Euskadi bate récords de emprendimiento… siempre que se miren los datos que interesan

El Gobierno Vasco ha vuelto a demostrar que no hay estadística mala si se sabe elegir bien qué cifras destacar. El último informe GEM sobre emprendimiento revela un retroceso en las expectativas de creación de empleo, la innovación y la financiación de los nuevos negocios. Pero la agencia pública Spri ha preferido titular su noticia con un entusiasta «Euskadi roza su récord de emprendimiento». Y no le falta razón: la tasa de actividad emprendedora ha alcanzado el 6,8%, uno de sus mejores registros en dos décadas. El problema es todo lo que viene después.

La primera curiosidad de este récord es que Euskadi sigue emprendiendo menos que España y Europa. El porcentaje de población adulta involucrada en negocios de reciente creación es del 6,8%, frente al 7,8% español y el 9,8% europeo. Es decir, estamos un punto por debajo de España y tres de Europa. La distancia es todavía mayor cuando se pregunta a los ciudadanos si tienen intención de emprender en los próximos tres años: apenas el 8,7% de los vascos responde afirmativamente, frente al 13,8% de los españoles. Pero, naturalmente, resulta mucho más lucido comparar Euskadi consigo misma que con sus vecinos.

La segunda particularidad es que los nuevos negocios tienen cada vez menos expectativas de crecer. Según el informe completo, el porcentaje de iniciativas que esperan tener empleados dentro de cinco años ha caído del 54,4% al 43,1%. También se ha reducido del 8,4% al 5,4% la proporción de proyectos que aspiran a superar los 20 trabajadores. Son expectativas, no resultados efectivos, pero resulta difícil encontrar en ellas motivos para el entusiasmo.

La innovación también ofrece una curiosa paradoja. La agencia pública destaca que el 56,2% de los nuevos negocios ofrece productos o servicios novedosos, comparando el dato con el 35,3% de 2023. Lo que resulta menos conveniente explicar es que en 2024 ese porcentaje era del 65,8%. Es decir, acaba de caer 9,6 puntos. Algo parecido sucede con la innovación en procesos y tecnologías, que desciende del 63,9% al 54,3%. Eso sí, la innovación de producto de alcance mundial mejora del 5,3% al 8,5%, un avance real que Spri sí se encarga de destacar.

Otro síntoma es que el emprendimiento vasco necesita cada vez menos dinero. La mediana del capital movilizado ha pasado de 25.500 euros a 10.000. Esto puede ser una buena noticia para quienes quieren montar un negocio con pocos recursos, pero no necesariamente para una economía que aspira a crear empresas industriales y tecnológicas capaces de competir internacionalmente. Una tienda online o una consultoría individual pueden ponerse en marcha con muy poco capital. Una empresa industrial, generalmente no.

Y mientras disminuye la inversión, también retrocede el recurso a la financiación bancaria. El porcentaje de emprendedores que utiliza financiación de entidades financieras ha caído del 43,6% al 26%. En cambio, el uso de ahorros personales alcanza el 93,6% y el apoyo de familiares y amigos llega al 41,9%. No significa necesariamente que los bancos estén cerrando el grifo, porque también puede haber cambiado el tipo de negocios que se crean. Pero resulta llamativo que, en un ecosistema que presume de instrumentos financieros públicos y privados, tantos proyectos dependan de los recursos personales de sus promotores.

El informe tampoco transmite precisamente entusiasmo por las condiciones que ofrece Euskadi para emprender. La valoración de los expertos sobre la burocracia y los impuestos cae de 5,1 a 4,7 puntos sobre diez. La educación emprendedora escolar baja de 3,7 a 3,1 y la transferencia de conocimiento desde la investigación a las empresas desciende de 5,2 a 4,4. Hasta la valoración de los programas gubernamentales retrocede ligeramente, de 6,6 a 6,5.

La caída de la transferencia de I+D resulta especialmente significativa. Euskadi lleva décadas construyendo una extensa infraestructura de centros tecnológicos, parques científicos, universidades, incubadoras y programas de ayudas. Uno de sus principales objetivos consiste precisamente en transformar conocimiento en nuevas empresas. Que los expertos suspendan ahora ese proceso con un 4,4 sobre diez debería merecer, como mínimo, una explicación. Sobre todo en una comunidad que figura entre las que más recursos destinan a investigación y desarrollo.

La industria tampoco sale particularmente favorecida en el último ejercicio. Su peso, junto con la energía, dentro de los negocios nacientes y recientes desciende dos puntos, hasta el 9,6%. Spri resuelve el inconveniente recordando que sigue por encima de su media histórica del 7,8%. Es el mismo procedimiento utilizado con la innovación: cuando la comparación con el año anterior resulta desfavorable, siempre se puede buscar otro ejercicio que permita mejorar el titular.

La brecha de género, por su parte, vuelve a ampliarse. La actividad emprendedora masculina alcanza el 8,2% y la femenina el 5,5%, con una diferencia de 2,7 puntos. Las mujeres movilizan aproximadamente la mitad del capital que los hombres y manifiestan un miedo al fracaso superior. En este caso, Spri sí reconoce el problema, aunque procura compensarlo destacando la mejora del emprendimiento femenino potencial y su presencia entre los negocios consolidados.

También aumenta el abandono empresarial. El porcentaje de población adulta que ha cerrado, vendido o abandonado un negocio pasa del 1,7% al 2,4%. No todos esos abandonos son fracasos, ya que algunos corresponden a ventas o decisiones personales, pero el incremento constituye otro dato que convendría examinar antes de descorchar el champán.

Hay, desde luego, buenas noticias en el informe. La actividad emprendedora aumenta por cuarto año consecutivo, la edad media de quienes ponen en marcha negocios desciende hasta los 37 años, se reduce el emprendimiento motivado exclusivamente por la necesidad y crece la proporción de iniciativas con clientes internacionales. Sería tan absurdo ocultar estos avances como ignorar los retrocesos anteriores.

La cuestión es si el éxito de una política de emprendimiento debe medirse por cuántas personas ponen en marcha un negocio o también por la capacidad de esas iniciativas para innovar, contratar trabajadores, atraer financiación y crecer. Además, conviene recordar que la tasa GEM mide la proporción de población adulta involucrada en iniciativas emprendedoras de hasta 42 meses, no el número de sociedades mercantiles constituidas.

El verdadero récord parece estar en la capacidad de la administración para encontrar siempre una lectura optimista de sus propias estadísticas. El GEM es un estudio valioso precisamente porque permite observar muchas dimensiones del fenómeno emprendedor, incluidas las que no evolucionan favorablemente. Reducirlo a una celebración del número de personas que emprenden equivale a confundir actividad con resultados. Euskadi tiene más emprendedores, sí. Pero eso no significa automáticamente que esté creando mejores empresas. Y esa segunda pregunta es bastante más importante que cualquier récord.

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