Los retos diplomáticos de Josu Jon Imaz para posicionar a Repsol en la Venezuela post-Maduro

La coyuntura política y energética venezolana atraviesa una de sus etapas más turbulentas en décadas. Tras la captura de Nicolás Maduro y la intervención de Estados Unidos en la escena política y energética del país, las decisiones de los líderes empresariales globales —y en particular de Josu Jon Imaz, primer ejecutivo de Repsol— están marcadas por un delicado equilibrio entre intereses comerciales y complejas relaciones diplomáticas.


Un tablero geopolítico reconfigurado. A comienzos de 2026, la Casa Blanca celebró una reunión de alto nivel con ejecutivos de las principales petroleras del mundo para diseñar un marco común de participación en los recursos energéticos venezolanos. El secretario de Estado, Marco Rubio, con una marcada agenda hemisférica, ha defendido un plan en tres fases que combina estabilización interior venezolana con “acceso justo” a las inversiones extranjeras en el sector petrolero.

Rubio —de origen cubanoamericano y figura clave en la política exterior estadounidense hacia América Latina— ha tratado de perfilarse como interlocutor central para cualquier compañía occidental que quiera tener un papel significativo en Venezuela siempre que se someta a las condiciones de Washington. Esto genera una triple presión diplomática para Repsol: alinearse con la política estadounidense, gestionar recursos con Caracas y negociar con Bruselas sobre las sanciones energéticas.

La importancia estratégica de Venezuela para Repsol. Aunque la producción venezolana de hidrocarburos ha caído drásticamente en los últimos años por mala gestión, corrupción e infraestructuras deterioradas, el país sigue ostentando las mayores reservas de petróleo probadas del mundo. Esto convierte a Venezuela —si se estabiliza políticamente— en una pieza clave de cualquier estrategia global de energía.

Repsol tiene presencia en varios bloques onshore y offshore —incluyendo Petroquiriquire y Cardón IV West, este último en joint venture con Eni— desde hace décadas, y acumula créditos por alrededor de 586 millones de euros que Caracas aún reconoce como deuda. Además, gran parte de la producción actual (más orientada al gas que al crudo) es vital para la estabilidad eléctrica del occidente venezolano, lo que puede ser un argumento de peso en las negociaciones diplomáticas con Caracas.

Doble desafío: Washington y Caracas. La principal complicación para Imaz no es solo obtener acceso a los recursos, sino definir bajo qué reglas lo hace. Estados Unidos ha mostrado recientemente una política dual: por un lado anima a las grandes petroleras a invertir —pidiendo inversiones privadas de hasta 100 mil millones de dólares y garantías de seguridad— pero, por otro, mantiene un rígido control de las licencias y sanciones que afectan a empresas extranjeras.

Repsol, Eni y otras compañías europeas han sufrido la revocación de licencias que permitían exportar crudo venezolano o recibirlo como forma de pago por deudas, lo que obliga a Imaz a dialogar simultáneamente con la Casa Blanca y con Caracas para restablecer un marco operativo viable. Este equilibrio exige habilidad diplomática: por un lado, demostrar a Washington que Repsol comparte su visión de estabilidad energética en el hemisferio; por el otro, convencer a las autoridades venezolanas de que no es un agente de intereses geopolíticos ajenos.

Ventajas culturales y diplomáticas inesperadas. En ese contexto, la figura de Marco Rubio —líder clave de la política estadounidense hacia Latinoamérica y de origen hispano— puede ser visto por Imaz como un aliado estratégico. La identidad cultural compartida —habla hispana y conocimiento de la región— puede suavizar las negociaciones y abrir espacios de confianza que serían más difíciles con interlocutores sin enlace cultural directo. La experiencia de Rubio en asuntos hemisféricos y la necesidad de EE. UU. de proyectar “estabilidad” en su propia retórica ofrece un punto de apoyo para Repsol.

Un factor más sutil, pero potencialmente útil en el lobby, es la diáspora vasca en América. Figuras de la comunidad como Robert Laxalt —aunque más conocidas por su influencia cultural que empresarial— representan redes establecidas que podrían apoyar iniciativas de diplomacia económica o soft power que contribuyan a posicionar mejor a Repsol frente a competidores. Su conocimiento de las dinámicas regionales y sus capacidades de lobby en círculos económicos e intelectuales de alto nivel pueden ser un complemento discreto pero valioso en la estrategia diplomática de Imaz.

En su contra juega la alineación relativamente pro-chavista del actual Gobierno de España y la mayor cercanía con los demócratas que ha mostrado hasta el momento el partido al que todavía pertenece y que presidió el actual CEO de Repsol, el PNV. No hay que olvidar que en una reciente visita institucional del lehendakari Imanol Pradales a Washington solo se le pudo ver con el congresista californiano John Garamendi, opositor de Trump. Fue en cualquier caso una reunión de poco nivel en la que se notaba que el norteamericano apenas había reservado para el vasco el descanso del bocadillo.

Competencia feroz en un mercado reabierto. La reunión de la Casa Blanca reunió a petroleras globales como Chevron, ExxonMobil, Shell, ConocoPhillips y Trafigura, además de Repsol y Eni, todas ellas evaluando su nivel de compromiso en Venezuela.

Sin embargo, la competencia no es solo estadounidense o europea: Rusia y China siguen teniendo influencia significativa, particularmente a través de acuerdos financieros antiguos y contratos de deuda por petróleo que complican cualquier reconfiguración del mercado. Los grandes competidores tendrán ventaja si consiguen acuerdos bilaterales con Caracas o compromisos con el control de exportación que Washington puede condicionar a las licencias.

Hacia una diplomacia energética integrada. Para Imaz, la diplomacia no es solo hacer negocios: es gestionar alianzas estratégicas, navegar sanciones y posicionar a Repsol como un actor creíble tanto para el empresariado estadounidense como para los poderes políticos venezolanos y europeos. Esto implica:

  • Negociar con Washington un nuevo régimen de licencias y condiciones contractuales que permitan a Repsol operar y exportar crudo venezolano.
  • Reforzar relaciones con Caracas para asegurar acceso a reservas y bloques aún no desarrollados.
  • Desactivar posibles tensiones con socios europeos que también compiten por influencia en Venezuela.
  • Aprovechar cualquier ventaja cultural o de redes de lobby —como la de la diáspora vasca— para facilitar apoyos políticos y mediáticos.

El valor diferencial de la experiencia diplomática de Josu Jon Imaz. Más allá de los factores geopolíticos, culturales o empresariales, Josu Jon Imaz cuenta con un activo clave para este escenario: una trayectoria personal marcada por la diplomacia, tanto en la política como en el mundo corporativo. A diferencia de otros ejecutivos del sector energético, Imaz no es únicamente un gestor técnico o financiero, sino un actor con experiencia directa en la negociación política de alto nivel.

Su pasado como presidente del Euzkadi Buru Batzar del PNV y como portavoz y consejero de Industria del Gobierno Vasco le permitió operar durante años en entornos de fuerte polarización, gestionar intereses contrapuestos y mantener canales de diálogo abiertos incluso en contextos de máxima tensión. Esa capacidad para moverse en escenarios complejos, donde los equilibrios institucionales son frágiles y la comunicación informal resulta tan importante como los acuerdos formales, es hoy especialmente valiosa en el caso venezolano.

En el ámbito empresarial, Imaz ha trasladado ese bagaje político a la presidencia de Repsol, convirtiéndose en un interlocutor habitual con gobiernos europeos, autoridades regulatorias y líderes internacionales del sector energético. Durante su mandato ha tenido que gestionar sanciones, conflictos regulatorios y cambios de marco legal en países estratégicos, lo que refuerza su perfil como diplomático corporativo más que como mero ejecutivo.

En un entorno como el venezolano —donde confluyen intereses de Estados Unidos, la Unión Europea, actores regionales y grandes potencias energéticas— esa experiencia híbrida puede ser determinante. Imaz no solo entiende el lenguaje de la empresa, sino también el de la política, la narrativa pública y la gestión de tiempos diplomáticos. En un momento en el que el acceso a los recursos no depende únicamente del capital invertido, sino de la confianza política que se genere, ese perfil puede marcar la diferencia frente a competidores con mayor músculo financiero pero menor sensibilidad institucional.

Conclusión. El desafío de Josu Jon Imaz trasciende los balances corporativos: es una misión diplomática en un terreno de altísima política internacional, donde los recursos energéticos son la materia prima y la legitimidad política es la moneda de cambio. Su éxito dependerá no solo de la capacidad técnica de Repsol para explotar y producir hidrocarburos, sino de su habilidad para navegar las complejas relaciones entre Washington, Caracas y los principales actores globales del sector energético.

Vídeo del apretón de manos entre Imaz y Trump:

Vídeo de la intervención de Imaz en la reunión de la Casa Blanca:

Vídeo de la sesión completa de la Casa Blanca:

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