La aventura guatemalteca

policiaLa mañana del sábado me levanté con la sensación de que iba a ser un día lleno de aventuras. La realidad no me ha engañado. Y eso que en la Twitpanamericana había tenido ya todo tipo de experiencias: furgonetas bajando o subiendo por caminos de cabras, 4×4 atravesando la selva, ríos que surgen en medio de la carretera, autopistas que han desaparecido en medio del lodo o de las rocas de un volcán o baches del tamaño de un coche.


Reconozco que las alturas me impresionan y que la tirolinea me había dejado los pelos de punta. Pero eso es una mariconada comparado con todo lo que nos sucedió el sábado. Era un día que en principio iba a ser tranquilo: en coche hasta Agua Dulce para después darnos un paseo en barca hasta Livingston, una ciudad aislada por carretera en la que el 80% de la población es de color y en la que se habla otro idioma, el garifuna, una mezcla de inglés, francés y español.

La primera etapa en coche fue sencillita. Después embarcamos para llegar a un lugar llamado “Paraíso”, en el que íbamos a comer y tomar un tractor (sí, un vehículo agrícola) para llegar hasta un lugar conocido como “Agua Caliente”. Allí había una cascada de aguas termales que había quedado aislada por la crecida de un río. Para pasar era necesario subir a unas rocas para saltar sobre el agua y después nadar tratando de evitar que nos arrastrara la corriente.

Afortunadamente, un guía apareció por allí y nos explicó cómo hacerlo. Tras ponerme en calzoncillos y, cuando estaba a punto de lanzarme a este vacío acuoso, el buen señor me pregunta a ver si sé nadar. En ese momento comprendí que quizás él no estaba allí para socorrerme si algo me pasaba. El miedo se apoderó de mí, pero no impidió que me lanzara. Y sí, conseguí llegar al otro lado. Pasamos otros tres y pudimos bañarnos en las aguas termales. Un remanso de paz que no permitía anticipar lo que nos esperaba después.

Regresamos al “Paraíso” para comer una merecida gallina recién matada y alimentada en los pastos del lago Izabel. A todos nos supo a gloria, aunque se nos atragantaron los postres al ver la pedazo tormenta tropical que se acercaba. Así que nos metimos rápidamente en la lancha para intentar evitar el aguacero. La cosa se complicó mucho, porque el trayecto hasta Livingston era de casi 3 horas.

Y se nos hizo de noche. Es entonces cuando todos alucinamos: el conductor de la barca, que no tenía luces, sacó su móvil y se puso a hacer señales marinas en medio de unos acantilados en los que no se veía ni la orilla y en la que no nos cruzábamos con ninguna embarcación. También perdimos la cobertura de móvil. Estábamos solos y, si nos pasaba algo, nadie nos podría rescatar. Sólo los rayos de la fuerte tormenta que se avecinaba nos permitían ver a ratos.

La lancha se movía. Nosotros nos inquietábamos en nuestras sillas. Alguno sacó un cigarro y se puso a fumar compulsivamente. Me recordaba a una escena de película… ¡pero la estábamos viviendo en vivo y en directo! Hasta el conductor se asustó y nos dejó a medio camino, en un pequeño puerto, ante las dificultades que planteaba llevarnos de noche hasta nuestro destino final. Al menos, aquí, donde el mar se une al río Dulce y las playas hacen encallar fácilmente a los barcos, se supone que había taxis que podrían trasladarnos por unos quetzales.

Conseguimos, en medio del caos de las calles de Livingston, un par de taxis malolientes que nos llevaron por caminos de cabras. Se supone que eran taxis, pues no lo decía por ningún sitio. Nos podían pegar un palo en cualquier momento, ya que nos habían advertido de que era una zona insegura. Y de repente, tras quince minutos de recorrido, los vehículos se pararon y sus conductores nos dijeron que habíamos llegado. Pero no se veían hoteles ni casas por ningún sitio.

Nuestro taxista poco a poco nos fue soltando información. Y es que aquí las cosas marchan a otro ritmo. Nos explicó que el hotel está a diez minutos caminando y que él no puede llegar más lejos. Estábamos sorprendidos. Todos nos miramos el uno al otro. Y añadió un dato más: “Tenéis que caminar por la playa”. No entendíamos nada. ¿A qué clase de hotel íbamos? ¿Cómo íbamos a llegar si no teníamos ni idea de dónde estábamos y todavía quedaba un buen trecho? Y para colmo de males, en el exterior empezó una fuerte tormenta tropical, de esas que ves en la televisión o en el cine. Intentamos salir. Alguien abrió una puerta y se volivó a meter rápidamente. El chaparrón es de impresión. La calada podía ser bestial, incluso trágica.

Así que esperamos. El conductor se inquietaba. No estaba dispuesto a esperarnos eternamente, así que en seguida pidió que le pagáramos. Más o menos nos estaba dando puerta. Afortunadamente, el gran Edgar, nuestro guía y amigo, pudo localizar a la recepción de nuestro hotel para que alguien viniera a ayudarnos a llegar hasta el hotel. Y vinieron. Pero seguía lloviendo. Salimos del coche como pudimos y, tras 100 metros corriendo, nos refugiamos en una tienda-casa de las proximidades. En medio habíamos dejado un extraño camino-lago en el que, entre otras especies, nos apareció un cangrejo gigante (carramarro en mi tierra) que casi se come la pata de una expedicionaria.

Nos tomamos una cerveza mientras escampaba. Ya de paso nos reímos, hicimos fotos y alucinamos con las experiencias del día. Pero había que proseguir. Y lo hicimos. Me puse a andar y de repente, en medio de la noche, con la ayuda de un rayo, me di cuenta de que estaba caminando sobre un larguísimo puente colgante que atraviesa un río y el mar. Me asusté. Las alturas me dan miedo. Encima, se empezaba a balancear sin cesar.

Afortunadamente, gracias a que era de noche y no veía mucho más, se me pasó rápidamente el miedo. Atravesamos el puente y, tras recorrer varios caminos, llegamos a una playa. Caminamos por ahí, entre la mierda que había traído la marea y los charcos (casi pantanos) provocados por la tormenta, y en unos quince minutos llegamos al hotel. ¡Bufff! Ahora, tras secarnos, había que rehacer el camino para volver a la ciudad a cenar. Afortunadamente, ya sabíamos lo que nos íbamos a encontrar. Además, esta vez no hicimos el camino solos. Nos acompañaron una pandilla de mariquitas que al menos nos hicieron reír. Pero antes de eso todavía nos dio tiempo a grabar este breve vídeo:

Las peripecias del día no acabaron ahí. Nos comimos unos deliciosos (para algunos) tapados de marisco, tomamos unos digestivos guifitis (ron mezclado con anís, romero y diversas raíces locales) y echamos unos bailes rodeados de espectaculares negritas. Para volver al hotel, a la 1 de la madrugada, cuando la Ley Seca guatemalteca decreta el cierre de todos los locales nocturnos, como no había taxis, tuvimos que recurrir a un coche de la policía, que amablemente nos transportó. Pero esa historia creo que está ya muy tuiteada y fotografiada.

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