La sardina se convierte en un producto escaso y pone en aprietos a las conserveras

Malos tiempos para las conserveras que trabajan con sardina. La materia prima se está convirtiendo en un producto cada vez más escaso y caro como consecuencia de la decisión de Marruecos de dejar de exportarla congelada y de las limitaciones existentes para pescarla en aguas españolas. La situación resulta especialmente paradójica porque coincide con un inesperado renacimiento internacional de las sardinas en lata, que se han convertido en un alimento de moda en redes sociales.

El principal problema procede de Marruecos. El país norteafricano suspendió desde el 1 de febrero de 2026, y durante al menos un año, las exportaciones de sardina congelada. La medida responde oficialmente a la escasez de capturas y a la decisión de priorizar el abastecimiento del mercado y de las fábricas marroquíes.

Para la industria española no se trata de un proveedor cualquiera. Solo entre enero y octubre de 2025 España compró a Marruecos 27.400 toneladas de sardina congelada. Según la patronal conservera Anfaco, el país norteafricano ha venido aportando entre el 64% y el 94% de todas las importaciones españolas de este pescado, dependiendo del año.

La dimensión de estas cifras se entiende mejor teniendo en cuenta que toda la industria española produjo 13.503 toneladas de conservas de sardina en 2024. Es decir, la cantidad de pescado congelado adquirida a Marruecos durante solo diez meses de 2025 duplicaba el volumen anual de sardinas que finalmente se comercializa enlatado en España.

La decisión marroquí tiene además una segunda derivada que preocupa especialmente a las conserveras españolas. Marruecos ha restringido la salida de pescado congelado, pero no la de sardinas ya transformadas y enlatadas. Sus fábricas mantienen por tanto acceso a la materia prima y posteriormente pueden vender las conservas en el mercado europeo.

No es un competidor pequeño. Entre enero y octubre de 2025 la UE importó 17.538 toneladas de conservas y preparados de sardina marroquíes, equivalentes al 89% de todas las compras realizadas fuera de la Unión. Anfaco considera por ello que la restricción puede tener un componente proteccionista: dificulta que las fábricas españolas compren sardina marroquí pero permite que las conserveras de ese país continúen compitiendo con ellas en Europa.

La solución aparentemente más sencilla sería sustituir el pescado marroquí por sardina capturada por la flota española. Pero tampoco hay suficiente. España y Portugal gestionan conjuntamente la sardina ibérica y para 2026 establecieron unas capturas máximas de 50.294 toneladas, un 2,79% menos que el año anterior. De ellas, Portugal recibe el 66,5% y España únicamente el 33,5%, lo que dejó inicialmente a los barcos españoles con 16.848 toneladas.

La patronal conservera protestó por este reparto precisamente porque coincidía con el cierre de las exportaciones marroquíes y dejaba a las fábricas españolas con pocas alternativas para abastecerse. Anfaco llegó a hablar de una «tensión sin precedentes» en el suministro de sardina.

Y los acontecimientos posteriores parecen haber confirmado que la cantidad disponible era ajustada. La flota española consumió tan rápidamente su asignación que el Gobierno tuvo que conseguir otras 1.000 toneladas mediante un intercambio de cuotas con Portugal. De esa cantidad adicional, 834 toneladas se destinaron a la flota de cerco, racú y piobardeira del Cantábrico y noroeste.

Ni siquiera fueron suficientes. El Ministerio de Agricultura decidió cerrar a partir del 1 de agosto la pesca dirigida de sardina para esa flota porque había agotado su cuota. El cierre afecta a barcos del País Vasco, Galicia, Asturias y Cantabria. Posteriormente, el 28 de agosto, también se cerró la denominada pesca olímpica de sardina para los barcos que utilizan el arte de xeito.

En dos años, un 50% más cara

La creciente escasez se está trasladando además al precio. Según los datos del Ministerio, el kilo de sardina se ha pagado durante la campaña de 2026 a una media de 1,50 euros, frente a 1,35 euros el año anterior y un euro en 2024. En apenas dos años el precio en primera venta ha aumentado por tanto un 50%.

Lo que constituye una buena noticia para los pescadores que consiguen capturarla es evidentemente un problema para las conserveras, que tienen que asumir un coste mayor precisamente cuando encuentran más dificultades para conseguir materia prima.

El límite de capturas tiene, en cualquier caso, una razón medioambiental. España y Portugal mantienen desde hace años un plan conjunto para evitar una sobreexplotación de la sardina ibérica. Para 2026 el Consejo Internacional para la Exploración del Mar recomendaba, aplicando estrictamente el criterio de rendimiento máximo sostenible, no superar las 38.978 toneladas. El plan de gestión hispano-portugués permite finalmente 50.294 toneladas aplicando su propia regla de explotación precautoria.

Las conserveras se encuentran así ante un problema difícil de resolver a corto plazo. No pueden aumentar sustancialmente las compras de sardina española porque las capturas están limitadas, han perdido durante al menos un año buena parte del suministro marroquí y, paradójicamente, tienen que competir en el mercado europeo con las propias latas fabricadas en Marruecos.

Y todo ello sucede justo cuando la sardina está dejando de ser vista como un alimento barato y pasado de moda. En Estados Unidos y otros mercados occidentales las conservas de pescado están viviendo un pequeño renacimiento, impulsado por su elevado contenido en proteínas y omega-3 y por tendencias difundidas a través de TikTok y otras redes sociales.

La humilde lata de sardinas se ha convertido así en un producto sorprendentemente moderno justo cuando empieza a escasear la materia prima necesaria para fabricarla. Para la industria conservera española, el problema no es tanto encontrar compradores como encontrar sardinas.

Añadir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *