¿Se merece Iberdrola el cariño de los políticos vascos?

Esta semana, Iberdrola ha vuelto a ser recibida en Bilbao con todos los honores. Declaraciones solemnes, fotografías institucionales y mensajes sobre el supuesto compromiso de la compañía con Euskadi. Todo ello justo cuando la empresa continúa profundizando un proceso que lleva años ejecutando discretamente: trasladar poder real, ejecutivos y actividad estratégica hacia Madrid.


Y aquí conviene aclarar algo importante: probablemente las instituciones vascas no están confundidas sobre lo que es hoy Iberdrola. Lo saben perfectamente. El problema es otro. Les interesa mantener el relato contrario. Porque reconocer públicamente que una de las grandes joyas empresariales históricas de Euskadi tiene cada vez menos centro de gravedad vasco sería políticamente incómodo.

Obligaría a admitir que el territorio lleva años perdiendo capacidad de atracción para las grandes corporaciones. Y también abriría preguntas incómodas sobre el modelo económico vasco y sobre la eficacia real de décadas de políticas institucionales. Por eso se mantiene la ficción.

Mientras esta semana comenzaba la ampliación del «campus» de Iberdrola en San Agustín de Guadalix —llamado a seguir absorbiendo funciones que antes estaban vinculadas a Bilbao— aquí seguimos escuchando discursos sobre arraigo, compromiso y vinculación histórica. La realidad, sin embargo, es bastante menos sentimental.

Hace años que los principales centros de decisión de Iberdrola orbitan alrededor de Madrid. Allí están los reguladores, los grandes despachos, los bancos de inversión, los ministerios, los fondos internacionales y el núcleo donde se mueve el verdadero poder económico español. Desde un punto de vista empresarial, la estrategia de Ignacio Sánchez Galán es perfectamente racional. Sería absurdo esperar que una multinacional energética priorice criterios emocionales frente a criterios de eficiencia, influencia y acceso al poder.

El problema no es Galán. El problema es el relato institucional construido alrededor de Galán. El lehendakari llegó a referirse a él como “nuestro empresario vasco de Salamanca”, una expresión extraordinariamente reveladora y que parece tomada de los «Santxez» de Vaya Semanita, curiosamente también salmantinos. No porque Galán tenga ninguna obligación de sentirse vasco —no la tiene— sino porque refleja hasta qué punto las instituciones necesitan construir símbolos empresariales propios aunque la realidad corporativa ya vaya en otra dirección.

Y es que Iberdrola sigue siendo muy útil políticamente. Permite proyectar una imagen de fortaleza económica vasca. Permite enseñar una gran torre en Bilbao. Permite presumir de multinacional global. Permite alimentar la idea de que Euskadi sigue jugando en la primera división corporativa europea. Aunque cada vez más decisiones, si no todas, se tomen a 400 kilómetros.

Se suele argumentar que Iberdrola continúa trabajando con multitud de proveedores vascos. Y es verdad. Pero eso no demuestra ningún compromiso especial con Euskadi. Demuestra simplemente que aquí siguen existiendo algunas empresas industriales e ingenierías muy competitivas en el ámbito energético.

Pensar que Iberdrola mantiene esas relaciones por sentimentalismo territorial sería bastante ingenuo. Las mantiene porque le resultan útiles y eficientes. Exactamente igual que cualquier multinacional trabaja con los proveedores que más le interesan en cada momento.

Mientras tanto, las instituciones vascas siguen ofreciendo cercanía política, estabilidad fiscal y reconocimiento público constante. Durante años incluso circularon rumores sobre la posible residencia fiscal vizcaína de Galán, pese a que su presencia real en Euskadi es bastante limitada. La relación con la Hacienda foral siempre ha sido uno de los elementos más delicados y menos discutidos de toda esta historia.

Pero precisamente por eso resulta todavía más llamativo el nivel de complacencia institucional. Porque lo que se está vendiendo no es simplemente una buena relación con una gran empresa. Se está vendiendo la idea de que Iberdrola sigue siendo, en esencia, una gran corporación vasca comprometida con el territorio. Y eso cada vez resulta más difícil de sostener.

La diferencia entre símbolo y realidad empieza a ser demasiado grande. La torre permanece. El logotipo permanece. Las recepciones oficiales permanecen. Pero el poder efectivo se desplaza poco a poco fuera. Y probablemente quienes gobiernan Euskadi lo saben perfectamente. Simplemente consideran que reconocerlo tendría demasiado coste político.

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