Euskadi ante el espejo: sin ‘scaleups’ no hay futuro

Hace unos días se presentó el ranking de las 50 principales scaleups españolas elaborado por Deloitte. El conocido programa Technology Fast 50 sitúa a las empresas de mayor crecimiento del Estado, entre 2021 y 2024, en el escaparate del emprendimiento europeo. El dato es demoledor: entre las 50 compañías seleccionadas no hay ni una sola empresa vasca. Ni una.


Para una comunidad que ha construido su identidad económica sobre la industria, la innovación y la competitividad, el vacío debería encender todas las alarmas. No hablamos de startups incipientes, sino de scaleups: empresas que ya han demostrado tracción, crecimiento sostenido y capacidad para competir globalmente. Si no estamos ahí, el problema no es coyuntural. Es cultural.

Euskadi necesita un cambio cultural radical si quiere revertir la tendencia actual en contra del emprendimiento. Y ese cambio empieza por reconocer algunas verdades incómodas.

Cuando ser funcionario renta más que emprender

    En Euskadi, ser funcionario no solo ofrece estabilidad: ofrece prestigio social, buena remuneración y una calidad de vida envidiable. No hay nada reprochable en ello. El problema surge cuando el mensaje implícito que recibe el talento joven es claro: el camino racional es opositar.

    Emprender implica riesgo, incertidumbre y, en muchas ocasiones, precariedad inicial. Competir contra un modelo que garantiza estabilidad, sueldo asegurado y horarios razonables es difícil. Si el sistema premia más la seguridad que la creación de valor, el resultado es previsible: menos fundadores, menos proyectos ambiciosos y menos scaleups.

    Las sociedades que generan grandes empresas tecnológicas no son aquellas donde el objetivo aspiracional es “asegurar plaza”, sino aquellas donde el éxito empresarial es socialmente reconocido y celebrado. Hoy, en Euskadi, el diferencial de riesgo-recompensa no incentiva dar el salto.

    La empresa como sospechosa habitual

      Durante años —por razones históricas, ideológicas y políticas— se ha ido instalando un relato donde la empresa es, en el mejor de los casos, un actor necesario; y en el peor, un sospechoso habitual. El empresario ha dejado de ser visto como alguien que genera empleo, paga impuestos y asume riesgos personales para convertirse, con demasiada frecuencia, en un potencial evasor, explotador o privilegiado.

      Ese clima no es neutro. Las narrativas moldean comportamientos. Si el mensaje social dominante es que quien gana dinero lo hace a costa de alguien, difícilmente conseguiremos que los mejores expedientes universitarios quieran convertirse en fundadores. Las economías dinámicas convierten al empresario en aliado del progreso. Aquí, demasiadas veces, lo colocamos en el banquillo antes de sentarlo a la mesa.

      Sin talento global no hay emprendimiento global

        Los ecosistemas más vibrantes del mundo —desde Silicon Valley hasta Berlín o Londres— comparten un rasgo: atraen talento internacional. Los profesionales que cambian de país, que asumen el reto de empezar de cero en otro entorno cultural y lingüístico, suelen ser, por definición, más proclives a asumir riesgos. Y muchos de ellos terminan emprendiendo.

        Euskadi, sin embargo, tiene enormes dificultades para atraer talento global. El idioma, el tamaño del mercado, la limitada visibilidad internacional y la escasa presencia de multinacionales tractoras reducen nuestra capacidad de seducción. No basta con tener calidad de vida. Hace falta masa crítica, oportunidades profesionales y una narrativa cosmopolita potente. Sin ese flujo constante de talento diverso, las probabilidades de que surjan proyectos escalables disminuyen drásticamente.

        Tres aeropuertos… y ninguno relevante

          Tenemos tres aeropuertos: Aeropuerto de Bilbao, Aeropuerto de Vitoria y Aeropuerto de San Sebastián. Sobre el papel, parece una ventaja competitiva. En la práctica, ninguno es un hub internacional de referencia. Las conexiones intercontinentales son escasas y de temporada. Para cualquier viaje relevante de negocio, la escala en Madrid, Amsterdam o Munich es casi obligatoria. Eso encarece, ralentiza y resta competitividad.

          En el mundo de las scaleups, la conexión física importa. Los inversores vuelan. Los clientes vuelan. Los fundadores vuelan. Si tu territorio no está bien conectado, queda fuera de muchas conversaciones estratégicas.

          La alta velocidad que nunca llega

            A esta limitación aérea se suma una carencia histórica: la ausencia de conexiones ferroviarias de alta velocidad plenamente operativas que integren a Euskadi en los grandes corredores estatales. Mientras otras regiones consolidan su integración en redes logísticas y de transporte avanzadas, aquí seguimos hablando del proyecto como si fuera futuro. Y el emprendimiento no espera.

            La movilidad es competitividad. La conectividad es crecimiento. Sin infraestructuras que nos conecten con los grandes centros económicos, nuestra capacidad de atraer inversión y talento se resiente.

            El verdadero problema no es el ranking

            El informe de Deloitte es solo un síntoma. El problema real es que no estamos generando empresas con ambición global suficiente. Euskadi fue capaz de protagonizar una transformación industrial profunda en los años 80 y 90. Supimos reconvertirnos. Supimos apostar por la tecnología y la internacionalización. Pero el mundo ha cambiado más rápido que nuestro relato cultural sobre la empresa y el riesgo.

            Necesitamos:

            • Revalorizar socialmente al emprendedor.
            • Ajustar incentivos para que el riesgo tenga recompensa.
            • Abrirnos de verdad al talento internacional.
            • Mejorar nuestras conexiones físicas con el mundo.
            • Y, sobre todo, dejar de mirar con desconfianza a quien decide crear.

            Si no lo hacemos, seguiremos leyendo rankings donde Euskadi no aparece. Y lo verdaderamente preocupante no será el orgullo herido, sino la pérdida progresiva de relevancia económica. La cuestión no es si queremos más scaleups. La cuestión es si estamos dispuestos a cambiar la cultura para que puedan nacer. Porque sin cambio cultural, no habrá cambio económico.

            Añadir un comentario

            Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *