Guillermo Buces, un empresario sin pelos en la lengua que tiene más facilidad para identificar problemas que para resolverlos

Escuchar a Guillermo Buces, presidente de Cebek, en el encuentro organizado esta semana por Nueva Economía Fórum me ha dejado una impresión bastante definida: es un empresario directo, espontáneo y aparentemente sincero, que conoce de primera mano las dificultades de gestionar una pyme industrial, pero que no siempre demuestra la misma soltura cuando tiene que pasar de las quejas a las soluciones.

Hay algo refrescante en su manera de expresarse. Buces no parece uno de esos dirigentes empresariales que miden cada palabra para no incomodar a nadie. Habla con naturalidad, emplea expresiones coloquiales, hace bromas y, cuando no sabe algo, lo reconoce. No es poca cosa en un entorno en el que abundan los discursos preparados y las respuestas calculadas.

Su intervención inicial fue leída, y eso se notó en la estructura ordenada del discurso, la abundancia de cifras y la sucesión de argumentos cuidadosamente construidos. Defendió la rentabilidad empresarial, reclamó mejoras de productividad, criticó el absentismo y la conflictividad laboral, pidió una fiscalidad más favorable y advirtió sobre los problemas de competitividad de la industria vasca. Prácticamente todo lo que cabría esperar del presidente de una organización patronal.

Lo verdaderamente interesante llegó en el turno de preguntas, cuando dejó atrás el texto preparado y tuvo que responder sobre la marcha. Fue entonces cuando apareció un Buces bastante más espontáneo, pero también menos preciso. El contraste entre ambas partes de la sesión fue notable: mientras que en la intervención leída manejaba cifras, argumentos y propuestas con aparente seguridad, en las respuestas improvisadas afloraron las vacilaciones, las generalidades y algunas dificultades para concretar sus planteamientos.

Ante la pregunta de qué tres medidas económicas pediría al próximo Gobierno español, reaccionó con un espontáneo «Madre mía, ¿las tres?», antes de reconocer que no sabía muy bien qué responder. Terminó reclamando seguridad jurídica, menos crispación política y que los gobernantes se dediquen a gobernar. Nada especialmente concreto, aunque brillante para haber resuelto tan rápido el reto.

Cuando le preguntaron por la diferencia entre el desempleo de Bizkaia y Gipuzkoa, recurrió al humor: «Me voy a hacer consejero o ministro o alguna cosa así». Después aventuró que probablemente estuviera relacionada con la competitividad de las empresas, sin profundizar en las razones que podrían explicar una brecha tan significativa entre dos territorios vecinos.

Algo parecido ocurrió cuando se le pidió una receta para mejorar los resultados de las inversiones empresariales en digitalización. Su respuesta fue, básicamente, invertir bien, planificar adecuadamente y acertar. Es difícil discrepar de semejante consejo, pero tampoco parece que ayude mucho a un empresario que se esté planteando cómo incorporar nuevas tecnologías a su negocio.

En realidad, la competitividad fue su respuesta recurrente a buena parte de las preguntas. La crisis de determinadas industrias, los problemas salariales, el desempleo o las dificultades para atraer inversiones terminaban desembocando en el mismo concepto. Y, aunque efectivamente la competitividad influye en todas esas cuestiones, repetir la palabra no equivale a explicar los problemas.

Buces tiene, eso sí, una virtud que considero importante: no aparenta saber lo que desconoce. Al preguntarle por los presupuestos del Gobierno vasco, reconoció que apenas los había leído por encima esa misma mañana. Sobre las deducciones fiscales para gimnasios admitió que no tenía criterio. Y cuando le pidieron propuestas para preservar la actividad de empresas industriales en dificultades, como Tubos Reunidos o Vicinay, respondió con un expresivo «Joder, o sea, es que si tuviéramos esa información lo teníamos chupado, ¿no?».

Esa franqueza tiene dos lecturas. Por una parte, transmite autenticidad y resulta preferible a las respuestas artificiales con las que tantos representantes institucionales intentan salir del paso. Por otra, uno espera del presidente de Cebek algo más de preparación cuando se le pregunta por problemas que afectan directamente a las empresas que representa.

También me llamó la atención su manera de abordar las relaciones laborales. Buces asegura que quiere dialogar, sentarse con los sindicatos y negociar sin líneas rojas. Pero, al mismo tiempo, se muestra especialmente duro con ELA, a la que atribuye una estrategia de confrontación permanente. No es necesariamente contradictorio defender el diálogo y criticar a un interlocutor. Sin embargo, cuesta imaginar que determinadas expresiones contribuyan a mejorar las relaciones que él mismo considera obsoletas.

En materia salarial, su razonamiento es bastante consistente con su condición de empresario. Las compañías deben ganar dinero, mejorar su productividad y, cuando su rentabilidad lo permita, aumentar los salarios. Es una posición comprensible, aunque deja poco espacio para discutir cómo se reparte la riqueza que ya generan las empresas o qué papel pueden desempeñar las mejoras laborales en el aumento de la productividad.

Algo similar sucede con el absentismo. Buces tuvo el cuidado de reconocer que las bajas médicas son un derecho y que no deben confundirse con el fraude. También admitió que las empresas tienen responsabilidades en prevención y organización del trabajo. Sin embargo, puso especial énfasis en los abusos y en la posibilidad de revisar los complementos salariales pactados en los convenios. Su preocupación por el coste de las ausencias es evidente, pero los datos sobre días de baja que presentó no permiten determinar cuánto fraude existe realmente.

Con todo, la declaración que más me interesó llegó prácticamente al final y pasó bastante desapercibida. El moderador le preguntó qué procedimiento administrativo simplificaría para aliviar la carga burocrática de las pymes. Buces volvió a reconocer que no sabía elegir uno. Pero entonces aportó un ejemplo de su propia empresa que me dejó sorprendido (y enfadado porque tengo una percepción muy similar a la suya): aseguró que tiene una persona dedicada exclusivamente, a jornada completa, a responder encuestas del Instituto Nacional de Estadística y Eustat y otras solicitudes de información.

Conviene ponerlo en perspectiva. Buces dirige Biolid, una empresa de etiquetado industrial que, según se explicó durante su presentación, tiene unos 70 trabajadores. Si su afirmación es literal, eso significa que aproximadamente el 1,4% de la plantilla se dedica a cumplimentar cuestionarios, en lugar de realizar otras tareas más productivas.

No sé si la cifra incluye también otras obligaciones administrativas, ni cuánto tiempo se dedica realmente a encuestas. Sería necesario comprobarlo. Pero me parece una revelación especialmente significativa porque pone sobre la mesa un coste empresarial del que apenas hablamos.

Las estadísticas públicas son imprescindibles para conocer la economía y tomar decisiones. No cuestiono su utilidad. Lo que me pregunto es si necesitamos consumir tantos recursos de las empresas para obtener esa información cuando buena parte de los datos ya se encuentra en poder de las administraciones.

Curiosamente, fue en ese momento, cuando dejó de hablar de competitividad en términos generales y describió un problema concreto de su propia empresa, cuando Buces me resultó más convincente. Y creo que esa es la mejor manera de resumir mi impresión de su intervención.

Guillermo Buces parece sentirse cómodo en el taller, en la gestión cotidiana de una compañía familiar, en las dificultades para contratar personal, atender pedidos, controlar costes y conseguir que las cuentas cuadren. Su trayectoria empresarial le proporciona una experiencia que no todos los dirigentes patronales pueden exhibir.

Pero representar a miles de empresas exige algo más que conocer los problemas de una de ellas. También requiere estudiar las políticas públicas, analizar las diferencias entre sectores y territorios y convertir las reivindicaciones empresariales en propuestas suficientemente concretas para que las administraciones puedan llevarlas a la práctica.

No me parece que Buces sea un dirigente especialmente sofisticado en sus argumentos. Tampoco pretende serlo. Y seguramente esa naturalidad constituye una parte importante de su atractivo entre los empresarios a los que representa.

Después de escucharle, me quedo con la sensación de que tenemos ante nosotros a un empresario más convincente cuando cuenta lo que le ocurre que cuando explica lo que deberían hacer los demás. Quizá por eso, de toda su intervención, lo que más recordaré no será su discurso leído sobre la competitividad, sino aquella persona que, según asegura, trabaja a jornada completa respondiendo encuestas en una empresa de apenas 70 empleados.

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