió a las predicciones de Musk con apenas unas palabras: antes habrá una revolución.
Su razonamiento apunta precisamente al gran agujero de toda esta teoría. Puede que la IA y los robots creen una enorme cantidad de riqueza. Pero eso no significa necesariamente que esa riqueza se reparta entre toda la población. Si millones de personas pierden sus empleos mientras las máquinas, los modelos de inteligencia artificial y los centros de datos pertenecen a unas pocas compañías, el resultado inicial podría ser exactamente el contrario de la utopía prometida: una concentración extraordinaria de riqueza.
También Ray Dalio o Jamie Dimon han advertido sobre los riesgos sociales derivados de una disrupción laboral demasiado rápida. Ese es probablemente el gran debate económico que acompañará al desarrollo de la inteligencia artificial.
La historia proporciona argumentos a los dos bandos. La Revolución Industrial destruyó innumerables oficios, pero terminó creando muchos más empleos y multiplicando el nivel de vida. La mecanización agrícola eliminó millones de puestos de trabajo en el campo sin generar un desempleo permanente porque aparecieron industrias completamente nuevas.
Los tecno-optimistas creen que volverá a ocurrir. Pero existe una diferencia importante. Las anteriores revoluciones tecnológicas sustituían fundamentalmente fuerza física o determinadas tareas. La IA aspira a automatizar también una parte del trabajo intelectual, mientras la robótica empieza a atacar simultáneamente el trabajo físico.
Si ambas tecnologías avanzan suficientemente, la pregunta dejará de ser qué empleos desaparecerán para convertirse en otra mucho más profunda: ¿qué trabajos seguirán necesitando seres humanos? Y si la respuesta acaba siendo «muy pocos», habrá que modificar también los mecanismos con los que distribuimos la riqueza.
Actualmente la mayoría de las personas obtiene su renta trabajando. En una economía en la que las máquinas produjeran una parte sustancial del PIB, habría que encontrar otra fórmula para que esa productividad llegara a los ciudadanos. De ahí que empresarios tecnológicos que tradicionalmente han defendido mercados relativamente libres estén empezando a hablar de rentas universales.
¿Y si el siglo XXI termina siendo mucho mejor de lo que pensamos? La parte más interesante del nuevo tecno-optimismo quizá no sean sus predicciones concretas, muchas de las cuales seguramente resultarán equivocadas. Es el cambio de perspectiva.
En los países desarrollados se ha instalado una visión extraordinariamente pesimista sobre el futuro. Según los datos citados por McKinsey, solo el 9% de los franceses y el 14% de los alemanes cree que las siguientes generaciones vivirán mejor. En China, en cambio, el porcentaje ronda el 70%.
Tiene cierta lógica. Los europeos miramos alrededor y vemos problemas de vivienda, pensiones, cambio climático, deuda pública y envejecimiento. Un chino o un indio puede mirar veinte o treinta años hacia atrás y comprobar hasta qué punto ha cambiado su nivel de vida. Los nuevos tecno-optimistas proponen hacer algo parecido, pero mirando cien años hacia delante.
Puede que Elon Musk exagere cuando afirma que trabajar será opcional. Puede que McKinsey sea demasiado optimista cuando imagina Burundi alcanzando el nivel de vida de Suiza. Y Michael Burry puede tener razón al advertir de que la transición será extraordinariamente conflictiva.
Pero hay una cuestión en la que los datos históricos parecen dar cierta ventaja a los optimistas: durante los últimos doscientos años hemos subestimado repetidamente la capacidad de la tecnología para aumentar la riqueza disponible.
Quizás el gran problema del siglo XXI no vaya a ser cómo sobrevivir a un mundo cada vez más pobre, sino algo completamente distinto: cómo repartir la enorme riqueza que pueden llegar a producir máquinas cada vez más capaces. Y ese sería, desde luego, un problema bastante mejor que el que temen los pesimistas.
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Sobre el Autor
José A. del Moral
Socio director de Alianzo, fundador de Startup 2.0 y business angel. Fue socio fundador de Ya.com. Ha coescrito dos libros sobre la Web 2.0. El Mundo lo incluye todos los años desde 2011 en la lista de los 25 españoles más influyentes en Internet.
