¿Cuántas Multiverse saldrán de Multiverse?
En Gipuzkoa empieza a extenderse la sensación de que hemos ganado la carrera de la inteligencia artificial. Multiverse Computing vale 2.000 millones de euros, acaba de captar 500 millones, prevé seguir aumentando su plantilla y su CEO, Enrique Lizaso, sostiene que existe la oportunidad de que buena parte del desarrollo europeo de la IA se concentre en Donostia. Instituciones, empresarios e investigadores se han sumado estos días a un relato que sitúa al territorio ante una especie de conjunción astral tecnológica.
Conviene introducir una dosis de prudencia. Multiverse puede fracasar. De hecho, es probable que lo haga. No porque haya razones especiales para pensar que vaya a hacerlo, sino porque es una empresa tecnológica que compite en uno de los mercados más rápidos, inciertos y mejor financiados del mundo. Puede convertirse en una gran multinacional, ser comprada, equivocarse de tecnología, quedarse atrás frente a sus competidores o descubrir que algunos de los productos que hoy prometen mucho no generan el negocio esperado. Nadie lo sabe.
Por eso, una valoración de 2.000 millones no convierte todavía a Gipuzkoa en la vanguardia europea de la inteligencia artificial. Ni siquiera el éxito definitivo de Multiverse lo haría necesariamente. Una gran empresa no es un ecosistema.
La propia historia de Multiverse debería invitarnos a ser cautos con los relatos construidos a posteriori. La compañía ni siquiera se concibió en Donostia. Según explicó el propio Lizaso en La Vanguardia, sus cuatro fundadores estaban en Barcelona cuando decidieron transformar en empresa el proyecto en el que venían trabajando.
Necesitaban financiación y acudieron a Acció, la agencia de desarrollo empresarial del Ayuntamiento de la ciudad condal, donde les dieron un plazo de tres meses para responderles. Probaron suerte entonces en Donostia y Fomento San Sebastián, con la colaboración de BIC Gipuzkoa, tardó cuatro horas en ofrecerles 50.000 euros a fondo perdido a cambio de instalar aquí la empresa.
Hubo, por supuesto, terreno abonado. Uno de los cuatro fundadores, Román Orús, era ya investigador Ikerbasque en el DIPC. Y probablemente detrás de aquella respuesta extraordinariamente rápida hubo más personas e instituciones. Pero resulta difícil convertir esta historia en el resultado previsible de un plan diseñado muchos años antes. Fue algo probablemente mejor: una oportunidad inesperada ante la que alguien reaccionó muy rápido.
Eso también es política económica. Ikerbasque había contribuido a traer científicos de primer nivel. Donostia disponía de centros de investigación, universidades y una cierta concentración de conocimiento. Y cuando apareció un grupo de emprendedores buscando dónde instalar una empresa que entonces era poco más que una apuesta sobre las posibles aplicaciones de la computación cuántica, las instituciones guipuzcoanas fueron más ágiles que las catalanas.
Ahora tenemos el resultado delante. Y es extraordinario. Pero quizá estemos mirando el indicador equivocado. El activo más interesante que está dejando Multiverse en Gipuzkoa no son sus 2.000 millones de valoración. Son las personas que trabajan dentro. Científicos, ingenieros, programadores, comerciales y directivos están aprendiendo a desarrollar productos tecnológicos, trabajar con clientes internacionales, captar centenares de millones de euros, contratar talento en todo el mundo y competir en un mercado global desde Donostia.
Algunos seguirán muchos años en Multiverse. Otros se irán. Y sería muy bueno que se fueran. No de Gipuzkoa, sino de Multiverse. Que dos ingenieros decidan desarrollar una tecnología que han detectado mientras trabajaban allí. Que tres científicos monten una empresa para explotar una aplicación que Multiverse no considera prioritaria.
Que un comercial se asocie con un programador y levanten capital para lanzar otro producto. Que quienes hayan aprendido a captar inversores internacionales utilicen después esos contactos para financiar sus propias compañías. Ese sería el verdadero efecto tractor de Multiverse.
La historia de los grandes ecosistemas tecnológicos está llena de procesos de este tipo. Las empresas forman personas y esas personas crean otras empresas. Estas generan a su vez nuevos trabajadores, directivos y emprendedores, algunos de los cuales vuelven a empezar. El conocimiento, los contactos y el capital circulan. Una empresa produce productos. Un ecosistema produce empresas.
Hay un dato que permite entender la diferencia. Barcelona, que perdió Multiverse frente a Donostia, cuenta actualmente con 52 empresas relacionadas con la computación cuántica, según los datos citados recientemente por Noticias de Gipuzkoa. Facturan conjuntamente 91,4 millones y emplean a 470 personas.
Gipuzkoa tiene algo excepcional: una sola compañía que aspira a acercarse por sí misma a ese volumen de empleo. Pero precisamente por eso la siguiente pregunta no debería ser cuánto llegará a valer Multiverse. Debería ser cuántas empresas acabarán saliendo de ella.
Las instituciones tienen aquí una oportunidad probablemente más importante que la de seguir alimentando un campeón tecnológico. Pueden facilitar que los trabajadores de Multiverse y de otras compañías tecnológicas creen empresas, conseguir que encuentren financiación cuando decidan hacerlo y procurar que el talento internacional que hoy llega atraído por una compañía encuentre razones para permanecer en Gipuzkoa aunque mañana deje de trabajar para ella.
Porque incluso en el escenario menos deseable, el fracaso de Multiverse no tendría por qué significar el fracaso de la apuesta realizada. Imaginemos que dentro de diez años Multiverse ya no existe. Pero imaginemos también que para entonces cincuenta antiguos empleados han creado quince empresas, algunas tienen centenares de trabajadores y de ellas empiezan a surgir nuevos proyectos. Habríamos perdido un unicornio y ganado un ecosistema.
También puede ocurrir algo mucho mejor: que Multiverse se convierta en una gran multinacional con raíces en Donostia y, simultáneamente, vaya generando a su alrededor decenas de nuevas compañías. Ese debería ser el objetivo. Por eso conviene rebajar ahora el triunfalismo.
Gipuzkoa tiene universidades, centros tecnológicos, investigadores, industria, capital público y privado y, desde hace unos años, una empresa capaz de atraer talento tecnológico internacional. Son ingredientes extraordinariamente valiosos. Pero todavía son ingredientes.
No sabemos si estamos ante una conjunción astral. Lo que sí sabemos es que tenemos una oportunidad. La primera vez, cuando cuatro emprendedores llamaron buscando 50.000 euros, alguien supo aprovecharla en cuatro horas. Ahora tenemos otra bastante mayor. Consiste en conseguir que Multiverse no sea la excepción que permita presumir de unicornio, sino el lugar del que salgan las próximas Multiverse.

El fenómeno tiene precedentes conocidos. De PayPal salieron emprendedores que después crearon o impulsaron YouTube, LinkedIn, Yelp, Palantir, Tesla o SpaceX, hasta acuñarse la expresión PayPal Mafia. Mucho antes, de Fairchild Semiconductor habían surgido Intel, AMD y decenas de compañías que contribuyeron a construir Silicon Valley, mientras Skype desempeñó un papel parecido en el desarrollo del ecosistema tecnológico de Estonia.
También tenemos ejemplos mucho más próximos. De empresas pioneras de Internet y software como Panda Security, Ya.com, Tuenti o la Ideateca salieron profesionales que después crearon, dirigieron, financiaron o se incorporaron a nuevas startups. Ese es precisamente el efecto multiplicador que Gipuzkoa debería aspirar a obtener de Multiverse: no solo conservar sus empleos actuales, sino convertir la concentración excepcional de talento y experiencia que está generando en una cantera de nuevos emprendedores.

Enrique Lizaso dixit: «existe la oportunidad de que buena parte del desarrollo europeo de la IA se concentre en Donostia».
Una cosa es aspirar a que Donostia tenga un nicho tecnológico europeo de primer nivel; otra, presentar ese nicho como candidato a concentrar buena parte de la IA europea. Ahí el marketing empieza a comerse a la geografía, al capital y a la industria.