Por qué es un error pensar que un ordenador cuántico impulsará por sí solo la ciencia en Euskadi

En los últimos años, la computación cuántica se ha convertido en un símbolo de modernidad científica. Anunciar la compra o instalación de un ordenador cuántico parece, a ojos de muchos responsables políticos, una forma rápida de situar a una región en la vanguardia del conocimiento. Sin embargo, esta idea es profundamente equivocada. Confundir la posesión de una infraestructura llamativa con el fortalecimiento real de un ecosistema científico no solo es ingenuo, sino potencialmente contraproducente.


La ciencia no avanza por acumulación de objetos. La historia de la ciencia muestra que el progreso no depende de tener máquinas extraordinarias, sino de comunidades capaces de formular buenas preguntas. Un telescopio no hace astrónomos, ni un acelerador de partículas crea físicos de prestigio por decreto. Del mismo modo, un ordenador cuántico no genera automáticamente investigación relevante. Sin investigadores formados, proyectos bien definidos y una masa crítica de talento, estas máquinas se convierten en piezas de museo tecnológico: costosas, complejas y subutilizadas.

La computación cuántica aún es una herramienta inmadura. Otro error habitual es asumir que los ordenadores cuánticos actuales ya son instrumentos prácticos para la ciencia aplicada. En realidad, la mayoría de estos sistemas están en una fase experimental, con fuertes limitaciones en estabilidad, escalabilidad y corrección de errores. Sus aplicaciones reales son muy específicas y, en muchos casos, todavía teóricas. Pensar que disponer de uno va a transformar de inmediato la investigación en biomedicina, materiales o clima es confundir promesa a largo plazo con impacto a corto plazo.

El talento es el verdadero cuello de botella. Incluso en los países punteros, la computación cuántica avanza gracias a equipos altamente especializados que combinan física, matemáticas, ingeniería y ciencias de la computación. Formar estos perfiles lleva años, a veces décadas. Si una región no ha invertido previamente en educación avanzada, atracción de talento internacional y carreras científicas estables, el ordenador cuántico no encontrará quién lo use de forma significativa. En el mejor de los casos, se dependerá de colaboraciones externas; en el peor, quedará infraexplotado.

Infraestructura sin estrategia es marketing. Con frecuencia, la compra de un ordenador cuántico responde más a una lógica de visibilidad política que a una planificación científica rigurosa. El titular es atractivo: “la región X entra en la era cuántica”. Pero sin una estrategia clara —qué problemas se quieren abordar, qué grupos liderarán la investigación, cómo se integrará la máquina en redes internacionales— la inversión corre el riesgo de convertirse en puro marketing tecnológico. La ciencia, sin embargo, no se construye a base de titulares.

El coste de oportunidad. Un ordenador cuántico no solo es caro de adquirir; también exige mantenimiento, personal especializado y recursos continuos. Cada euro destinado a esta infraestructura es un euro que no se invierte en contratos predoctorales, laboratorios bien equipados, financiación competitiva o tiempo de investigación. En regiones con sistemas científicos frágiles, el coste de oportunidad puede ser enorme: se sacrifica lo básico por lo espectacular.

Lo que sí impulsa la ciencia regional. Si el objetivo es mejorar la ciencia de una región, las prioridades son conocidas y mucho menos glamurizadas: educación sólida, financiación estable y a largo plazo, evaluación basada en mérito, apertura internacional y condiciones laborales que permitan carreras científicas sostenibles. Las grandes infraestructuras solo tienen sentido cuando coronan un ecosistema ya maduro, no cuando intentan sustituirlo.

Conclusión. Creer que un ordenador cuántico puede transformar por sí solo la ciencia de una región es confundir el medio con el fin. La ciencia no progresa por acumulación de tecnologías de vanguardia, sino por la calidad de las personas, las ideas y las instituciones que las sostienen. Sin ese sustrato, la computación cuántica no será un motor de desarrollo científico, sino un símbolo caro de ambiciones mal entendidas.

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