Ibermática-Ayesa: arraigo de cuadrilla

El arraigo empresarial suele presentarse como una virtud incuestionable. Y, bien entendido, puede serlo. Que las empresas estén ancladas aquí —con centros de decisión cercanos, empleo estable y compromiso con el territorio— es preferible a que lo estén a cientos o miles de kilómetros. Ahora bien, el arraigo solo es positivo cuando es sincero y cuando se consigue a un precio razonable y competitivo. Cuando se convierte en coartada para otros fines, deja de ser virtud y pasa a ser excusa.


Hay ejemplos donde el argumento del arraigo resulta defendible. Uvesco es uno de ellos: una compañía con implantación real, con mercado y con un encaje claro en su sector. El debate puede existir, pero la lógica industrial está ahí. En Talgo, en cambio, las dudas son mayores. El precio parece excesivo, el empresario corre pocos riesgos y está por ver si la empresa tiene el encaje que hoy exige un mercado que demanda calidad y, sobre todo, celeridad en las entregas. El arraigo, en este caso, no despeja las incógnitas de fondo.

Donde el discurso chirría de verdad es en Ibermática. El arraigo que se nos vende suena menos a proyecto industrial y más a coartada para entregar una empresa grande a un empresario próximo al poder. A mi juicio, el caso de Joseba Lekube —máximo accionista de Teknei— concentra demasiadas sombras como para despacharlas con una apelación sentimental al “quedarse en casa”.

El riesgo asumido por el comprador es mínimo —apenas el 1% del precio total— y la operación descansa más en palancas financieras y apoyos públicos que en una apuesta empresarial clara. Sin olvidar la presencia de varios familiares y amigos de políticos del PNV en la compañía, una circunstancia que, sin necesidad de afirmar ilegalidades, resulta poco edificante en términos de gobernanza y meritocracia. Todo ello alimenta la percepción de que aquí pesa más la capacidad de lobby que un historial probado de creación de valor.

Por eso, cuando se invoca el arraigo en Ibermática, cuesta no pensar en un “arraigo de cuadrilla”: una operación entre conocidos, amparada en un relato identitario, que evita la comparación abierta y el contraste riguroso de alternativas. El problema no es que la empresa se quede aquí; al contrario, ojalá. El problema es el cómo y a qué precio.

Lo que se echa en falta es un análisis serio, frío, basado en números, riesgos y planes industriales. Un examen que responda a preguntas básicas como ¿quién arriesga de verdad?, ¿qué proyecto hay a medio y largo plazo?, ¿qué garantías existen de competitividad y crecimiento? Sin ese ejercicio, el arraigo deja de ser política industrial y pasa a ser un eslogan útil para justificar decisiones discutibles.

El territorio no gana cuando se queda con empresas a cualquier precio, ni cuando confunde proximidad con amiguismo. Gana cuando apuesta por proyectos sólidos, innovadores, exigentes y transparentes. Todo lo demás, por muy bien que suene, es pan para hoy y dudas para mañana.

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