¿Cómo se puede incentivar el uso del transporte público?
Pocas cuestiones generan un consenso tan amplio como esta: el uso masivo del vehículo privado no resulta deseable desde el punto de vista social. Congestión, contaminación, ruido, ocupación del espacio público, dependencia energética o emisiones de CO₂ son algunos de los costes asociados a un modelo de movilidad basado principalmente en el automóvil. Sin embargo, a pesar de ello, millones de personas siguen utilizando el coche cada día para desplazarse al trabajo, estudiar o realizar cualquier gestión cotidiana.
La pregunta es evidente: si prácticamente todo el mundo reconoce las ventajas colectivas del transporte público, ¿por qué sigue costando tanto que los ciudadanos abandonen el coche? Durante las últimas décadas, las administraciones han desplegado todo tipo de medidas para modificar los hábitos de movilidad.
Algunas han optado por restringir el uso del vehículo privado mediante zonas de bajas emisiones o limitaciones de acceso a los centros urbanos. Otras han impulsado infraestructuras ciclistas, sistemas de bicicleta compartida o peatonalizaciones. También se han generalizado políticas destinadas a encarecer el aparcamiento en las zonas más demandadas o incluso en toda la ciudad (Singapur) o a reducir el precio de los billetes de autobús, metro y tren mediante subvenciones públicas.
Todas estas iniciativas pueden contribuir a modificar comportamientos, pero los especialistas en movilidad suelen coincidir en que existen dos factores mucho más determinantes que cualquier campaña de concienciación o medida coercitiva.
El primero es disponer de una red de transporte público amplia y bien conectada. No basta con que existan autobuses o trenes; es necesario que permitan llegar a la mayor parte de los destinos de forma sencilla, con horarios frecuentes y buenas conexiones entre distintos medios de transporte. Cuando los desplazamientos exigen múltiples transbordos o largos tiempos de espera, el coche recupera inmediatamente su atractivo.
El segundo factor es todavía más importante: el transporte público debe ser mejor que la alternativa privada. Más rápido, más cómodo o, al menos, suficientemente competitivo como para compensar la renuncia al vehículo propio.
En demasiadas ocasiones el debate sobre movilidad se plantea como una batalla ideológica entre coche y transporte público. Sin embargo, la experiencia demuestra que las personas toman decisiones de forma mucho más pragmática. Si un trabajador tarda veinte minutos en coche y una hora en transporte público, difícilmente cambiará de hábitos por mucho que comparta los objetivos medioambientales de las administraciones.
La clave, por tanto, no consiste únicamente en dificultar el uso del automóvil, sino en construir una alternativa claramente superior. El urbanista danés Jan Gehl, una de las voces más influyentes en planificación urbana, suele resumir esta idea de forma sencilla: las ciudades deben diseñarse para las personas y no para los coches. Pero para que eso ocurra no basta con eliminar espacio al automóvil; es necesario ofrecer sistemas de movilidad que resulten atractivos, eficientes y cómodos para los ciudadanos.
La misma conclusión aparece una y otra vez en los estudios internacionales. Las ciudades que han logrado reducir de forma significativa el uso del coche no lo han conseguido únicamente mediante prohibiciones. Lo han hecho porque cuentan con redes de metro, tranvía, tren y autobús que funcionan extraordinariamente bien.
Los ejemplos abundan. En ciudades como Copenhague, Viena o Zúrich, el transporte público ofrece una combinación de frecuencia, puntualidad y comodidad que convierte al coche en una opción innecesaria para gran parte de la población. Allí no es tanto una cuestión de conciencia ecológica como de pura conveniencia.
Euskadi parte además de una posición relativamente favorable. Dispone de infraestructuras como Metro Bilbao, Euskotren, los servicios de Cercanías o las redes urbanas de autobuses. Sin embargo, todavía existen importantes desafíos, especialmente en las conexiones interurbanas, en determinados polígonos industriales y en muchas zonas rurales donde el vehículo privado continúa siendo prácticamente imprescindible.
Por eso, cuando se habla de movilidad sostenible, conviene recordar una realidad elemental: las personas no abandonan el coche porque se les diga que deben hacerlo. Lo abandonan cuando descubren que existe una alternativa mejor.
Y esa alternativa no se construye principalmente con prohibiciones, descuentos o campañas publicitarias. Se construye con trenes que llegan a tiempo, autobuses frecuentes, conexiones eficientes y trayectos que permitan ganar tiempo en lugar de perderlo.
Porque, al final, la mejor política para fomentar el transporte público no consiste en hacer la vida más difícil a quienes utilizan el coche. Consiste en hacer que el transporte público resulte tan bueno que el coche deje de ser necesario.
