Fábrica de baterías de Hilthium: el consejero Jauregi solo quería una foto
El tiempo suele poner las cosas en su sitio. También en política industrial. Y en el caso de la supuesta fábrica de baterías de Hilthium en Euskadi, el reloj ha terminado por demostrar que aquello que se anunció con grandes titulares era poco más que humo. Hoy sabemos que se vendió la piel del oso antes de cazarlo. Y lo que es peor: se hizo de forma consciente, con el único objetivo de lograr una foto.
El Gobierno Vasco se dio una prisa extraordinaria en anunciar un acuerdo con la compañía china Hilthium cuando todavía no había absolutamente nada firmado. Ni un compromiso firme, ni un contrato, ni un proyecto industrial cerrado. Sin embargo, se presentó públicamente como si la inversión fuese un hecho consumado. El objetivo era claro: generar un titular positivo en un momento en el que el consejero de Industria, Mikel Jauregi, estaba siendo duramente cuestionado por su gestión.
La jugada, sin embargo, ha salido mal. Muy mal. Porque finalmente ha sido el Gobierno de Navarra, con la ayuda del Ejecutivo de Pedro Sánchez, el que se ha hecho con la fábrica de baterías. Mientras tanto, Euskadi se queda con el recuerdo de aquel anuncio precipitado que hoy se revela como un ejercicio de marketing político más que como una operación industrial seria.
Y no es la primera vez que el consejero Jauregi incurre en este tipo de prácticas. Más bien al contrario: parece haberse especializado en vender motos. Basta recordar el episodio de la crisis de Guardian, cuando desde el Gobierno Vasco se aseguró que hasta cuatro inversores estaban supuestamente interesados en rescatar la compañía. Cuatro. La pregunta es inevitable: ¿existían realmente? A la vista del resultado, todo apunta a que fue una trola más para ganar tiempo y construir un relato.
La política industrial no puede convertirse en un ejercicio de propaganda. Pero esa es precisamente la sensación que deja también el célebre viaje relámpago de Jauregi a Japón, supuestamente destinado a salvar la planta de Bridgestone en Basauri. Aquella misión terminó reducida a una foto con la secretaria del director de calidad de la división de neumáticos para tractores de la multinacional nipona. Mucho viaje, mucha épica… y ningún resultado tangible.
Algo parecido ocurre con las operaciones en torno a Talgo o Teknei. Movimientos presentados como grandes operaciones de arraigo empresarial, pero siempre acompañados de complejos mecanismos financieros que permiten que el empresario de turno apenas asuma riesgo alguno. Una pregunta vuelve a aparecer: ¿se busca realmente el arraigo industrial o simplemente otra foto?
Gobernar exige algo más que titulares. Requiere seriedad, discreción cuando las operaciones aún están verdes y, sobre todo, trabajo constante para mejorar la sociedad. La política industrial no puede gestionarse como una campaña de marketing permanente. Porque cuando un gobierno antepone la foto al resultado, el riesgo es evidente: que al final la foto quede… pero la fábrica se vaya a otro sitio.
