Por qué Apple se equivocó con Siri
Durante años, Apple tuvo una ventaja que hoy parece casi incomprensible haber desperdiciado. Siri llegó al mercado mucho antes de que habláramos de inteligencia artificial generativa, asistentes conversacionales o grandes modelos de lenguaje. Fue pionera. Estaba integrada en millones de dispositivos y tenía algo que ninguna otra tecnología poseía entonces: acceso directo al día a día del usuario. Sin embargo, más de una década después, Siri se ha convertido en el ejemplo más claro de una oportunidad mal ejecutada.
El problema de Siri no fue tecnológico en origen, sino estratégico. Apple trató a Siri como un producto de diseño, no como un sistema que debía aprender, evolucionar y mejorar con el uso. Durante demasiado tiempo, la prioridad fue cómo se veía y cómo sonaba, no si entendía bien lo que se le pedía ni si ofrecía respuestas realmente útiles. La experiencia estaba cuidadosamente animada, pero el contenido de la interacción era superficial. En un momento en el que la inteligencia artificial avanzaba hacia la comprensión profunda del lenguaje, Siri seguía respondiendo de forma rígida, predecible y limitada.
A esto se suma un segundo error clave: la obsesión por la voz como canal principal. Apple apostó casi exclusivamente por la interacción hablada, cuando en la práctica muchas personas prefieren escribir, especialmente en entornos públicos o profesionales. Hablarle a un teléfono no siempre es natural ni cómodo. Al limitar la interacción, también se limitó el uso. Siri se convirtió en algo que se usaba para poner alarmas o preguntar el tiempo, no para pensar, planificar o resolver problemas.
Mientras tanto, otros actores entendieron que el futuro no estaba en el asistente “simpático”, sino en el asistente capaz. Apostaron por modelos que aprendían del contexto, que mantenían conversaciones largas y que podían razonar sobre información compleja. Siri, en cambio, quedó atrapada en una arquitectura fragmentada, con respuestas poco conectadas entre sí y sin memoria real de la conversación.
Otro factor decisivo fue la indecisión interna. Durante años, Apple cambió de enfoque sobre cómo debía evolucionar Siri: distintos modelos, distintas arquitecturas, distintos equipos. Esa falta de una dirección clara ralentizó el desarrollo y diluyó responsabilidades. El resultado fue un producto que parecía siempre “en transición”, pero que nunca daba el salto definitivo.
También hay que hablar de la privacidad. Apple ha convertido la protección de datos en uno de los pilares de su marca, y eso tiene un valor incuestionable. Pero esa misma decisión ha tenido un coste evidente en el desarrollo de Siri. Limitar el uso de datos y priorizar el procesamiento local dificulta entrenar sistemas que dependen de enormes volúmenes de información para mejorar. Mientras otros aceptaban un enfoque más agresivo, Apple avanzaba con el freno puesto.
El golpe final llegó con la gestión de expectativas. Apple prometió una nueva Siri más contextual, más inteligente y más integrada en el sistema. Pero las funciones clave se retrasaron. Lo que se anunció como una transformación se convirtió en una espera indefinida. En el mundo de la inteligencia artificial, donde el ritmo de innovación es brutal, llegar tarde es casi lo mismo que no llegar.
Siri no fracasó por falta de talento ni por falta de recursos. Fracasó porque Apple la trató como una característica más del ecosistema, no como una plataforma estratégica. Se priorizó el control, la estética y la cautela frente a la experimentación, el aprendizaje continuo y la ambición tecnológica.
Hoy, cuando Apple busca apoyarse en modelos externos para modernizar Siri, el movimiento tiene sentido, pero también revela algo incómodo: el liderazgo inicial se perdió hace tiempo. Recuperarlo no será imposible, pero sí costoso. Y exige aceptar que, en inteligencia artificial, el diseño ya no basta. La utilidad real es la única interfaz que importa.
