LA CONVIVENCIA

La paz (entendida como ausencia de violencia armada) ha llegado por fin, pero todavía hay que conquistar la libertad. Aunque hay algunos que quieren que el siguiente paso sea el de los presos, es imprescindible empezar con el de la convivencia. Hay muchas heridas por cerrar y odio por eliminar. Y esto nos va a llevar años, muchos años. Los que marginan, insultan, amenazan e intimidan a concejales y simpatizantes de partidos no nacionalistas en pueblos y ciudades no se van a convertir en tolerantes ciudadanos de la noche a la mañana. Cierto es que ya no tienen el “primo de Zumosol” de las pistolas y las bombas, pero su presión puede continuar igualmente, amedrentando a muchos y coartándolos para poder exponer libremente sus ideas o presentarse a las elecciones.

Pero lo cierto es que para cientos de personas la nueva situación significará poder vivir. Vaya desde aquí mi homenaje a estas personas que, por ideales o profesión, se han visto obligados a cargar con una pena de casi muerte civil: sin poder tener rutinas ni pasar por ciertos sitios ni tener intimidad… Ahora podrán realizar cosas tan cotidianas como bajar la basura, poder ir a un gimnasio o a las clases de un mismo profesor o dar un beso a la mujer en la calle sin que dos acompañantes te miren. Seguirán soportando malos modos de los intolerantes y continuarán necesitando escolta cuando vayan a los pleno en los pueblos (véase el caso de Elorrio) pero por lo menos no temerán por su vida, lo que no es poco.

Jesús Eguiguren comentaba que para él la libertad era poder ir a la Parte Vieja donostiarra. Yo le recomendaría que no lo hiciera todavía, al menos sin escolta, porque aunque reciba alguna felicitación, también puede tener alguna experiencia desagradable, sobre todo sin el ritmo del tema de los presos no es el que esperan algunos.

Además, los amenazados, encerrados en una cárcel invisible, además se han encontrado con la indiferencia y la insolidaridad de mucha gente. Comentarios como “Qué ganas de fardar y molestar a los demás” cuando llegaban con escolta a un sitio han sido habituales… ¡cómo si la llevaran por gusto y no porque peligraba su vida! Se han dado casos de que la necesidad de llevar escolta ha hecho que tengan que cerrar negocios (¿quién quiere entrar en una tienda en la que siempre hay un señor armado?) o en el colmo de la insolidaridad, los franciscanos que prefirieron quedarse sin la ayuda de un voluntario en comedor social antes que aceptar la entrada del escolta. Desde luego, a mi me indigna leer cosas cosas como la escolta a la que le que silban o chasquean los dedos por la calle como si llamaran al perro.

Por cierto, en esta “batalla del relato” que se ha desatado en Euskadi por fijar como la historia refleja esta negra época, El Correo está realizando una labor encomiable sacando a la luz testimonios durísimos sobre los amenazados y su entorno. Vivencias que se nos tienen que hacer sentir verguenza como sociedad respecto a frialdad con la que lo hemos vivido.

[Viene de La Euskadi post-ETA (I), continúa en La Euskadi post-ETA (III)]

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