¿Por qué el paro no baja en Euskadi pese al récord de empleo?

Euskadi encadena máximos históricos de afiliación a la Seguridad Social y presume de un mercado laboral que, en términos agregados, sigue creando empleo. Sin embargo, hay una cifra que se resiste a moverse: el número de personas desempleadas. Desde hace tres años, el paro parece enquistado en torno a las 107.000 personas, muy lejos todavía de los mínimos previos a la crisis financiera, cuando en 2007 apenas se superaban los 71.000 parados.


La paradoja es evidente: más empleo, pero el mismo paro. Y la explicación no es única, sino una combinación de factores estructurales, demográficos, metodológicos y también sociales. Veamos:

Un paro cada vez más estructural. El perfil de las personas desempleadas en Euskadi se repite con notable estabilidad. Predominan las mujeres, los mayores de 45 años —especialmente los mayores de 55, que ya suponen el 31% del total—, los trabajadores del sector servicios y quienes no han superado la enseñanza obligatoria. En cada una de estas categorías se concentra más de la mitad del paro registrado.

Este retrato apunta a un problema estructural más que coyuntural. No se trata tanto de una falta de creación de empleo como de una dificultad creciente para encajar a determinados colectivos en un mercado laboral cada vez más exigente en formación, flexibilidad y polivalencia. Más de la mitad de los parados carecen de estudios profesionales y llevan mucho tiempo sin trabajar.

Más empleo… pero para otros. Otra de las claves está en quién ocupa los nuevos puestos de trabajo: jóvenes que acceden a su primer empleo, inmigrantes y personas inactivas que se reactivan. A ello se suma un factor metodológico: el paro se mide a final de mes, mientras que la afiliación es una media mensual. Los contratos de muy corta duración —frecuentes en el sector servicios— inflan las cifras de afiliación, pero no logran reducir de forma sostenida las listas del desempleo.

Precariedad. El peso creciente del sector servicios, frente a una industria más expuesta a la incertidumbre económica, genera ocupación con mayor temporalidad, parcialidad y salarios más bajos. Y aleja a las personas que tienen perfiles menos adaptables, mayor edad y menor disposición a trabajar por sueldos ajustados.

El papel de la RGI: ¿red de seguridad o freno? Uno de los elementos más controvertidos del debate es el papel de las prestaciones y ayudas sociales, en particular la Renta de Garantía de Ingresos (RGI), mucho más generosa que las rentas mínimas existentes en otras comunidades. En Euskadi, solo el último mes casi 30.000 personas cobraron alguna prestación por desempleo, el 27% del total de parados, a lo que se suman las ayudas sociales.

Este colchón reduce la urgencia por aceptar “cualquier empleo”, especialmente aquellos peor remunerados o más inestables, lo que podría contribuir al estancamiento del paro. Hay personas que prefieren seguir cobrando la RGI a ponerse a trabajar: uno de cada cinco perceptores lleva más de diez años en esta situación. Este factor cobra relevancia al comparar Euskadi con comunidades como Madrid, cuya renta mínima es más limitada, tanto en cuantía como en cobertura, lo que genera una mayor presión para reincorporarse rápidamente al empleo.

Mientras en Euskadi el sistema de protección actúa como red de seguridad frente a la exclusión, en Madrid funciona más como un recurso de último recurso. Esto incentiva una reincorporación más rápida al mercado laboral, incluso en empleos de baja calidad, algo que en las estadísticas reduce el paro, pero no necesariamente mejora la estabilidad vital de los trabajadores.

Mientras Euskadi, con una población de algo más de 2 millones de personas, se enquista en los 107.000 desempleados, Madrid, con más de 7 millones, sigue reduciendo la cifra hasta los 275.000. Es decir, un paro 2,5 veces superior con un número de habitantes más de tres veces más alto.

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