Subvencionar a Repsol: sí, aunque gane miles de millones
En tiempos de escrutinio sobre el uso del dinero público, pocas decisiones generan más incomodidad que subvencionar a grandes corporaciones. Y si esa empresa es Repsol —con beneficios millonarios y dividendos recurrentes—, la crítica parece casi automática: ¿de verdad necesita ayudas públicas?
La pregunta es legítima. Pero la respuesta, en el caso del nuevo hub de combustibles renovables impulsado por Petronor en Euskadi, es más compleja. Y, probablemente, afirmativa. El proyecto no es menor. Hablamos de una inversión de 250 millones de euros en tres años, la implicación de más de 50 empresas y la creación de unos 1.200 empleos entre directos e indirectos .
Además, una parte relevante —alrededor de 85 millones— se destina a I+D+i, lo que revela que no estamos ante una simple ampliación productiva, sino ante un salto tecnológico . El objetivo es posicionar a Euskadi en la vanguardia europea de los combustibles renovables, incluyendo biocombustibles avanzados, combustibles sintéticos o soluciones basadas en hidrógeno y CO₂ . En otras palabras: no se trata de mantener el pasado fósil, sino de construir el futuro energético.
Ese matiz es clave. Las ayudas públicas aquí no buscan rescatar a una empresa, sino anclar en el territorio una actividad industrial estratégica. El argumento más incómodo —y a la vez más realista— es que este tipo de inversiones no son neutrales geográficamente. Las grandes energéticas compiten internamente por ubicar proyectos en distintos territorios, y los gobiernos compiten entre sí para atraerlos.
Repsol tiene alternativas. De hecho, ya está desarrollando otra gran planta de combustibles renovables en Puertollano, con una inversión de más de 100 millones y capacidad para producir 200.000 toneladas anuales . Ese proyecto demuestra que las decisiones de localización no son simbólicas: son reales, competitivas y condicionadas por el entorno regulatorio y financiero.
En ese contexto, pensar que una compañía invertirá cientos de millones en Euskadi “por compromiso” es ingenuo. Lo hará si las condiciones son favorables. Y eso incluye, inevitablemente, apoyo público. El debate suele centrarse en el coste de la ayuda. Pero rara vez se analiza el coste de no concederla.
Sin ese respaldo, el riesgo no es que Repsol deje de invertir —invertirá igualmente—, sino que lo haga en otro lugar. Y con ello se perderían empleos, actividad industrial, capacidad tecnológica y posicionamiento estratégico en un sector que será clave en las próximas décadas.
Porque los combustibles renovables no son una moda. Son una pieza esencial para descarbonizar sectores difíciles de electrificar como la aviación, el transporte pesado o la industria. Y Europa compite por liderar ese desarrollo.
Sí, resulta incómodo subvencionar a una gran petrolera. Pero más incómodo debería ser quedarse fuera de la transición energética por un exceso de purismo ideológico. La cuestión no es si Repsol puede permitirse invertir sin ayudas. Probablemente sí. La cuestión es si lo haría aquí, en Euskadi, sin ese apoyo. Y la respuesta más honesta es que, probablemente, no.
