¿Tiene sentido ofrecer a los madrileños que inviertan en Bizkaia?

La Diputación Foral de Bizkaia celebró ayer en Madrid la primera edición de su iniciativa Bizkaia.Invierte, una jornada concebida para presentar el territorio como destino de inversión industrial y tecnológica. La diputada general, Elixabete Etxanobe, acompañada por las diputadas Ainara Basurko e Itxaso Berrojalbiz, defendió ante empresarios y directivos las ventajas competitivas de Bizkaia: una fiscalidad orientada a la inversión empresarial, estabilidad institucional, seguridad jurídica y un ecosistema industrial consolidado. Para reforzar el mensaje, el evento contó con representantes de grandes compañías como Iberdrola, BBVA, Petronor y Telefónica.


La primera pregunta, sin embargo, es inevitable: ¿por qué Madrid? La capital española es precisamente el territorio que más difícil lo pone a cualquier estrategia basada en ventajas fiscales para atraer patrimonios. Allí no existe Impuesto sobre el Patrimonio y el Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones está prácticamente bonificado para los familiares directos. Desde el punto de vista de las personas físicas, Madrid juega en otra liga. Por eso resultó llamativo que buena parte del discurso institucional se apoyara en la competitividad fiscal de Bizkaia.

Consciente de esa realidad, la Diputación centró su mensaje en la fiscalidad empresarial. Etxanobe insistió en que Bizkaia premia fiscalmente a las empresas que invierten en I+D, sostenibilidad, empleo de calidad o transformación industrial, alejándose del modelo de rebajas generalizadas. Hasta ahí, el planteamiento es razonable. De hecho, tiene lógica explicar en Madrid que la presión fiscal sobre las empresas no es necesariamente mayor en Bizkaia y que el Concierto Económico permite diseñar incentivos muy específicos para actividades estratégicas.

Lo que resultó más discutible fue la puesta en escena. Para empezar, uno de los testimonios empresariales elegidos fue el de Telefónica. Es una gran compañía, sin duda, pero tiene un pequeño inconveniente para este tipo de eventos: no tiene su sede social en Euskadi y, por tanto, no puede beneficiarse de muchas de las ventajas fiscales que se estaban promocionando. Su presencia ayudaba a llenar el cartel, pero aportaba poco al argumento principal.

Más interesante fue observar el papel de algunos de los participantes. Antonio Garamendi, que se definió a sí mismo como un «vizcaíno fijo discontinuo», realizó una intervención completamente leída. Se le percibía incómodo. Quizá no sea sencillo ejercer de embajador económico de un territorio que en determinados momentos tampoco le ha tratado especialmente bien. Su discurso cumplió la función protocolaria, pero transmitió escasa convicción.

También llamó la atención la intervención de Ainara Basurko. Se notaba que había preparado cuidadosamente su exposición, pero acumuló varios titubeos. Especialmente delicado fue el momento en el que defendió que Bizkaia es uno de los territorios «mejor conectados». Es una afirmación difícil de sostener en 2026. Porque Bizkaia puede presumir de puerto, aeropuerto y red de carreteras, pero sigue sin disponer de alta velocidad ferroviaria.

Precisamente la conectividad es una de las grandes asignaturas pendientes de Euskadi. Por eso sorprendió que uno de los vídeos promocionales proyectados durante la jornada hiciera tanto énfasis en ese aspecto. Cuando una fortaleza necesita explicarse demasiado, suele ser porque todavía no lo es.

Basurko repasó además los grandes tractores económicos del territorio: Iberdrola, Petronor, la industria de componentes de automoción, el ecosistema energético y las tecnologías emergentes. Mencionó también el sector aeroespacial, incluyendo a Idom dentro de ese ámbito, y dedicó una atención especial a la computación cuántica como una de las apuestas de futuro de Bizkaia.

Todo ello encaja con la estrategia institucional de los últimos años. El problema es que ofrece una imagen muy parcial de la economía vizcaína. Porque el evento estuvo planteado casi exclusivamente desde la perspectiva de las grandes corporaciones y de los proyectos vinculados a la colaboración público-privada. Apenas hubo referencias al emprendimiento, a las startups, a las pequeñas y medianas empresas o a los empresarios que intentan crecer sin formar parte de los ecosistemas institucionales habituales.

Y esa ausencia es significativa. Si algo necesita Bizkaia hoy no es únicamente atraer inversiones multimillonarias de grandes grupos. Necesita también generar nuevas empresas capaces de convertirse en los tractores de mañana. El discurso institucional sigue mirando con fascinación a Iberdrola, Petronor o BBVA, pero dedica mucha menos atención a la siguiente generación de compañías.

La propia composición de la sala reflejaba esa realidad. Gananzia pudo comprobar que buena parte de los asistentes eran directivos vascos desplazados desde Bilbao y algunos repesentantes de embajadas. Había empresarios, sí, pero resultaba difícil identificar un número significativo de potenciales inversores madrileños que hubieran acudido expresamente a descubrir las oportunidades de Bizkaia. La zona de cocktails estaba vacía al terminal el acto, pese a los bollos de mantequilla. No es cierto que sobraran algunos, como escribe Octavio Igea, sino que la mayor parte se quedaron en sus cajas.

Tampoco la convocatoria despertó especial interés entre los medios de comunicación estatales, salvo alguno que vive de los patrocinios institucionales. Y ahí aparece la cuestión de fondo: ¿qué efecto real tendrá este tipo de iniciativas? Es posible que sirva para reforzar relaciones institucionales o empresariales ya existentes. También puede contribuir a mantener viva la marca Bizkaia entre determinados círculos corporativos. Pero cuesta creer que un evento de varias horas, basado en discursos institucionales y vídeos promocionales, vaya a provocar una oleada de inversiones procedentes de Madrid.

Sobre todo porque quienes gestionan grandes inversiones ya conocen perfectamente Bizkaia. Conocen su fiscalidad, su industria, su estabilidad política y sus infraestructuras. Si no invierten aquí no suele ser por falta de información. La sensación final fue la de un acto concebido más para reafirmar una estrategia institucional que para captar realmente nuevos inversores. Un escaparate pensado desde la óptica de las grandes empresas, muy vinculado a las administraciones públicas y poco conectado con la realidad de miles de pymes y emprendedores que constituyen la verdadera base del tejido económico vizcaíno.

Y quizá ahí esté la principal lección. Si Bizkaia quiere atraer más inversión, probablemente no necesite más actos en Madrid. Necesita más empresas capaces de sorprender al mundo desde aquí.

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