Ibermática-Ayesa: cuando la política sustituye al análisis económico
Hay algo profundamente revelador —y preocupante— en la forma en que se está abordando la operación de compra de Ibermática-Ayesa por parte de un consorcio vasco. No tanto por el resultado final, que aún está por verse, sino por los criterios que se están utilizando en el proceso. O, mejor dicho, por los criterios que no se están utilizando.
En un entorno económico que presume de madurez, rigor y profesionalización, resulta casi grotesco que los “raros” parezcan ser los de Kutxa por haber hecho exactamente lo que cabe esperar de una entidad responsable: someter una posible entrada en la operación a un riguroso análisis técnico, financiero y estratégico. Lo anómalo no es eso. Lo anómalo es que, frente a ese ejercicio elemental de prudencia, en el resto de entidades (Gobierno Vasco, Kutxabank y BBK) se haya impuesto el criterio del corazón, convenientemente disfrazado de político, y alineado con los intereses particulares de un empresario concreto: el propietario de Teknei.
Conviene recordar algo básico que parece haberse olvidado en este debate. Que un gobierno compre una empresa privada debería ser algo absolutamente excepcional. Reservado a casos muy concretos, ligados a infraestructuras estratégicas donde exista un riesgo claro de que un operador privado actúe contra el interés general. Y aun en esos supuestos, la intervención pública debería ser quirúrgica, temporal y extraordinariamente justificada.
En el sector informático vasco, además, ese argumento pierde aún más fuerza. Si de verdad se considera que el control público de determinadas capacidades digitales es estratégico, ya existe un instrumento para ello: Ejie. Pretender que la solución pasa por la compra —directa o indirecta— de una gran consultora privada no solo es discutible, sino conceptualmente erróneo.
Muy distinto es que un gobierno apoye a empresarios privados en operaciones de crecimiento, consolidación o internacionalización. Eso sí es positivo y, bien hecho, incluso deseable. Pero lo que estamos viendo en los casos de Talgo y de Ibermática-Ayesa —y de forma especialmente clara en este último— es justo lo contrario: no es el empresariado quien impulsa la operación con apoyo institucional, sino los políticos quienes la empujan buscando a posteriori un empresario que la legitime.
Y ahí aparece el elemento más difícil de defender desde cualquier lógica económica. El dueño de Teknei, llamado a jugar un papel central en la narrativa de esta operación, apenas va a aportar algo más del 5% del capital. Cinco por ciento. Es difícil no calificarlo de ridículo. Más aún cuando no es un hecho aislado: es exactamente el mismo esquema que ya utilizó en Atlantic Data Infrastructure. Mucho protagonismo, muy poco riesgo propio.
La pregunta relevante, sin embargo, no es qué ocurre hoy, sino qué va a ocurrir mañana. Y las respuestas no son precisamente alentadoras. A medio plazo, el resultado previsible es un sector informático con una compañía privilegiada políticamente, pero poco competitiva en términos reales. Un campeón artificial, protegido, con ventajas no derivadas del mercado ni de la innovación. El efecto colateral es obvio: un lastre adicional —y no menor— para la ya complicada transformación digital del país.
Además, los recursos públicos y cuasi públicos que se están orientando a este tipo de operaciones dejan de estar disponibles para otros fines mucho más sanos a largo plazo: I+D, apoyo a startups, transferencia tecnológica, creación de ecosistemas innovadores. Es decir, justo aquello que de verdad genera valor sostenible y competitividad.
Con una excepción significativa, conviene decirlo. Gipuzkoa demuestra que hay otra forma de hacer las cosas. Allí, con una estrategia más coherente y menos sentimental, se están cosechando éxitos tan evidentes como Multiverse Computing o Viralgen. Empresas nacidas de la apuesta por el conocimiento, la ciencia y el emprendimiento, no de operaciones corporativas dirigidas desde despachos políticos.
La paradoja final es amarga: mientras se predica la importancia de la técnica, la profesionalización y la competitividad, se toman decisiones guiadas por impulsos políticos y relatos emocionales, ahora rebautizados como «arraigo». Y cuando alguien se atreve a pedir números, análisis y estrategia, pasa a ser señalado como el extraño. Quizá no sean tan raros. Quizá sean, simplemente, los únicos que están haciendo lo que toca.
