El algoritmo secreto de Multiverse y Mistral: estar cerca del poder político

Las grandes startups europeas de inteligencia artificial han descubierto que para crecer no basta con disponer de buenos ingenieros, modelos y cientos de millones de euros: también conviene estar cerca del poder político. Francia tiene a Mistral, convertida por Emmanuel Macron en símbolo de la soberanía tecnológica francesa, mientras España ha encontrado en la donostiarra Multiverse Computing uno de sus campeones tecnológicos. Las relaciones funcionan además en las dos direcciones: los gobiernos necesitan empresas que justifiquen sus políticas industriales y estas necesitan financiación, regulación favorable y respaldo institucional.


El caso de Mistral muestra hasta dónde puede llegar esta simbiosis. La startup francesa nació en 2023 y prácticamente desde el principio Macron la convirtió en la demostración de que Europa podía plantar cara a OpenAI, Google o Anthropic. Su CEO, Arthur Mensch, se convirtió rápidamente en interlocutor habitual del Gobierno francés y la compañía ha terminado ocupando un lugar central en el discurso de París sobre soberanía tecnológica.

La conexión más llamativa es Cédric O, antiguo secretario de Estado de Digitalización y hombre próximo a Macron. Tras abandonar el Gobierno se convirtió en cofundador, accionista y asesor de asuntos públicos de Mistral. Su intervención en los debates europeos sobre la regulación de la inteligencia artificial provocó críticas precisamente porque las decisiones que se tomaban en Bruselas afectaban directamente al negocio de su nueva empresa.

Nada de esto demuestra que Mistral haya recibido un trato de favor. La autoridad francesa de transparencia concluyó que Cédric O había respetado las restricciones que se le habían impuesto. Pero la controversia muestra hasta qué punto se han difuminado las fronteras entre la política tecnológica francesa y una compañía privada convertida en cuestión de Estado.

La relación es beneficiosa para las dos partes. Mistral necesita al Gobierno francés para obtener visibilidad, defender sus intereses en Bruselas y presentarse ante grandes empresas y administraciones como la alternativa europea a las tecnológicas estadounidenses. Macron necesita a Mistral para demostrar que su política industrial puede generar un campeón francés de la inteligencia artificial.

España parece estar construyendo una relación parecida, aunque por caminos diferentes, alrededor de Multiverse Computing. La empresa donostiarra no desarrolla grandes modelos fundacionales comparables a los de Mistral. Su principal negocio actual consiste en utilizar CompactifAI para comprimir modelos ya existentes y reducir drásticamente sus necesidades de memoria, computación y energía. Pero el Gobierno español la ha convertido igualmente en uno de los principales exponentes de su estrategia de «soberanía tecnológica».

La relación de Multiverse con el poder político empezó mucho antes de que llegaran las grandes inversiones públicas. Uno de sus cofundadores y responsable de marketing, Alfonso Rubio-Manzanares, llevaba ya años situado en Ametic, la principal patronal española de la industria digital, precisamente en los grupos donde empresas y administraciones discuten las prioridades de la política tecnológica.

En 2019, coincidiendo prácticamente con el nacimiento de Multiverse, Rubio coordinaba el grupo de computación cuántica de Ametic. En el encuentro anual de la patronal en Santander defendió que España tenía talento suficiente para convertirse en una potencia europea en tecnologías cuánticas y pidió a las administraciones que se tomaran la ciencia «algo más en serio». En aquella misma mesa participaba Román Orús, otro de los fundadores de Multiverse.

Tres años después, Rubio dirigió desde Ametic el informe La España cuántica 2022: una visión empresarial. El documento reclamaba avanzar hacia una estrategia nacional de tecnologías cuánticas y analizaba también las posibilidades de financiación nacional e internacional. Multiverse participó en la elaboración de su apartado de ética cuántica. La presentación fue inaugurada por el entonces director general de Digitalización e Inteligencia Artificial del Gobierno español.

No hay nada irregular en esta actividad: precisamente para eso existen las patronales. Pero sí resulta relevante que uno de los fundadores de una empresa tecnológica participe durante años en los organismos empresariales que intentan convencer a la Administración de que su sector debe considerarse estratégico y recibir más atención y financiación pública.

Después llegó el dinero, y en cantidades extraordinarias. La Sociedad Española para la Transformación Tecnológica (SETT) invirtió inicialmente 59,2 millones de euros en Multiverse y en junio de 2026 el Consejo de Ministros autorizó otra inversión de hasta 107 millones. Solo estas operaciones pueden elevar la participación pública estatal hasta 166,2 millones, sin contar otras ayudas y las inversiones realizadas por organismos públicos vascos y europeos. La justificación de la última operación vuelve a ser explícitamente política: reforzar la «soberanía estratégica» española y europea en inteligencia artificial.

El lenguaje empleado por la Administración se parece además extraordinariamente al que la propia industria lleva años utilizando. La SETT habla de autonomía estratégica, soberanía, liderazgo tecnológico y reducción de la dependencia exterior. En su ficha sobre Multiverse presenta CompactifAI como una tecnología que coloca a España «a la vanguardia de la IA sostenible» y destaca expresamente que sus redes tensoriales están inspiradas en la computación cuántica.

Los contactos con los responsables políticos han acompañado este crecimiento. Ministros del Gobierno español, incluidos Carlos Cuerpo y Oscar López, han visitado Multiverse y Pedro Sánchez la ha utilizado como ejemplo del éxito de la política tecnológica y de los fondos europeos. El Gobierno Vasco lleva igualmente años presentándola como una de las principales historias de éxito de su ecosistema de innovación.

Ametic proporciona entretanto un punto de encuentro permanente entre empresas y Administración. Su gran evento anual de Santander reúne a ministros, secretarios de Estado, directores generales y responsables de organismos públicos con los principales ejecutivos tecnológicos. Rubio ocupa posiciones relevantes dentro de esta organización al mismo tiempo que ejerce como cofundador y responsable de marketing de Multiverse. Sí, de marketing.

La compañía ha empezado ahora a profesionalizar esa capacidad de interlocución también a escala europea. Uno de sus fichajes más significativos es Philippe Huberdeau como responsable de European Affairs & Strategic Partnerships. No es un científico cuántico ni un ingeniero de inteligencia artificial, sino un especialista en política tecnológica con experiencia en el Ministerio francés de Asuntos Exteriores, la Comisión Europea y la Presidencia francesa. Es un verdadero lobista.

Huberdeau procede además de Scale-Up Europe, una iniciativa impulsada desde el entorno de Emmanuel Macron para favorecer la aparición de grandes campeones tecnológicos europeos. Al anunciar su incorporación a Multiverse explicó que seguiría trabajando por la «soberanía tecnológica europea» apoyándose precisamente en su experiencia institucional y presentó a su nueva empresa como socio de empresas y gobiernos que buscan autonomía tecnológica. Entre las personas a las que mencionó en su anuncio estaban Emmanuel Macron, altos cargos de la Comisión Europea y Nadia Calviño.

La elección de Huberdeau tiene toda la lógica empresarial del mundo. Multiverse está creciendo gracias a un mercado en el que las decisiones de gobiernos y de la Comisión Europea resultan determinantes: ayudas a la inteligencia artificial, fondos de deeptech, infraestructuras públicas, gigafactorías de IA, regulación y políticas de soberanía tecnológica. Entender Bruselas se está volviendo casi tan importante para una gran tecnológica europea como entender Silicon Valley.

Pero Multiverse no adapta su relato únicamente al Gobierno central y a Bruselas. También sabe conectar su tecnología con las grandes apuestas de las instituciones vascas. El ejemplo más reciente es Quasar 1.1, la nueva versión de su modelo comprimido a partir del GLM-5.2 de la empresa china Z.ai.

Multiverse anunció Quasar 1.1 como el primer modelo de inteligencia artificial que utiliza datos generados mediante computación cuántica. La compañía explica que una parte del conjunto utilizado para reajustar el modelo fue generada por un sistema híbrido cuyos circuitos se ejecutaron en el IBM Quantum System Two instalado en Donostia, equipado con un procesador Heron de 156 cúbits. La utilización del ordenador es real, aunque limitada a una parte del proceso: Quasar continúa partiendo del modelo chino GLM-5.2 y la reducción de tamaño procede fundamentalmente de CompactifAI.

La mención al IBM System Two tiene además una evidente lectura institucional en Euskadi. El ordenador cuántico de Donostia no es una infraestructura cualquiera: constituye una de las mayores apuestas tecnológicas realizadas por el Gobierno Vasco en los últimos años. Fue inaugurado en octubre de 2025 por el Ejecutivo vasco e IBM como el primer System Two operativo de Europa y forma parte de Basque Quantum, la estrategia con la que Euskadi pretende convertirse en polo internacional de tecnologías cuánticas. El lehendakari Imanol Pradales presentó entonces la máquina como una «ventaja cuántica» de la que Euskadi debía aprovecharse.

El Gobierno Vasco sigue utilizando el ordenador como una pieza central de su política industrial y científica. Este verano abrió formalmente el System Two a empresas y organismos públicos para generar proyectos de innovación y transferencia, y ha destacado su capacidad para posicionar Euskadi como «nodo cuántico de referencia internacional». La instalación ha sido además cofinanciada con fondos Feder.

Por eso, vincular Quasar al IBM de Donostia funciona también como un guiño especialmente oportuno hacia las instituciones vascas. Multiverse puede presentar su producto no solo como inteligencia artificial europea y soberana ante Madrid y Bruselas, sino también como una aplicación práctica de la gran apuesta cuántica del Gobierno Vasco. No hay evidencia de que esta fuera la motivación de la compañía al utilizar el System Two, pero la coincidencia de intereses resulta difícil de ignorar: Multiverse necesita demostrar una utilidad empresarial de la computación cuántica y las instituciones vascas necesitan casos que demuestren que la enorme apuesta realizada por esta infraestructura empieza a producir aplicaciones.

El propio Gobierno Vasco está buscando precisamente ese tipo de demostraciones. Al abrir el ordenador a la industria explicó que el objetivo era acelerar proyectos empresariales y convertir la infraestructura científica en innovación y transferencia. Que la empresa tecnológica vasca con mayor valoración internacional anuncie inmediatamente después un modelo de IA que ha utilizado el System Two encaja perfectamente en ese relato institucional.

Esto no significa que la utilización del ordenador cuántico sea ficticia. La documentación técnica de Multiverse detalla qué hizo con él y diferencia el componente cuántico de la compresión del modelo. La cuestión interesante es otra: una utilización técnicamente limitada puede adquirir una enorme relevancia comunicativa cuando sirve simultáneamente al relato empresarial de Multiverse y al relato institucional de Euskadi como potencia cuántica.

El caso Quasar muestra además hasta qué punto la palabra «soberanía» puede ser elástica. Multiverse parte de GLM-5.2, desarrollado en China, lo comprime en Europa, lo adapta a los requisitos y sensibilidades europeas y posteriormente incorpora datos generados parcialmente mediante el ordenador cuántico de Donostia. El resultado contiene tecnología y trabajo europeo genuinos, pero es difícil describirlo como independencia tecnológica en el sentido tradicional del término. La propia compañía reconoce que Quasar 1.1 está construido sobre GLM-5.2.

Precisamente esa contradicción ha empezado a generar críticas al relato construido alrededor de Multiverse. Un artículo publicado recientemente por Jot Down cuestionó duramente que la transformación de modelos extranjeros se presentara como «soberanía tecnológica» y puso el foco en las grandes cantidades de dinero público recibidas por la compañía. El texto reconocía que hubo computación cuántica en Quasar 1.1, pero sostenía que las mejoras descritas por Multiverse procedían fundamentalmente de otros cambios introducidos durante el reajuste. El artículo dejó posteriormente de estar accesible.

Multiverse y Mistral representan así dos variantes de un mismo fenómeno europeo. Los gobiernos han decidido que necesitan campeones nacionales de inteligencia artificial y están dispuestos a movilizar enormes cantidades de dinero y capital político para conseguirlos. Las empresas, por su parte, necesitan estar presentes allí donde se decide qué tecnologías son estratégicas, qué proyectos reciben financiación y qué compañías terminan simbolizando la soberanía europea.

La relación no requiere ninguna actuación irregular para resultar extraordinariamente valiosa para ambas partes. Macron necesita a Mistral tanto como Mistral necesita a Macron. El Gobierno español necesita compañías que justifiquen sus inversiones en inteligencia artificial y Multiverse necesita capital público y respaldo institucional. Y el Gobierno Vasco necesita demostrar que su apuesta cuántica tiene aplicaciones industriales mientras Multiverse puede reforzar su identidad cuántica utilizando una infraestructura extraordinariamente simbólica para Euskadi.

El algoritmo secreto de los nuevos campeones europeos de la IA tiene, por tanto, bastante poco de algoritmo. Hace falta tecnología, científicos, capital y clientes, pero también conocer ministerios, patronales y despachos de Bruselas, comprender las prioridades de cada Administración y conseguir que el proyecto empresarial encaje con ellas.

Nada de esto demuestra que el dinero público esté mal invertido. Mistral puede convertirse en una gran alternativa europea en inteligencia artificial y CompactifAI puede ser una tecnología extraordinariamente valiosa. Pero precisamente cuanto mayores son las inversiones públicas y más estrecha la relación con quienes diseñan las políticas que las financian, mayor debería ser también el escrutinio sobre sus promesas.

La soberanía tecnológica europea no debería consistir en sustituir la dependencia de las grandes tecnológicas estadounidenses o chinas por una dependencia de campeones locales extraordinariamente próximos al poder político. Y tampoco en confundir automáticamente los intereses comerciales de esos campeones con los intereses tecnológicos de Europa.

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