Los trabajos del futuro: entre la abundancia prometida y la reinvención forzosa

El futuro del trabajo se ha convertido en uno de los grandes campos de batalla del capitalismo tecnológico. En Davos, Elon Musk volvió a ejercer de profeta al anunciar una “era increíble de abundancia” en la que el empleo será opcional y el dinero dejará de ser relevante. Su visión, impulsada por la convergencia entre inteligencia artificial y robótica, contrasta con una realidad más compleja y menos utópica: el trabajo no desaparece, pero cambia de forma acelerada, desigual y, para muchos, inquietante.


Musk no habla desde la teoría. Tesla ha decidido abandonar la producción de los Model S y Model X para concentrarse en Optimus, su robot humanoide. El mensaje es claro: el valor ya no está en el coche, sino en la automatización del trabajo físico y cognitivo. Según el empresario, estos robots podrían contribuir de forma significativa al PIB de Estados Unidos y abrir un escenario de “ingresos universales elevados”. En ese mundo, trabajar sería una elección personal, casi un hobby.

Sin embargo, otros líderes tecnológicos dibujan un horizonte menos radical y más terrenal. Jensen Huang, CEO de Nvidia, rechaza la idea de una destrucción masiva del empleo y sitúa el foco en la infraestructura que hace posible la IA: fábricas de chips, centros de datos, redes energéticas y sistemas industriales. Para Huang, ahí se concentrarán muchos de los trabajos del futuro, con salarios de seis cifras y sin necesidad de doctorados. Electricistas, técnicos industriales, fontaneros especializados o trabajadores de centros de datos aparecen como grandes beneficiarios de la nueva ola tecnológica.

La consultora McKinsey aporta una tercera capa al debate. Lejos de una sustitución total, sus estudios muestran que más de la mitad de las horas de trabajo actuales pueden automatizarse con tecnología ya existente, pero eso no equivale a que los empleos desaparezcan. Lo que cambia es el contenido del trabajo. Las tareas rutinarias —buscar información, procesar datos, redactar textos básicos— pasan a manos de agentes de IA, mientras los humanos “suben en la cadena de valor”.

McKinsey es, de hecho, un laboratorio de ese nuevo modelo. La firma ya combina 40.000 empleados humanos con 25.000 agentes de IA capaces de realizar funciones completas de manera autónoma. El resultado es una organización que crece sin aumentar proporcionalmente su plantilla y que redefine qué significa ser consultor. El perfil del trabajador del futuro, según su máximo responsable, se apoya en tres habilidades difíciles de automatizar: aspiración (definir objetivos), juicio (tomar decisiones en contextos ambiguos) y creatividad genuina.

Los datos del mercado laboral refuerzan esta idea de transformación, no de extinción. LinkedIn sitúa a los ingenieros de IA como el perfil de mayor crecimiento en 2026, pero también destaca el auge de consultores de IA, estrategas, anotadores de datos y técnicos de centros de datos. No todos los trabajos del futuro son puramente tecnológicos: la clave está en saber integrar la tecnología en organizaciones, procesos y culturas.

Al mismo tiempo, los informes de Microsoft y otros centros de investigación advierten de un impacto especialmente duro en los empleos basados en el tratamiento de información: traductores, redactores, periodistas, teleoperadores o perfiles administrativos. La transición será gradual, pero desigual, y afectará con más fuerza a los trabajadores jóvenes y a los perfiles junior, justo los que tradicionalmente usaban estas tareas como puerta de entrada al mercado laboral.

Así, el futuro del trabajo se mueve entre dos fuerzas opuestas. Por un lado, la promesa de abundancia y automatización total que enarbola Musk; por otro, una realidad en la que las empresas rediseñan puestos, exigen nuevas competencias y aceleran el ritmo de cambio. El trabajo no desaparece, pero deja de ser estable, lineal y predecible.

La gran incógnita no es tecnológica, sino social y política. Si la IA y la robótica generan billones en valor, como estiman McKinsey o Nvidia, la pregunta clave es cómo se reparte ese valor y cómo se acompaña a quienes quedan desplazados. El futuro del trabajo no será solo una cuestión de robots y algoritmos, sino de decisiones colectivas sobre educación, protección social y el sentido mismo de trabajar. Porque incluso en la “era de abundancia” de Musk, alguien tendrá que decidir qué queremos hacer con todo ese tiempo liberado. Y esa, de momento, sigue siendo una tarea profundamente humana.

A esta discusión se suma una voz especialmente influyente en la historia de la tecnología: Tim O’Reilly, editor y pensador clave del ecosistema digital desde los orígenes de internet. Frente al optimismo productivista de los grandes laboratorios de IA, O’Reilly advierte de un problema estructural que Silicon Valley tiende a ignorar: una economía no es solo producción, sino producción acompañada de demanda. Y la demanda requiere poder adquisitivo distribuido.

Si la IA sustituye masivamente salarios por “inferencia”, pero no crea nuevos mecanismos de circulación del dinero, el resultado puede ser una economía más eficiente y, al mismo tiempo, más inestable. O’Reilly cuestiona abiertamente la idea de que el crecimiento del PIB generado por la IA se traduzca automáticamente en prosperidad social.

¿Quiénes serán los clientes si una parte significativa de la población queda fuera del empleo remunerado? Para el veterano tecnólogo, confiar en que “el mercado” invente nuevos trabajos o en soluciones vagas como una renta básica financiada por la generosidad de las grandes tecnológicas no es una estrategia creíble. El riesgo, advierte, es una caída abrupta de la participación del trabajo en la renta, con mayor conflicto social y reacción política.

En su diagnóstico, el problema no es la tecnología, sino el modelo económico que se está construyendo alrededor de ella. O’Reilly compara el enfoque actual de la IA con una forma de colonialismo digital: los laboratorios han absorbido el conocimiento colectivo del mundo, lo han convertido en productos rentables y han dejado en segundo plano qué ocurre con las empresas y los empleos que desplazan. El flujo de valor, señala, es mayoritariamente unidireccional: hacia el capital y los accionistas, no hacia un ecosistema de intercambio amplio.

La alternativa, sostiene, pasa por “construir la fontanería” de la nueva economía antes de dar por sentado su éxito, como ya entendieron Henry Ford con los salarios industriales o, más recientemente, Google y Amazon al crear mercados de múltiples lados. Si la IA quiere ser motor de prosperidad y no solo de eficiencia, el dividendo de productividad debería reflejarse no solo en beneficios empresariales, sino también en mejores salarios, jornadas más cortas, reparto de beneficios y una inversión masiva en recualificación.

Desde esta perspectiva, el debate sobre los trabajos del futuro deja de ser una discusión tecnológica para convertirse en una cuestión de diseño económico y político. La pregunta ya no es solo qué trabajos desaparecerán o cuáles emergerán, sino quién captura el valor generado por la IA y cómo se redistribuye en una sociedad donde el capital puede volverse abundante y el trabajo, escaso. Para O’Reilly, frenar la IA no es la respuesta. La respuesta es construir la mitad que falta de la economía de la IA.

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