Juan March y Horacio Echevarrieta: dos maneras distintas de utilizar el dinero y las relaciones personales en el capitalismo español de comienzos del siglo XX

La historia empresarial española está llena de relaciones entre dinero y política, pero pocas resultan tan gráficas como la que contó el ex ministro Indalecio Prieto sobre Juan March y el empresario bilbaíno Horacio Echevarrieta. March llegó a prestar dinero a Echevarrieta cuando atravesaba dificultades financieras y, según Prieto, utilizó después esa deuda para tratar de conseguir algo que el socialista bilbaíno le negaba: acceso personal al ministro de Hacienda.

El episodio aparece narrado por el propio Prieto en Convulsiones de España, obra publicada posteriormente en México. Los protagonistas difícilmente podían ser más interesantes. Por un lado estaba Juan March, probablemente el empresario español más controvertido y poderoso de su época. Por otro, Horacio Echevarrieta, uno de los grandes empresarios vascos del primer tercio del siglo XX. Y entre ambos, Indalecio Prieto, socialista, diputado por Bilbao y primer ministro de Hacienda de la Segunda República.

Prieto cuenta que March llevaba tiempo intentando aproximarse a él. En sus propias palabras, el empresario mallorquín había puesto mucho empeño en «entablar amistad conmigo». La oportunidad llegó después de proclamarse la República en abril de 1931 y convertirse Prieto en ministro de Hacienda. March sabía además que Prieto mantenía desde hacía más de veinte años una estrecha amistad con Horacio Echevarrieta, que le había precedido como diputado a Cortes por Bilbao.

Echevarrieta no era precisamente un empresario cualquiera. Había heredado los negocios mineros de su padre, Cosme Echevarrieta, pero los había convertido en un conglomerado extraordinariamente diversificado. Sus intereses alcanzaron la minería, la electricidad, la construcción naval, el transporte aéreo, los medios de comunicación, la banca, los seguros y el negocio inmobiliario. Participó en proyectos que acabarían relacionados con compañías como Iberia, Iberdrola o la actual Cadena SER y tuvo un papel importante en la construcción del metro de Barcelona y en el desarrollo de la Gran Vía de Madrid.

Pero aquel imperio empezaba a tener problemas. Los Astilleros de Cádiz arrastraban dificultades financieras desde los años veinte. Echevarrieta había intentado salvarlos mediante un ambicioso programa de fabricación militar que incluía submarinos y una fábrica de torpedos, en colaboración con tecnología alemana. La llegada de la República y el cambio de política militar terminaron complicando todavía más aquellos proyectos.

March vio la oportunidad. Según el relato de Prieto, March investigó la situación económica del empresario bilbaíno y descubrió que atravesaba un «trance apuradísimo». Se ofreció entonces a salvarle mediante un préstamo cuantioso a un interés moderado. Había, sin embargo, un detalle importante. El vencimiento contractual era relativamente corto, aunque March habría dado garantías verbales de que iría renovándolo.

Para un empresario con problemas de liquidez, la diferencia era enorme: mientras March prorrogara el crédito, Echevarrieta disponía de oxígeno. Una vez realizada la operación, March pidió a Echevarrieta un favor aparentemente insignificante. Que consiguiera que Indalecio Prieto le recibiese. Ni siquiera pretendía, al menos inicialmente, obtener del ministro una determinada decisión administrativa. Lo único que solicitaba era acceso.

Echevarrieta recurrió para conseguirlo a Félix Rodríguez, hombre de su confianza y amigo íntimo de Prieto. La petición parecía sencilla: una reunión. Prieto se negó. Rodríguez terminó explicándole entonces lo que estaba en juego. El préstamo concedido a Echevarrieta dependía en la práctica de las renovaciones de March. Prieto siguió negándose.

La respuesta de Juan March, siempre según la versión del dirigente socialista, fue inmediata: si Prieto no le recibía, el préstamo no sería renovado. La situación colocaba a Echevarrieta contra las cuerdas. Prieto describe perfectamente el dilema. Nadie le estaba pidiendo que concediera a March un contrato, una exención fiscal o cualquier otro privilegio. Solo debía sentarse a hablar con él.

Pero para Prieto el simple acceso ya tenía valor político. «¿Pero debe recibir un ministro a un contrabandista notorio que mina artera y cuantiosamente rentas del Estado?», se preguntaba. Decidió que no. Y March, según su relato, cumplió la amenaza y ejecutó a Echevarrieta. El episodio tuvo además una consecuencia personal. Prieto asegura que a raíz de aquello quedó rota su amistad con el empresario bilbaíno, una relación que había durado más de veinte años.

La relación entre Horacio Echevarrieta e Indalecio Prieto iba mucho más allá de una amistad personal. Echevarrieta fue durante años propietario de El Liberal de Bilbao, el periódico en el que Prieto había comenzado a trabajar en 1901 y desde el que construyó buena parte de su influencia pública. Bajo la propiedad del empresario, Prieto fue adquiriendo un peso creciente en el diario hasta convertirse en su gerente y principal referencia política. En ese sentido, puede decirse que Echevarrieta contribuyó económicamente a sostener la plataforma periodística desde la que su amigo desarrolló buena parte de su carrera política.

La paradoja es que, cuando la situación económica de Echevarrieta comenzó a deteriorarse, los papeles terminaron invirtiéndose. En 1932, necesitado de liquidez, el empresario vendió El Liberal al entorno de Prieto por unas 400.000 pesetas. Para entonces Prieto ya era ministro y Echevarrieta era quien necesitaba financiación. Es precisamente en este contexto en el que adquiere toda su dimensión la maniobra relatada por Prieto: Juan March prestó dinero al empresario bilbaíno y trató después de aprovechar la dependencia financiera que había creado para conseguir, a través de él, acceso personal al ministro.

La anécdota es especialmente interesante porque enfrenta a dos de los mayores empresarios españoles de la primera mitad del siglo XX. March y Echevarrieta compartían algunas características. Ambos manejaban negocios enormes, tenían una extraordinaria capacidad para relacionarse con el poder político y se movían con comodidad en sectores en los que las decisiones del Estado podían determinar el éxito o el fracaso de una inversión.

Pero sus trayectorias y, a juzgar por este episodio, su manera de entender las relaciones personales eran muy diferentes. Echevarrieta había construido una extraordinaria red de amistades políticas. Era republicano, pero mantuvo una relación personal con Alfonso XIII. Fue amigo de Prieto y tuvo contactos con dirigentes de muy distintas ideologías. La historiografía económica destaca precisamente la importancia que tuvieron para sus negocios sus canales directos de comunicación con los sucesivos poderes políticos.

March parece representar aquí otra forma de entender esas relaciones: el dinero podía utilizarse también para construir el acceso. El préstamo a Echevarrieta resulta especialmente revelador si aceptamos el relato de Prieto. No necesitaba comprar directamente al ministro. Le bastaba con financiar a alguien próximo a él y convertir al deudor en intermediario. Cuando el mecanismo no funcionó, retiró el crédito.

La comparación tiene otra vertiente menos conocida. Horacio Echevarrieta no solo invirtió en minas, barcos, electricidad, aviones o edificios. Una parte de su fortuna sirvió para financiar a artistas. Uno de ellos fue Paco Durrio. Escultor, ceramista y orfebre formado inicialmente en Bilbao, pudo trasladarse a París gracias a la ayuda económica de la familia Echevarrieta. El Museo de Bellas Artes de Bilbao señala expresamente que viajó a la capital francesa bajo la protección de Horacio Echevarrieta.

Aquella inversión aparentemente improductiva tuvo consecuencias culturales sorprendentes. Durrio se instaló en París y terminó integrado en el círculo más próximo a Paul Gauguin. En 1894 compartía estudio con él y, cuando Gauguin partió hacia la Polinesia en 1895, dejó parte de su obra al cuidado del artista vinculado a Bilbao. Durrio intentó posteriormente que algunas de aquellas obras acabaran en el Museo de Bellas Artes de Bilbao y la propia familia Echevarrieta adquirió varias piezas procedentes de ese entorno.

Durrio sería además una figura de conexión entre París y los artistas vascos que viajaban a la capital francesa. Llegó incluso a ayudar al joven Pablo Picasso cuando este desembarcó en París. Echevarrieta extendió su mecenazgo a muchos otros creadores. Aurelio Arteta, Valentín Dueñas, Francisco Iturrino, Darío de Regoyos o Nemesio Mogrobejo aparecen entre los artistas favorecidos por los encargos de la familia.

La ironía de la historia es considerable. Uno de los hombres más ricos e influyentes de España terminó dependiendo del crédito de otro empresario. El gran diversificador que había invertido en algunos de los sectores más modernos de su tiempo sufrió precisamente por haber arriesgado demasiado.

Sus astilleros gaditanos fueron uno de los principales agujeros. El fracaso de su estrategia de colaboración naval y las dificultades para conseguir pedidos terminaron erosionando su patrimonio. Los problemas se agravaron durante los años treinta hasta hacerle perder buena parte del poder económico que había acumulado durante décadas.

La historia que dejó escrita Prieto añade una dimensión particularmente dura a aquella decadencia. Echevarrieta había dedicado durante décadas su dinero a levantar empresas, financiar proyectos tecnológicos, promover nuevos sectores y ayudar a artistas como Paco Durrio. Cuando necesitó que alguien le financiara a él, apareció Juan March. Pero aquel dinero tenía un precio que no figuraba necesariamente en el tipo de interés. March quería llegar hasta el ministro. Y cuando Echevarrieta no pudo abrirle esa puerta, se acabó el crédito.

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