¿Por qué Pradales (todavía) no ha destituido a su consejero de industria?

El fiasco del proyecto de baterías de Hithium en Euskadi ha dejado algo más que un mal sabor de boca. Ha puesto sobre la mesa una cuestión política incómoda: por qué el lehendakari Imanol Pradales mantiene en su puesto al consejero de Industria, Mikel Jauregi, después de un error que, en cualquier otro contexto político o empresarial, habría tenido consecuencias inmediatas.


El primer problema fue de prudencia. Jauregi anunció a bombo y platillo un acuerdo con Hithium cuando en realidad lo que existía eran conversaciones preliminares. En política industrial —y más aún cuando se trata de inversiones internacionales— la diferencia entre una negociación en curso y un acuerdo cerrado es abismal. Confundir ambas cosas no solo genera expectativas irreales, sino que debilita la posición negociadora de quien se precipita.

Pero el problema no fue únicamente de comunicación. También lo fue de capacidad de gestión. El caso Hithium ha evidenciado una notable debilidad a la hora de trabajar y consolidar una negociación compleja, precisamente el tipo de proceso que exige paciencia, interlocución constante y una estrategia institucional bien engrasada. Basta comparar lo ocurrido en Euskadi con la forma en que la presidenta de Navarra, María Chivite, ha manejado operaciones industriales relevantes en la Comunidad Foral para entender hasta qué punto la diferencia de enfoque puede resultar decisiva.

Además, el tropiezo con Hithium no es un episodio aislado. En el entorno del Gobierno vasco se comenta desde hace tiempo que el lehendakari lleva al menos un año molesto con su consejero de Industria. Las críticas internas apuntan a una escasa capacidad de trabajo y a ciertas dificultades para manejar con solvencia un departamento clave en un momento especialmente delicado para la reindustrialización europea.

No conviene olvidar tampoco el perfil previo de Jauregi. Antes de llegar al Gobierno vasco no era un experto en política industrial ni en captación de inversiones, sino un gestor de recursos humanos en una firma británica. El salto a una consejería tan estratégica siempre generó dudas que, con el tiempo, no parecen haberse disipado, sino todo lo contrario.

La pregunta, por tanto, es inevitable: ¿por qué sigue en el cargo?

La respuesta parece encontrarse en una mezcla de soberbia política y cálculo personal. A Imanol Pradales le cuesta asumir errores. Destituir a su consejero de Industria equivaldría a reconocer que la apuesta inicial fue equivocada, algo que ningún líder político hace con facilidad, y menos aún en los primeros compases de su mandato.

Pero también pesa el factor personal. Pradales y Jauregi mantienen una relación estrecha desde hace años: ambos realizaron juntos su tesis doctoral en la Universidad de Deusto. En política, las lealtades personales suelen tener más peso del que se reconoce públicamente.

A ello se suma una cierta estrategia de reparto de papeles dentro del Gobierno. El lehendakari parece haber optado por concentrarse en las grandes cuestiones políticas —a menudo con una dimensión más simbólica o propagandística— mientras delegaba la gestión económica en sus consejeros. En ese contexto se entiende, por ejemplo, la insistencia en la presencia internacional y gestos como su costoso viaje al World Economic Forum de Davos.

El problema es que esa división del trabajo resulta difícil de justificar en su caso. Pradales llegó a Ajuria Enea precisamente avalado por su experiencia en la gestión económica y administrativa en la Diputación de Bizkaia. Delegar por completo un asunto tan estratégico como la negociación con grandes inversores industriales no parece coherente con ese perfil.

Porque, en última instancia, el caso Hithium no es solo un problema de un consejero que se precipitó. También plantea dudas sobre el liderazgo del propio lehendakari. Si el proyecto era tan importante como se dijo, ¿por qué no se implicó personalmente desde el principio?

Tal vez la pregunta más relevante ya no sea por qué Jauregi sigue en su puesto, sino cuánto tiempo más podrá mantenerse así la situación sin que el desgaste político termine alcanzando al propio Pradales. En política industrial, como en casi todo, los errores pueden cometerse. Lo que suele resultar más caro es no asumirlos a tiempo.

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