Emprendimiento: Bizkaia debe mirar a Gipuzkoa
Durante años, Bizkaia ha querido convencerse —y convencer al resto— de que es un territorio fértil para el emprendimiento. Se han multiplicado las incubadoras, los programas públicos, los fondos de apoyo y las campañas institucionales. Sobre el papel, el ecosistema parece vibrante. Sin embargo, basta rascar un poco para comprobar que hay un problema estructural que nadie quiere afrontar: no hay cantera y sí mucha venta.
El emprendimiento no se decreta desde un boletín oficial ni se construye únicamente a golpe de subvención. Se alimenta de vocaciones, de referentes, de una cultura que premie el riesgo y la iniciativa individual. Y ahí es donde Bizkaia falla. La base es débil, muy débil. No hay suficientes personas dispuestas a emprender, y eso explica por qué, en los últimos años, se ha optado por importar talento emprendedor desde fuera.
Pero importar emprendedores no es una solución estructural, sino un parche. Puede servir para maquillar estadísticas o para llenar espacios en determinados programas, pero no construye un ecosistema sólido ni sostenible en el tiempo. De hecho, los resultados son elocuentes: Bizkaia no consigue colocar ni un solo hub de emprendimiento entre los 150 principales de Europa. Un dato que debería hacer saltar todas las alarmas, especialmente si se tiene en cuenta que Gipuzkoa sí que lo ha conseguido.
Las causas son múltiples. Por un lado, el tamaño del mercado limita las oportunidades de crecimiento rápido. Por otro, los grandes tractores económicos que históricamente podían haber actuado como catalizadores del emprendimiento han perdido peso o foco en el territorio. Ahí están los casos de Iberdrola o BBVA, cada vez más alejados y menos vinculados al desarrollo de un tejido emprendedor local. Muchos de nuestros licenciados hoy emigran.
A lo anterior hay que añadir el excesivo protagonismo que en Euskadi ha alcanzado todo lo público, gestionado muchas veces por burócratas sin experiencia alguna en la empresa privada. Sin ir más lejos, es evidente que los fondos que dependen al 100% de las administraciones no son precisamente los que mejor eligen en qué startup invertir y que es mucho más operativo destinar ese dinero al apoyo de gestores que se juegan su propio dinero y el de sus inversores particulares.
Sin embargo, el factor más determinante es cultural. En Euskadi persiste una visión profundamente conservadora que penaliza el error, desconfía del éxito individual y tiende a priorizar la estabilidad sobre la iniciativa. Emprender no solo no está especialmente valorado, sino que en muchos casos se percibe como una opción de riesgo innecesario. Y sin una cultura que legitime el emprendimiento, cualquier política pública está condenada a tener un impacto limitado.
Lo más preocupante no es solo el diagnóstico, sino la falta de reconocimiento del problema. Las instituciones públicas parecen moverse entre dos posiciones igualmente estériles: o bien viven en una especie de limbo donde todo “va razonablemente bien”, o bien han desplegado una maquinaria de marketing que proyecta una realidad que no se corresponde con los datos.
Pero los problemas no desaparecen por ignorarlos. Al contrario, se agravan. Y en este caso, seguir negando la evidencia solo aleja a Bizkaia de la posibilidad de convertirse en un verdadero polo de emprendimiento. Porque la solución empieza, como siempre, por el reconocimiento. No se trata de buscar culpables ni de hacer un ejercicio de autoflagelación colectiva. Se trata de asumir que la situación es mala, que las estrategias actuales no están funcionando como se esperaba y que es necesario un cambio profundo de enfoque.
Ese cambio pasa por muchas cosas: repensar el papel de la educación, fomentar referentes locales, dignificar el fracaso, atraer talento —sí, pero también retenerlo— y, sobre todo, construir una cultura que valore a quien decide crear en lugar de limitarse a conservar. Bizkaia tiene capacidades, talento y recursos. Pero mientras no se afronte el problema de raíz, todo lo demás serán fuegos artificiales. Ha llegado el momento de coger el toro por los cuernos, mirar la realidad de frente y empezar a trabajar —de verdad— para cambiarla. Y eso solo será posible si se hace desde la honestidad. Todos juntos.
Hay territorios que hablan mucho de emprendimiento y otros que lo practican. La diferencia entre Gipuzkoa y Bizkaia no está en los discursos, sino en los resultados. Y eso, en economía, suele ser lo único que importa. En los últimos años, Gipuzkoa ha generado unicornios, exits relevantes y scaleups industriales y tecnológicas con una naturalidad que desarma cualquier narrativa institucional. No es casualidad: responde a un modelo silencioso, pero profundamente eficaz.
En Bizkaia, el emprendimiento se ha institucionalizado hasta convertirse, en ocasiones, en una escenografía: torres, hubs, marcas, eventos. En Gipuzkoa, en cambio, apenas hay símbolos. No hay “torres del emprendimiento”. Y precisamente por eso, hay más emprendimiento.
La cultura empresarial guipuzcoana sigue anclada en una lógica industrial: crear valor antes que comunicarlo. El emprendedor no es una figura aspiracional mediática, sino una continuidad natural del tejido productivo. Aquí no se emprende para levantar rondas, sino para construir compañías.
Lo ocurrido con Ayesa-Ibermática refleja precisamente este fenómeno. Todas las instituciones parecían unidas para mantener a un dinosaurio con escaso potencial de futuro… salvo la Kutxa guipuzcoana, que hizo un análisis con rigor y llegó a la conclusión de que esta inversión no aportaba valor y entrañaba u n excesivo riesgo. Prefiere destinar sus fondos a startups y compañías con verdadero potencial en sectores como las biociencias, la cuántica o la sostenibilidad.
El resultado es evidente: empresas como Multiverse Computing han surgido en este ecosistema casi sin ruido, pero con una ambición global desde el primer día. En apenas cinco años, esta compañía nacida en Donostia ha alcanzado la categoría de unicornio tras captar cerca de 200 millones de euros y posicionarse en la vanguardia de la inteligencia artificial a nivel mundial.
El verdadero diferencial de Gipuzkoa no es el talento —que también—, sino el capital. Pero no cualquier capital: capital paciente, industrial y comprometido con el territorio. Aquí es donde entran figuras como Jose Poza o José Antonio Itarte. No son solo empresarios de éxito: son nodos de reinversión. En Gipuzkoa existe una tradición poco visible pero decisiva: quienes han ganado dinero vuelven a invertirlo en nuevas empresas locales.
En Bizkaia, el ecosistema tiende más a la intermediación institucional o financiera. En Gipuzkoa, el capital tiene nombre, apellidos y experiencia operativa. El éxito de Gipuzkoa tampoco se entiende sin su capacidad para atraer inversores de calidad. No se trata de atraer muchos fondos, sino los adecuados.
Firmas como Columbus Venture Partners o Inveready han participado en proyectos clave del territorio, incluyendo el crecimiento de Multiverse Computing y la gestación de Viralgen. La diferencia es que estos inversores no buscan únicamente retornos rápidos, sino proyectos con base tecnológica sólida y recorrido industrial.
Gipuzkoa no compite en volumen de capital, sino en calidad de matching entre proyecto e inversor. Y eso reduce la mortalidad de startups y favorece la aparición de scaleups reales. Uno de los errores más comunes en ecosistemas emergentes es pensar que la innovación nace solo del laboratorio. Gipuzkoa ha entendido algo más sofisticado: la innovación rentable nace cuando el conocimiento científico se combina con know-how comercial.
Este enfoque explica casos como Viralgen (exit) o el desarrollo de biotecnología aplicada con vocación de mercado desde el inicio. No se trata de crear spin-offs académicas sin cliente, sino empresas con producto, mercado y estrategia desde el día uno.
El ecosistema no se mide por sus intenciones, sino por sus resultados. Y ahí Gipuzkoa juega en otra liga:
- Salto Systems: líder global en control de accesos, con presencia internacional consolidada
- Multiverse Computing: unicornio en computación cuántica e IA
- Viralgen: uno de los mayores exits biotech en el Estado
- Wavegarden: scaleup industrial con expansión global
Estos casos no son anomalías. Son la consecuencia lógica de un modelo que prioriza industria, capital inteligente y mercado real. La comparación entre Gipuzkoa y Bizkaia no es una cuestión de recursos —ambos territorios los tienen—, sino de enfoque. Gipuzkoa ha construido un ecosistema donde:
- el emprendimiento no necesita marketing para existir
- el capital proviene de empresarios, no solo de instituciones
- los inversores se seleccionan, no se acumulan
- la tecnología nace conectada al mercado
En un mundo obsesionado con el “ecosistema startup”, Gipuzkoa demuestra que lo verdaderamente disruptivo sigue siendo lo de siempre: hacer empresas sólidas, con clientes reales y ambición global. Y eso, curiosamente, no suele necesitar una torre.
