Sobre la moda del selfie

Selfie
Selfie (Photo credit: Gitte Herden)

Hace unos días uno de los principales periódicos del país ilustraba un reportaje de viajes con una imagen en la que unos turistas se hacían un selfie. Rajoy, la Reina Letizia y Obama también han participado en este tipo de acciones. El verano ha dejado, además, imágenes impactantes de un corredor de los encierros de San Fermín que trataba de fotografiar a uno de los toros y de un francés que participaba en la suelta de vaquillas de las fiestas de Bayona que se hacía una imagen de sí mismo antes de ser alcanzado por el animal (ver vídeo inferior). El selfie es, sin duda, el fenómeno de moda, reflejado incluso en una canción de los Chainsmokers.


Se trata de una evidente evolución del autógrafo pero también de algo más. El selfie permite inmortalizar actividades cotidianas y tiene otras dos virtudes que no contiene el recuerdo firmado sobre el papel: la viralización y la comunicación. Una fotografía hecha con un móvil se puede reproducir rápidamente en las redes sociales (y especialmente en Instagram, que es la reina de los selfies) y generar de esa forma el reconocimiento inmediato de nuestros conocidos e incluso del mundo mundial.

Creo que el valor del selfie va mucho más allá del del simple recuerdo o del enriquecimiento que supone poseer la firma de un famoso. Las auto-fotografías han pasado a formar parte de ese elemento de reconocimiento, o de caché, al que tanta importancia dio Maslow en su conocida pirámide y que tiene mucho que ver con las redes sociales. Además, el selfie permite comunicar en cuanto mecanimismo de transmisión del entusiasmo que se vive en un determinado momento, visitando un sitio conocido o compartiendo charla con un personaje famoso. Es un claro ejemplo de que muchas veces una imagen vale más que mil palabras.

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