Chinajá, donde la selva se encuentra con la civilización

chinajaUna de las zonas que más me ha sorprendido de Guatemala es la poco turística Sierra de Chinajá, una cadena de pequeñas montañas que unen la llanura selvática del Petén con las cordilleras de Alta Verapaz. Se trata de pequeñas colinas, de no más de 838 metros sobre el nivel del mar, generalmente separadas entre sí por grandes llanuras bañadas por ríos de caudal muy variable. Son tan minúsculas que los indios mayas las conocen como sombreros y para cualquier europeo recuerdan más a las acumulaciones de carbón del norte de Francia y de la Valonia belga que a verdaderas montañas.


¿Cómo se conformaron estos pequeños volcanes? Su existencia deriva de pliegues sísmicos y de la posterior erosión, que sólo ha dejado en pie aquellas zonas en las que había rocas. De hecho, su origen kárstico explica por qué están repletas de fisuras y cuevas que convierten a esta sierra al mismo tiempo en un paraíso de los espeleólogos -y los murciélagos- y en una zona muy poco fértil, pese a las abundantes lluvias que la riegan.

Pero su mayor tesoro es su diversidad biológica, afortunadamente respetada por su inaccesibilidad y porque toda la región en la que se sitúan se mantuvo virgen hasta hace apenas 30 años. Al igual que el Petén de hoy, la Sierra de Chinajá apenas albergaba a unos pocos indígenas que se habían integrado perfectamente en el entorno, sin dañarlo. Hasta que en los setenta alguien encontró petróleo, lo que obligó a construir carreteras y a llenar la zona de pozos de prospección.

chinaja2Las petroleras trajeron consigo prosperidad pero también destrucción. La región se llenó de población que hoy ha convertido en tierras cultivables la mayor parte de sus llanuras, donde florecen el maíz y otras plantas. El esfuerzo de los ecologistas y, sobre todo, su escaso interés agrícola han dejado vírgenes las montañas, que hoy tienen la calificación de “área de protección especial” y donde habitan unas 128 especies de aves, 24 de reptiles, 15 de anfibios, 25 de murciélagos y 20 de escarabajos. Desde la lejanía pudimos ver incluso algún mono.

Son bosques tropicales prácticamente impenetrables y en los que, por efecto de la lluvia, se han formado inmensidad de cuevas, torcas y dolinas. Pudimos ver las de Candelaria, que son magníficas y están repletas de estalactitas y estalagmitas, además de estar atravesadas por un río que fluye hacia el interior de la cavidad antes de hundirse en un pozo y de reaparecer algunos kilómetros después, una vez superado el cerro. Es un rincón mágico en el que, como no podía ser de otra manera, en su día los mayas celebraban algunos de sus ritos religiosos.

Aunque la deforestación en esta región es evidente, afortunadamente hasta Candelaria no han llegado la destrucción del petróleo y de la guerra civil, que arrastró hacia estas tierras a miles de indígenas que huían del terror militar. Los oleoductos fueron muchas veces atacados por la guerrilla, dejando tras de sí algún que otro desastre ecológico del que aún quedan marcas en muchos cerros.

Más al norte, en el Petén, el petróleo es una amenaza latente a día de hoy, puesto que compañías de EE.UU. y Francia han encontrado oro negro y quieren extraerlo en nombre del progreso. El Gobierno de Guatemala ha concedido varios permisos, pese a la oposición de los ecologistas. Existe incluso un grupo alemán que quiere salvar el Petén con un fondo económico capaz de compensar a los políticos por los ingresos que les darán las petroleras. Es un paraíso en evidente peligro.

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