Mal deben ir las cosas económicamente en la Universidad de Deusto para que ésta tenga que recurrir al dinero de sus antiguos alumnos más exitosos. Hoy por ejemplo ha sido Alfredo Sáenz, consejero delegado del Santander, el que ha firmado un convenio con el centro académico para financiar algunas de sus actividades.

Aunque el caso más paradigmático es el de la nueva biblioteca, que está siendo financiada con créditos de BBK y BBVA y con ayudas de la Compañía de Jesús, la Diputación de Bizkaia y el Ayuntamiento de Bilbao. Este recurso al préstamo contrasta con la clásica austeridad jesuítica, por no hablar del poderío económico que mostraba la universidad no hace ni 15 años, cuando construyó edificios para albergar nuevas facultades.

Otro detalle es el recurso a “patrocinadores” para lanzar masters y cátedras. Es el caso de Telefónica Móviles con ingeniería o de Saunier Duval con el master de climatización. El problema de fondo es que el número de alumnos ha caído de forma espectacular, tanto por un descenso del valor de la marca ‘deusto’, especialmente en otros puntos del Estado, como por el descenso de la natalidad y la creciente competencia de la UPV y de Mondragon Unibertsitatea.

La mayor parte de las carreras ya no requiere nota mínima, lo que contrasta con lo que ocurría en los ochenta y principios de los noventa, cuando algunos estudios sólo eran accesibles para las elites académicas. A mi juicio, el problema es que en la época de las vacas gordas Deusto no supo trabajar en la mejora de la calidad, preparando los malos tiempos que finalmente han llegado.

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